Nadie respondió a la pregunta del niño.
El hombre de treinta y cinco años permaneció inmóvil frente a la puerta, contemplando aquellos ojos idénticos a los suyos.
La misma forma de las cejas.
La misma pequeña cicatriz junto a la barbilla.
Incluso inclinaba la cabeza del mismo modo cuando esperaba una respuesta.
La mujer tomó al pequeño de la mano.
—Entra en casa, Daniel.
—Pero, mamá…
—Ahora.
El niño obedeció, aunque siguió mirando hacia atrás hasta desaparecer por el pasillo.
La madre del hombre intentó acercarse.
—Por favor, déjame abrazarte. Eres la madre de mi nieto.
La mujer retrocedió inmediatamente.
—Usted no tiene ningún derecho sobre él.
La frase cayó como una puerta cerrándose.

El padre frunció el ceño.
—Nosotros acabamos de enterarnos de su existencia.
Ella soltó una risa amarga.
—Eso es mentira.
Todos miraron al hombre.
Su rostro se volvió aún más pálido.
—Claudia, puedo explicarlo.
—Tuviste ocho años para hacerlo.
La madre se volvió hacia su hijo con incredulidad.
—¿Ocho años?
Claudia abrió un cajón junto a la entrada y sacó una caja de cartón gastada.
Dentro había sobres, fotografías y decenas de cartas sin abrir.
Las dejó caer sobre una pequeña mesa.
—Todas fueron devueltas.
La anciana tomó uno de los sobres.
En el frente estaba escrito el nombre de su hijo y la antigua dirección familiar.
En la parte posterior había una frase marcada con tinta roja:
“Destinatario desconocido”.
—Yo nunca vi estas cartas —murmuró el hombre.
Claudia lo miró fijamente.
—También llamé.
—Cambié de número cuando me trasladaron de ciudad.
—Llamé a la casa de tus padres.
La abuela dejó de respirar durante un instante.
El padre bajó lentamente la mirada.
Claudia comprendió que su silencio era una confesión.
—Así que usted sí sabía dónde estábamos.
La madre giró hacia su esposo.
—Dijiste que la muchacha había huido y que nadie podía encontrarla.
El hombre mayor apretó la mandíbula.
—Intentaba proteger a nuestro hijo.
—¿Protegerme de qué? —preguntó él.
El padre lo miró con dureza.
—De una mujer que quería atraparte con un embarazo cuando apenas estabas comenzando tu carrera.
Claudia lo abofeteó.
El golpe resonó en la entrada.
—Yo no quería su dinero —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. Solo quería que su hijo supiera que Daniel había nacido enfermo.
El hombre dio un paso hacia ella.
—¿Enfermo?
Claudia cerró los ojos.
—Necesitaba una operación. Rogué que te avisaran porque los médicos dijeron que podía existir un riesgo hereditario.
El padre intentó interrumpirla.
—Eso ocurrió hace años. El niño está bien ahora.
—No —respondió Claudia—. No está bien.
Desde el interior de la casa se escuchó el sonido de algo rompiéndose.
Después llegó la voz asustada de Daniel.
—¡Mamá!
Claudia corrió por el pasillo.
Los demás la siguieron.
Encontraron al niño sentado en el suelo de la cocina, respirando con dificultad y sujetándose el pecho.
El hombre cayó de rodillas junto a él.
—Daniel, mírame.
Claudia buscó desesperadamente su teléfono.
—La crisis ha regresado.
—¿Qué necesita?
Ella miró al padre de su hijo.
En sus ojos ya no había rabia.
Solo miedo.
—Una intervención urgente y un donante compatible.
El hombre tomó al pequeño en brazos.
—Entonces iremos al hospital ahora mismo.
Pero antes de que pudiera levantarse, Claudia pronunció las palabras que lo dejaron paralizado.
—Ya hicimos las pruebas hace tres meses.
—¿Y?
Claudia miró hacia el abuelo.
—El único familiar compatible no eres tú.
El anciano retrocedió.
Su rostro quedó completamente blanco.
Claudia apretó el teléfono entre los dedos.
—Es él.
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