PARTE 2: EL LIBRO DE LAS ÁGUILAS.

Nadie se atrevió a moverse.

Las siete águilas permanecían inmóviles alrededor de Eladio Vargas.

El empresario intentó mantener la compostura, pero el sudor ya le corría por la frente.

—¡Saquen esos animales de aquí! —gritó.

Ningún vecino respondió.

Las aves no atacaban.

Solo lo observaban con una intensidad que hacía imposible sostenerles la mirada.

Don Fermín dio un paso al frente con las viejas escrituras aún entre las manos.

—Mi abuelo decía que las águilas nunca olvidan dónde nacieron.

En ese momento apareció el padre Esteban, párroco del pueblo, caminando con dificultad y cargando una caja de madera cubierta de polvo.

Todos voltearon sorprendidos.

—Hace una hora este hombre vino a buscarme —dijo señalando a Fermín—. Recordé la carta de don Epifanio y revisé detrás del antiguo altar, donde encontré esto.

Abrió la caja lentamente.

Dentro descansaba un grueso libro de actas encuadernado en cuero.

Las primeras páginas llevaban el sello original del ejido El Encinal.

El padre comenzó a leer.

—”Año de mil novecientos cuarenta y nueve. Se declara patrimonio comunal protegido el manantial de los Espino, el encino mayor y las parcelas colindantes. Ninguna autoridad ejidal podrá venderlas, hipotecarlas o transferirlas sin la aprobación unánime de la asamblea.”

Un murmullo recorrió el lugar.

Nazario comenzó a temblar.

Eladio dio un paso hacia el libro.

—Eso no tiene valor legal.

—¿Seguro? —preguntó una voz firme desde la entrada.

Todos giraron.

Una camioneta blanca acababa de detenerse frente a la enramada.

Descendieron dos archivistas del Registro Agrario Nacional acompañados por una mujer de traje oscuro.

La funcionaria mostró una credencial.

—Soy la licenciada Adriana Solís. Venimos porque recibimos una denuncia anónima sobre posibles fraudes en este ejido.

Tomó el libro, revisó las firmas y comparó los sellos con las escrituras halladas por Fermín.

Su expresión cambió de inmediato.

—Estos documentos son auténticos.

Eladio perdió por primera vez la sonrisa.

Pero la licenciada aún no había terminado.

Sacó otra carpeta.

—Durante la revisión descubrimos que las supuestas compraventas realizadas por el señor Vargas incluyen exactamente la misma firma de un notario… fechada tres años después de la muerte de ese notario.

El silencio fue absoluto.

Nazario dejó caer su sombrero.

Eladio dio un paso hacia atrás.

Entonces la licenciada levantó la última hoja.

—Y hay algo todavía más grave.

Según estos registros, Eladio Vargas ni siquiera compró esas tierras para una empresa privada.

Las adquirió utilizando el nombre de una organización inexistente… creada para apropiarse de más de cuarenta ejidos en todo el estado.

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