La consulta comenzó exactamente a las nueve de la mañana.
Abigail sostenía el brazo de doña Mercedes con una delicadeza exagerada.
—Últimamente olvida dónde está —explicó con voz quebrada—. También cree que la encerramos, pero son delirios muy frecuentes.
La psiquiatra tomó algunas notas.
Luego sonrió con amabilidad.
—Quisiera hablar primero con la señora Mercedes.
Abigail intentó quedarse dentro del consultorio.
—Ella se pone muy nerviosa si estoy lejos.
Samuel intervino con calma.
—Creo que la doctora prefiere entrevistarla a solas.
Durante cuarenta minutos nadie supo qué ocurría detrás de aquella puerta.
Cuando finalmente salió, doña Mercedes caminaba despacio, pero con la cabeza completamente erguida.
La psiquiatra los invitó a entrar.
Miró directamente a Samuel.
—Su madre responde correctamente a las pruebas de orientación, memoria, lenguaje y juicio.
Abigail dejó escapar una risa nerviosa.
—Eso depende del momento del día…
La doctora levantó una carpeta.
—También observé algo más.
Señaló las marcas moradas alrededor de las muñecas de Mercedes.
—Estas lesiones no son compatibles con caídas accidentales.
El silencio inundó el consultorio.
Abigail comenzó a hablar apresuradamente.
—Ella intenta escaparse…
—¿Tiene algún informe médico donde consten esos episodios? —preguntó la psiquiatra.
—No… pero el médico familiar…
—Ya revisé su expediente.
La doctora abrió otra carpeta.
—El médico solo recomendó una valoración porque recibió información proporcionada exclusivamente por usted.
Nunca diagnosticó demencia.
Nunca declaró incapacidad.
Nunca autorizó aislamiento físico.
Samuel no apartó la vista de Abigail.
Ella tragó saliva.
Entonces la psiquiatra sacó un pequeño dispositivo de grabación.
—Antes de comenzar la entrevista, la señora Mercedes me pidió permiso para registrar toda esta consulta.
Acepté.
Quería proteger a ambas partes.
Abigail palideció.
La doctora continuó.
—Y durante la entrevista, su madre describió con precisión fechas, cuentas bancarias, transferencias y documentos notariales.
Todo coincide con la información que el capitán Ortega me entregó esta mañana.
Samuel colocó otra carpeta sobre el escritorio.
Dentro estaban los registros de acceso a la nube.
Las transferencias bancarias.
Los correos reenviados.
Y las bitácoras que demostraban quién había eliminado tres meses de grabaciones de seguridad.
Abigail dio un paso hacia atrás.
—Todo eso tiene una explicación…
—Perfecto —respondió Samuel con absoluta tranquilidad.

Sacó su teléfono.
—Porque desde las seis de la mañana toda esta información ya fue entregada a la Fiscalía especializada en delitos patrimoniales.
En ese instante llamaron a la puerta.
Dos agentes ministeriales entraron al consultorio mostrando sus identificaciones.
Uno de ellos sostuvo una carpeta con un sello judicial.
—¿Señora Abigail Romero?
Ella apenas pudo responder.
—Sí…
—Traemos una orden para asegurar documentación relacionada con una investigación por presunto fraude patrimonial, privación ilegal de la libertad y falsificación de documentos.
Abigail miró desesperadamente a Samuel.
Creía que aquello terminaba con la evaluación psiquiátrica.
Pero él negó lentamente con la cabeza.
—No.
Esto apenas empieza.
Porque todavía falta revisar lo que encontré dentro de tu computadora.
Y ahí fue donde descubrí que mi madre…
…no era la primera persona a la que intentabas declarar incapaz para quedarte con todo.
Lee la Parte 3.