Verónica retrocedió un paso.
Sus labios se entreabrieron, pero ninguna explicación salió de inmediato.
Sebastián Alcázar seguía sentado con Renata dormida entre los brazos, acariciándole la espalda con una calma que contrastaba con la tensión que llenaba el despacho.
—Le hice una pregunta —repitió él, esta vez sin elevar la voz—. ¿Cómo sabe quién es el padre de la niña?
Los dos guardias intercambiaron una mirada.
Yo apenas podía respirar.
Verónica intentó recuperar su seguridad.
—Todo el restaurante lo comenta… Una mujer sola siempre termina contando esas cosas.
—Curioso —respondió Sebastián—. Recursos Humanos no registra ningún dato sobre el padre. La empleada nunca lo declaró.
El silencio cayó como una losa.
Mi estómago se encogió.
Era cierto.
Ni siquiera en mi contrato aparecía esa información.
Solo yo y mi vecina sabíamos que el padre de Renata nos había abandonado cuando supo del embarazo.
—Revise las cámaras del almacén —dije con la voz quebrada—. Por favor… yo jamás dejaría que mi hija caminara sola.
Verónica intervino enseguida.
—Las cámaras de ese pasillo llevan días descompuestas.

Sebastián levantó lentamente la cabeza.
—Eso también es curioso.
Tomó el teléfono de su escritorio.
—Ignacio, necesito todas las grabaciones del sótano, cocina y accesos de proveedores. Ahora.
Verónica perdió el color por completo.
—Señor… no vale la pena…
—Eso lo decidiré yo.
Cinco minutos después apareció Ignacio, el jefe de seguridad, con una tableta en la mano.
—Las cámaras del almacén sí funcionaban, señor.
Verónica abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Solo estaban desconectadas del monitor de la gerencia. El respaldo quedó guardado en el servidor.
Sebastián apoyó con cuidado a Renata sobre mi pecho y tomó la tableta.
Los cuatro observamos la pantalla.
La primera imagen mostraba a mi hija dormida entre las mantas.
Después aparecía Verónica mirando hacia ambos lados del pasillo.
No estaba sola.
Mi suegra, Estela, entró por la puerta de proveedores con una gorra y un cubrebocas.
Sentí que las piernas dejaban de responderme.
—No… eso no puede ser…
En la grabación, Verónica cargaba a Renata mientras Estela abría la puerta del almacén.
Las dos desaparecieron durante casi un minuto.
Luego la imagen cambiaba.
Mi suegra dejaba a Renata sentada cerca de la escalera privada que conducía a la oficina de Sebastián.
Después ambas se alejaban apresuradamente.
En la última escena, Sebastián salía de su despacho al escuchar un pequeño balbuceo.
Veía a mi hija sola en el escalón.
La levantaba con cuidado.
Y entraba nuevamente a la oficina.
Nadie más la había tocado.
Yo rompí a llorar.
No por miedo.
Por el alivio de saber que Renata nunca había estado perdida.
Sebastián dejó la tableta sobre el escritorio.
Miró fijamente a Verónica.
—Explíqueme por qué la madre de esta empleada entró al restaurante utilizando un acceso restringido… y por qué usted la estaba esperando.
Verónica ya no intentó defenderse.
Solo bajó la cabeza.
Pero antes de que pudiera responder, el teléfono personal de Sebastián comenzó a sonar.
Observó el nombre en la pantalla.
Su expresión cambió por primera vez.
Contestó.
Escuchó apenas unas palabras.
Después levantó lentamente la vista hacia mí.
—Mariana… creo que necesitamos hablar del verdadero motivo por el que trajeron a tu hija hasta mi oficina.