Fernando Vargas iluminó la cavidad con una potente linterna y sonrió con la misma tranquilidad de quien entra a una propiedad que siempre creyó suya.
—Te advertí que ese terreno no servía para nada… al menos para ti.
Ricardo permanecía de pie entre las paredes cubiertas de cristales. El brillo azul y verde convertía la cueva en un lugar casi irreal, pero la mirada del empresario le recordó que seguía atrapado.
—Así que ustedes lo sabían desde el principio —dijo Ricardo, sujetando con fuerza el martillo.
Fernando soltó una risa breve.
—Hace quince años un estudio geológico detectó anomalías aquí. Comprar este terreno habría despertado sospechas, así que era más fácil esconderlo bajo toneladas de roca… y esperar el momento adecuado.
Dos hombres descendieron por una cuerda.
Ricardo retrocedió lentamente mientras observaba cada rincón de la cavidad.
No solo había cristales.
En una pared aparecían antiguas perforaciones, marcas de herramientas y restos oxidados de maquinaria.
Alguien había trabajado allí mucho antes.
Fernando dio un paso al frente.
—Entrégame las muestras que encontraste y olvidaré que estuviste aquí.
—¿Y después qué?
—Después este lugar desaparecerá bajo el concreto.
Ricardo comprendió que jamás pensaban dejarlo salir.
En la superficie, Valentina esperaba sentada dentro de su automóvil.
Su padre debía haber regresado dos horas antes.
Marcó su teléfono una vez más.
Sin respuesta.
Cuando estaba a punto de marcharse, vio una camioneta negra entrar al terreno.
Reconoció de inmediato el logotipo de la constructora.

Algo no estaba bien.
Se acercó en silencio entre las rocas hasta escuchar voces.
—Cuando terminemos, rellenen la entrada. Nadie volverá a encontrarla.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza.
Sacó el teléfono y activó la cámara.
Pero antes de grabar, otra llamada apareció en la pantalla.
Era su madre.
—Valentina, escucha con atención. El señor Vargas acaba de ofrecer pagarnos todas las deudas, comprarte un departamento y asegurarme una pensión… con una sola condición.
—¿Cuál condición?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
Cuando su madre volvió a hablar, la voz apenas era un susurro.
—Que convenzas a tu padre de abandonar ese terreno… o que no salga nunca de ahí.