Renata observó la pantalla de la cámara durante unos segundos.
Ofelia no había llegado sola.
A su lado estaba un hombre de traje con un portafolios negro.
Y detrás de ellos esperaba una mujer sosteniendo varios documentos.
Mauricio perdió el color al reconocerlos.
—No… vinieron hoy…
Renata lo miró sin decir una palabra.
Él acababa de confirmar que sabía perfectamente quiénes eran.
Abrió la puerta con una sonrisa tranquila.
—Buenos días, señora Ofelia.
La mujer entró sin pedir permiso.
Recorrió el departamento con la mirada y sonrió satisfecha al ver los platos rotos.
—Así me gusta.
Las primeras noches son las importantes.
Si aprende rápido, el matrimonio dura.
El hombre del portafolios carraspeó incómodo.
—¿Podemos revisar los documentos?
Ofelia señaló a Renata.
—Primero que me entregue su tarjeta de nómina.
Luego firmará.
Renata inclinó ligeramente la cabeza, aparentando obediencia.
—Claro.
Solo quisiera entender qué voy a firmar.
Ofelia soltó una carcajada.
—Nada complicado.
Un poder para que Mauricio administre tu sueldo.
Y una autorización para que todas las mensualidades de la hipoteca salgan automáticamente de tu cuenta.
—¿Solo eso?
—Y un préstamo personal.
Tu historial crediticio es excelente.
Con eso liquidamos unas deudas familiares y después lo pagamos poco a poco.
Mauricio cerró los ojos.
Sabía que su madre estaba hablando demasiado.
Renata abrió lentamente un cajón de la cocina.
Sacó una carpeta azul.
La dejó sobre la mesa.
—Qué casualidad.
Yo también preparé unos documentos.
Ofelia sonrió con desprecio.
—¿Qué documentos puede preparar una entrenadora?
Renata levantó el teléfono.
—Los que explican por qué llevo tres meses grabando todas sus conversaciones.
Reprodujo el primer audio.
La voz de Ofelia llenó la sala.
—Necesitamos casarlo rápido. La muchacha gana bien. Con su crédito pagaremos lo de tu hermano.
Segundo audio.
—Después la convences de vender el departamento. Cuando todo esté a nombre de Mauricio, si se quiere ir, que se vaya sin nada.
El silencio fue absoluto.

El hombre del portafolios miró sorprendido a Ofelia.
—¿Usted nos dijo que la señorita ya conocía todas las condiciones?
Renata sonrió.
—Es la primera vez que escucho hablar de ese préstamo.
La mujer que llevaba los documentos comenzó a guardarlos apresuradamente.
—Licenciado… esto cambia completamente la operación.
Ofelia perdió la paciencia.
—¡No guarden nada!
—¡Ella ya iba a firmar!
Entonces sonó el timbre.
Nadie esperaba otra visita.
Renata caminó hasta la puerta.
Al abrir, dos agentes de la Policía Investigadora y una actuaria judicial mostraron sus identificaciones.
—¿Señora Renata Torres?
—Sí.
—Recibimos la denuncia, las grabaciones y la documentación que usted envió anoche.
Necesitamos entrevistar a todas las personas presentes.
Ofelia dio un paso hacia la salida.
Pero el agente la detuvo.
—Un momento, señora.
También necesitamos hablar con usted sobre otras dos denuncias muy parecidas.
Dos mujeres diferentes afirmaron que, antes de Renata…
…usted intentó exactamente el mismo plan con las anteriores prometidas de su hijo.
Lee la Parte 3.