Parte 2: LA JERINGA DE LA MADRUGADA

El reloj marcaba las 2:57 de la madrugada cuando Sebastián abrió los ojos.

No sabía por qué había despertado.

Durante más de dos años, cada noche era igual: un sueño pesado, casi artificial, seguido por ese desagradable sabor metálico que aparecía al amanecer.

Pero aquella vez era distinto.

No tenía sueño.

Permanecía completamente consciente.

Recordó las palabras de Lucía.

Alguien de su propia familia se las roba cada madrugada.

Aquella frase llevaba horas repitiéndose dentro de su cabeza.

La habitación permanecía completamente oscura.

Solo una tenue luz proveniente del jardín iluminaba la silla de ruedas junto a la cama.

Sebastián mantuvo los ojos apenas entreabiertos.

Respiró despacio.

Esperó.

A las 3:11, escuchó el sonido.

Un clic casi imperceptible.

La puerta.

Alguien entró.

No dijo una palabra.

La silueta avanzó con una tranquilidad inquietante, como si hubiera recorrido aquel camino cientos de veces.

Sebastián distinguió unos guantes claros.

Después apareció el reflejo metálico de una jeringa.

Su corazón comenzó a golpearle el pecho con violencia.

La figura se acercó lentamente hasta el lado izquierdo de la cama.

Entonces ocurrió algo inesperado.

—¿Ya preparaste la dosis?

Era una segunda voz.

Venía desde la puerta.

Sebastián sintió un escalofrío.

No era una persona.

Eran dos.

—Baja la voz —respondió el primero—. Si despierta antes de tiempo, tendremos problemas.

La segunda persona cerró la puerta con extremo cuidado.

—Cada vez pesa más mantener esto.

—Solo falta un poco.

Cuando Ramiro firme los nuevos poderes, todo terminará.

Sebastián sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Ramiro.

Su propio tío.

¿Estaban hablando de él?

El hombre de la jeringa preparó una pequeña botella oscura.

Era exactamente igual a la que Lucía había mostrado durante el desayuno.

Destapó el frasco.

Llenó lentamente la jeringa.

Un líquido casi transparente.

Sin etiqueta.

Sin nombre.

Sin registro.

Sebastián comprendió entonces por qué jamás recordaba las noches.

La aguja comenzó a acercarse a su brazo.

En ese instante…

Una alarma estalló en toda la casa.

Las luces del pasillo se encendieron automáticamente.

El hombre retrocedió sobresaltado.

—¿Qué demonios…?

La segunda persona abrió la puerta de inmediato.

—¡Seguridad!

Ambos desaparecieron corriendo por el pasillo antes de que los guardias alcanzaran la habitación.

Segundos después, varios empleados irrumpieron dentro.

Daniela apareció con una bata de seda.

—¡Sebastián!

¿Estás bien?

Él respiraba con dificultad.

Miró alrededor.

La jeringa había desaparecido.

Los dos intrusos también.

Solo quedaba un ligero olor a alcohol medicinal.

—Entró alguien —dijo con voz ronca.

Daniela lo abrazó.

—Tuviste una pesadilla.

Todo está bien.

Pero Sebastián ya no estaba seguro de nada.

A la mañana siguiente, Lucía pidió revisar la habitación.

Los empleados se negaron.

—La señora Daniela ordenó limpiar todo antes del desayuno.

Lucía permaneció en silencio.

Después caminó hasta el cesto de basura del baño.

Metió la mano sin importar el olor.

Sacó una pequeña torunda de algodón.

Todavía estaba húmeda.

La acercó a la nariz.

Sus ojos cambiaron de inmediato.

—Aquí está.

Sebastián la observó.

—¿Qué encontraste?

—No puedo asegurarlo todavía.

Pero esto no huele a ningún sedante hospitalario.

Necesito un laboratorio independiente.

Daniela apareció justo en ese momento.

—¿Ahora también revisas la basura?

Lucía sostuvo el algodón frente a ella.

Por primera vez, Daniela perdió la sonrisa.

Solo fueron dos segundos.

Pero Sebastián lo notó.

Fue suficiente.

Aquella misma tarde, Lucía pidió algo todavía más extraño.

—Quiero revisar las cámaras de seguridad.

Ramiro soltó otra carcajada.

—Las cámaras interiores dejaron de funcionar hace meses.

—¿Todas?

—Sí.

