PARTE 2: LA CANCIÓN DE CUNA

La cabina quedó en silencio.

Ni siquiera los motores parecían hacer ruido.

Daniel sostuvo la mirada de aquella muchacha.

—¿Qué acabas de decir?

Renata bajó lentamente la vista hacia Sofía.

La bebé había dejado de llorar otra vez.

Tenía los pequeños dedos enredados en el cordón de la sudadera y respiraba con una tranquilidad que Daniel no le veía desde la muerte de Elena.

La mujer mayor dio un paso adelante.

—Renata, ya basta.

Nos vamos.

Intentó tomarla del brazo.

Pero Sofía volvió a aferrarse con fuerza a la ropa de la joven.

El movimiento hizo que el chupón cayera al suelo.

—Señora, espere un momento —intervino la sobrecargo.

La anciana respiró con dificultad.

Parecía más asustada que enojada.

Daniel no apartaba los ojos de Renata.

—¿Cómo conocías a mi esposa?

La joven tardó varios segundos en responder.

—Porque…

Mi abuela trabajó muchos años en la casa de los Robles.

El apellido volvió a golpearlo.

Robles.

Elena nunca hablaba de su familia.

Solo decía que prefería mantenerlos lejos de la vida pública.

Después del accidente, Daniel buscó durante meses a algún pariente cercano.

No encontró a nadie.

—¿Tu abuela se llamaba…?

—Amalia.

Daniel sintió un estremecimiento.

Conocía ese nombre.

Era la mujer que había cuidado a Elena durante la infancia.

La única persona a la que su esposa mencionaba cuando hablaba de sentirse segura.

La anciana cerró los ojos.

—Renata…

No sigas.

Pero ya era tarde.

Daniel observó nuevamente a la muchacha.

Ahora entendía por qué aquella melodía le resultaba tan familiar.

Era la canción de cuna que Elena le cantaba todas las noches a Sofía.

Nunca la había escuchado en ningún otro lugar.

Jamás.

—¿Quién te la enseñó?

Renata acarició suavemente la espalda de la bebé.

—Elena.

Daniel dejó de respirar.

—Eso es imposible.

Mi esposa murió hace seis meses.

Renata levantó lentamente la cabeza.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sí.

Pero antes de morir pasó tres semanas en casa de mi abuela.

Nadie respondió.

La sobrecargo intercambió una mirada con otro miembro de la tripulación.

Los pasajeros más cercanos dejaron de fingir que no escuchaban.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Eso no puede ser.

Elena estuvo hospitalizada desde el accidente.

Renata negó despacio.

—Eso fue después.

Antes del hospital…

Ella escapó.

La anciana soltó un suspiro desesperado.

—¡Renata!

La joven ya no podía detenerse.

—Llegó herida.

Muy débil.

Tenía miedo.

Decía que no podía volver a casa todavía porque había descubierto algo sobre su propia familia.

Daniel sintió un frío recorrerle la espalda.

Aquellas palabras no coincidían con absolutamente nada de lo que le habían contado.

Según el informe oficial, Elena había perdido el conocimiento inmediatamente después del accidente.

Jamás pudo hablar.

Jamás salió del hospital.

Jamás volvió a ver a nadie.

—¿Quién te dijo todo eso?

Renata abrió lentamente la mochila.

Sacó una pequeña cajita de madera, desgastada por el tiempo.

La sostuvo con ambas manos.

—Ella me pidió que se la entregara a usted…

Solo cuando estuviera completamente seguro de que Sofía corría peligro.

Daniel miró la caja sin atreverse a tocarla.

Reconocía aquel objeto.

Él mismo se lo había regalado a Elena el día que nació su hija.

Nunca apareció entre sus pertenencias después del accidente.

—¿Qué hay dentro?

Renata tragó saliva.

—Una carta.

Y una memoria.

Elena dijo que, cuando las leyera…

Usted descubriría que el accidente nunca fue un accidente.

En ese instante, la anciana rompió a llorar.

Ya no intentó llevarse a Renata.

Solo murmuró una frase que hizo que Daniel sintiera cómo el mundo se derrumbaba bajo sus pies.

—Perdónanos…

Prometimos guardar ese secreto hasta que Sofía estuviera a salvo.

Leer la Parte 3 a continuación.

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