La puerta terminó de abrirse.
Un hombre de unos cincuenta años permanecía inmóvil en el umbral.
Era Ernesto.
El conserje del edificio.
Durante años todos lo habían visto limpiar los pasillos sin prestarle demasiada atención.
Él bajó la mirada unos segundos.
Después respiró profundamente.
—Yo vi lo que pasó.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Mi mejor amiga me tomó del brazo.
—¿Está dispuesto a declararlo?
Ernesto asintió lentamente.
—Escuché los gritos.
Cuando salí del cuarto de mantenimiento vi a Carlos sujetándola contra la pared.
Ella intentó apartarlo.
Entonces él la golpeó.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Nunca imaginé que alguien hubiera permanecido allí todo ese tiempo.
Ernesto sacó un pequeño teléfono antiguo del bolsillo.
—Después del golpe empecé a grabar porque pensé que nadie me creería.
Mi respiración se detuvo.
Reprodujo el audio.
La voz de Carlos sonó con absoluta claridad.
“Si no eres mía, nadie volverá a acercarse a ti.”
Después se escuchó el impacto.
Mi llanto.
Y sus amenazas.
Mi amiga cerró los ojos con rabia.
—Esto basta para denunciarlo.
Ernesto negó lentamente.
—Todavía hay más.
Sacó un sobre marrón.
Dentro había una memoria USB.
—Las cámaras del pasillo apuntaban directamente al lugar donde ocurrió todo.
Carlos creía que estaban descompuestas.
Pero yo mismo las reparé hace dos semanas.
Las imágenes quedaron grabadas.
Sentí un enorme alivio.
Por primera vez desde aquella noche pensé que podía existir justicia.
Sin embargo, mi teléfono comenzó a vibrar.
Era un número desconocido.
Contesté.
Una voz masculina habló sin presentarse.
—No entreguen esa memoria.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Quién habla?
La llamada se cortó.
A los pocos segundos sonó el teléfono de Ernesto.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi amiga.
Él guardó el celular lentamente.
—Acaban de despedirme.

Miré sorprendida.
—¿Cómo pudieron hacerlo tan rápido?
Ernesto levantó la vista.
—Porque Carlos no trabaja solo.
Es miembro del consejo directivo del edificio.
Controla la empresa de seguridad.
Y acaba de ordenar que desaparezcan todas las grabaciones originales.
Mi amiga tomó inmediatamente la memoria USB.
—Entonces nos vamos ahora mismo a la fiscalía.
Ernesto negó una vez más.
—Llegan tarde.
Las imágenes que llevo aquí no son las únicas que existen.
Hay una copia automática almacenada en un servidor externo.
Pero solo una persona conoce la contraseña para acceder a ella.
Los tres guardamos silencio.
—¿Quién? —pregunté con la voz temblorosa.
Ernesto respondió sin apartar la mirada de la puerta.
—La esposa de Carlos.
Y ella acaba de pedir una reunión urgente porque dice que lleva años esperando el momento de contar toda la verdad sobre su marido.
Lee la Parte 3.