—¿Y las exteriores?

—También.

Lucía cruzó los brazos.

—Curioso.

La mansión tiene un sistema que cuesta más de dos millones de pesos y casualmente ninguna cámara funciona desde hace meses.

Nadie respondió.

Sebastián comenzó a observar pequeños detalles que antes ignoraba.

Cada vez que Lucía hacía una pregunta incómoda, Daniela miraba inmediatamente al doctor Vela.

Cada vez que Vela respondía, Ramiro permanecía completamente tranquilo.

Era como si cada uno conociera perfectamente el papel que debía interpretar.

Aquella noche, Lucía pidió dormir en una habitación cercana.

No quería escoltas.

No quería empleados.

Solo pidió una linterna, agua y un cuaderno.

A las dos de la madrugada salió al jardín.

No buscaba personas.

Buscaba basura.

Después de veinte minutos encontró algo enterrado entre los arbustos.

Una bolsa negra.

Dentro había decenas de frascos vacíos idénticos al de la botella oscura.

Todos sin etiqueta.

Todos lavados cuidadosamente.

Mientras los fotografiaba con su teléfono, escuchó pasos detrás de ella.

Apagó la linterna.

Se escondió entre los árboles.

Vio salir al doctor Vela acompañado por un hombre alto que llevaba gorra.

—¿Ya recogieron todo? —preguntó Vela.

—Creíamos que sí.

—No puede quedar absolutamente nada.

La mujer esa empieza a hacer demasiadas preguntas.

Lucía contuvo la respiración.

El desconocido respondió algo que le heló la sangre.

—Si sigue investigando, tendremos que hacer con ella lo mismo que hicimos con el padre de Sebastián.

El doctor guardó silencio durante unos segundos.

Después respondió con absoluta frialdad.

—No aquí.

Todavía no.

Primero debemos terminar con el hijo.

Lucía sintió que el teléfono casi se le escapaba de las manos.

El supuesto accidente de Sebastián acababa de dejar de ser el único crimen.

Su padre también podía haber sido una víctima.

Retrocedió lentamente intentando no hacer ruido.

Pero entonces pisó una rama seca.

El chasquido rompió el silencio del jardín.

Los dos hombres giraron al mismo tiempo.

—¿Quién anda ahí?

Un haz de luz recorrió los árboles.

Lucía comenzó a correr.

Escuchó pasos persiguiéndola.

Una voz gritó detrás de ella.

—¡No la dejen salir de la propiedad!

Cuando estaba a pocos metros de la casa, vio que Sebastián permanecía solo junto a una ventana abierta.

Intentó gritar su nombre.

Pero antes de lograrlo, alguien le cubrió la boca con un paño empapado de un líquido de olor dulzón, mientras otra mano le arrebataba el teléfono que contenía las fotografías y la grabación de toda la conversación.

Related Posts

PARTE 2: LA FIRMA QUE NUNCA HICE

Mauricio dejó caer la carpeta sobre la isla. El golpe hizo que varias hojas se deslizaran por el mármol. Nadie habló. Su padre fue el primero en…

PARTE 2: LA CANCIÓN DE CUNA

La cabina quedó en silencio. Ni siquiera los motores parecían hacer ruido. Daniel sostuvo la mirada de aquella muchacha. —¿Qué acabas de decir? Renata bajó lentamente la…

Parte 2: LA PROMESA QUE LLEGUÉ DIEZ AÑOS TARDE

Nadie habló durante varios segundos. Samuel seguía mirándome. Emily aún sostenía su brazo. Yo respiraba con dificultad. Había recorrido cientos de kilómetros convencida de que todavía quedaba…

Parte 2: EL NOMBRE QUE CAMBIÓ NUESTRAS VIDAS

Mi padre seguía sujetando la puerta con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Mi madre no podía apartar la vista de Leo. Él…

Parte 2: LOS RESULTADOS QUE NUNCA DEBIÓ OCULTAR

Claire observó a sus hijos durante unos segundos. Después levantó la vista hacia Ethan. —No aquí. Su voz apenas era un susurro. Él sintió un nudo en…

Parte 2: LA CARTA QUE CAMBIÓ EL APELLIDO DE LA FAMILIA

Nadie se movió. El salón seguía cubierto de porcelana rota, vino derramado y restos del pastel. Hannah sostuvo la carta con ambas manos. Su voz fue tranquila….

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *