El pitido del dispositivo rompía el silencio cada segundo.
Todos permanecían inmóviles.
El patriarca respiraba con dificultad mientras observaba la pantalla.
Quedaban cincuenta y ocho segundos.
—¿Qué hiciste, Shenguang? —preguntó con la voz completamente rota.
La joven no apartó la mirada.
—No robé un solo dólar.
El hijo menor soltó una carcajada amarga.
—Nadie quiso escucharla cuando intentó advertirnos.
Uno de los directores golpeó la mesa.
—¡Los dos millones desaparecieron de la cuenta principal!
Shenguang negó lentamente.
—No desaparecieron.
Sacó una tableta electrónica y la conectó al enorme monitor del salón.
En la pantalla apareció el historial completo de las transferencias.
Cada movimiento llevaba la autorización digital del propio patriarca.
—Eso es imposible —murmuró el anciano.
Ella amplió uno de los registros.
—Durante cinco años alguien utilizó una copia de su firma electrónica para vaciar poco a poco el patrimonio familiar.
Las cifras comenzaron a desfilar frente a todos.
Cincuenta mil dólares.
Ochenta mil.
Ciento veinte mil.

Transferencias pequeñas, repartidas entre decenas de empresas diferentes.
Nadie había detectado el fraude porque nunca superaban los límites de auditoría.
El hijo menor señaló a los presentes.
—Todos ustedes firmaban los balances sin leerlos.
Los miembros del consejo comenzaron a revisar los documentos con desesperación.
El patriarca levantó la vista.
—¿Quién hizo esto?
Shenguang pulsó otra carpeta.
Las empresas receptoras desaparecieron de la pantalla.
Solo quedó un nombre.
El director financiero.
El hombre palideció.
—Eso está manipulado.
—¿Seguro?
Shenguang reprodujo una grabación.
La voz del director negociando las transferencias ilegales llenó toda la habitación.
Pero no estaba solo.
Otra voz daba las órdenes.
Una voz que todos conocían.
El patriarca sintió un escalofrío.
—No…
La grabación terminó.
Todos giraron lentamente hacia el hijo mayor.
Su rostro había perdido toda expresión.
—No fue como creen —balbuceó.
El hermano menor lo miró con desprecio.
—Siempre dijiste que Shenguang era la culpable porque necesitabas ganar tiempo.
El patriarca comenzó a temblar.
—¿Fuiste tú?
El heredero guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
En ese instante la cuenta regresiva llegó a cero.
Todos contuvieron la respiración.
No hubo explosión.
No se apagaron las luces.
Solo apareció un nuevo mensaje en la pantalla.
“Transferencia completada.”
El director financiero sonrió por primera vez.
—Llegaron demasiado tarde.
Shenguang abrió inmediatamente el registro de destino.
Su expresión cambió por completo.
—Esto… no puede ser.
El dinero no había salido al extranjero.
Ni había sido enviado a empresas fantasma.
Los dos millones acababan de ingresar en una cuenta bancaria registrada a nombre de una persona oficialmente fallecida hacía doce años.
Y esa persona…
Era la madre de los dos hermanos.