Doña Teresa dejó de forcejear cuando vio las escrituras.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Eso… eso no puede ser verdad…
Sofía permaneció inmóvil junto a sus hijas.
—Mi padre compró esta casa hace doce años.
Sacó otro documento de la carpeta.
—Y jamás la transfirió a nombre de Mateo.
El abogado de la familia dio un paso al frente.
Revisó cuidadosamente los sellos notariales.
Después levantó la vista.
—Los documentos son auténticos.
El silencio cayó sobre el comedor.
Mateo sintió que las piernas le fallaban.
—Sofía… podemos hablar…
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Llevamos ocho años hablando.
Ocho años soportando insultos.
Ocho años viendo cómo permitías que humillaran a tus propias hijas.
Las niñas permanecían abrazadas a su madre.
Por primera vez no bajaban la cabeza.
Doña Teresa señaló a las pequeñas con rabia.
—¡Todo esto por dos niñas!
El abogado cerró la carpeta.
—Precisamente sobre eso hay algo que deberían saber.
Todos lo miraron.
Él sacó un sobre médico sellado.
—Hace tres meses el señor Mateo acudió a una consulta de fertilidad.
Mateo palideció.
—¿Quién le dio eso?
El abogado ignoró la pregunta.
Leyó únicamente la conclusión del especialista.
—“La probabilidad del sexo del bebé depende del espermatozoide aportado por el padre. La madre no puede determinar si nacerá un niño o una niña.”
Doña Teresa quedó completamente inmóvil.
Sofía respiró hondo.
—Durante años me culpaste por algo que la ciencia explicó hace décadas.
Mateo bajó la cabeza.
No encontró una sola palabra para defenderse.
Entonces Sofía entregó otra carpeta.
Dentro había fotografías.
Mensajes.
Y estados de cuenta.
—Mientras yo pagaba la escuela de nuestras hijas y mantenía esta casa…
…ustedes utilizaban mi dinero para sostener los negocios fallidos de tu hermano.
El abogado asintió.
—Las transferencias están documentadas.
Doña Teresa intentó arrebatar la carpeta.
Los guardias la detuvieron.
Fue entonces cuando sonó el teléfono del abogado.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Acaban de confirmar algo más.
Miró directamente a Sofía.
—El testamento de su padre tiene un anexo que nunca fue abierto porque solo debía leerse si usted sufría violencia o intentaban despojarla de su patrimonio.
Todos contuvieron la respiración.

El abogado abrió el sobre lacrado.
Dentro había una carta escrita de puño y letra por el padre de Sofía.
La última línea hizo que Mateo perdiera completamente el color.
“Si algún día descubren que intentaron humillar a mi hija o a mis nietas por no haber nacido varones, autorizo a mis abogados a revocar inmediatamente cualquier beneficio económico destinado a esa familia y a presentar las acciones legales correspondientes por el uso indebido de mi patrimonio.”
Doña Teresa cayó de rodillas.
Comprendió demasiado tarde que el verdadero heredero nunca fue un hijo varón.
Siempre fue la hija a la que había despreciado durante años.
Lee la Parte 3.