Mateo permaneció inmóvil.
Miraba a Lucía como si aquella mujer con la que había compartido cinco años fuera una completa desconocida.
—¿La verdadera dueña? —murmuró—. Eso no puede ser verdad.
La matriarca soltó lentamente las manos de Lucía.
Luego caminó hacia la gran mesa de cristal y colocó sobre ella una carpeta sellada.
—Abre los documentos.
Mateo obedeció con los dedos temblorosos.
En la primera página aparecía el nombre completo de su esposa.
Lucía Fernanda Valverde de Alcázar.
Debajo figuraba como titular del sesenta y ocho por ciento de las acciones del grupo familiar.
Camila dio un paso atrás.
—Ella nos dijo que no tenía familia.
Lucía la miró con frialdad.
—Dije que no tenía a nadie en quien pudiera confiar.
La madre de Mateo tomó uno de los documentos y comenzó a leerlo desesperadamente.
—Esto debe ser falso.
—No lo es —respondió la matriarca—. El abuelo de Lucía fundó la primera empresa junto con mi esposo. Cuando él murió, todas sus acciones pasaron a su única nieta.
Mateo levantó la vista.
—Entonces, ¿por qué viviste aquí soportando nuestras humillaciones?
Lucía respiró profundamente.
—Porque tu abuela me pidió que no revelara mi identidad hasta descubrir quién estaba desviando dinero de las empresas.
La expresión de Mateo cambió.
—¿Desviando dinero?
La matriarca abrió otra sección de la carpeta.
Había transferencias, contratos falsificados y pagos enviados a compañías inexistentes.
Todas las autorizaciones llevaban la firma de Mateo.
—Yo nunca firmé esto —dijo él.
Camila intentó salir discretamente del salón.
Lucía la detuvo con una sola frase.
—No te vayas todavía.
Dos hombres de seguridad cerraron las puertas.

Camila palideció.
Lucía colocó sobre la mesa varias fotografías.
En ellas aparecía Camila reuniéndose con el director financiero de la empresa en distintos hoteles.
—Durante ocho meses fingiste ser mi amiga —dijo Lucía—. Después te acercaste a Mateo, le hiciste creer que lo amabas y utilizaste su computadora para aprobar transferencias.
Mateo miró a Camila con incredulidad.
—Dime que es mentira.
Ella guardó silencio.
La madre de Mateo se llevó una mano al pecho.
—¿Cuánto dinero robaron?
—Cuarenta y dos millones —respondió la matriarca.
Mateo retrocedió hasta chocar con una silla.
—Yo no sabía nada.
Lucía lo observó sin compasión.
—Tal vez no participaste directamente, pero entregaste contraseñas, documentos y acceso a la empresa a cambio de unas cuantas promesas.
Camila soltó una risa nerviosa.
—No pueden demostrar que fui yo.
Lucía encendió el televisor del salón.
Una grabación de seguridad apareció en la pantalla.
Camila estaba frente a una computadora copiando archivos confidenciales.
Pero no estaba sola.
Junto a ella aparecía la madre de Mateo.
El rostro de la anciana quedó completamente blanco.
Mateo miró a su madre.
—¿Tú también estabas involucrada?
La mujer comenzó a llorar.
—Solo quería asegurar nuestro futuro.
—¿Nuestro futuro? —preguntó la matriarca con desprecio—. Intentaste vender la empresa que pertenecía a Lucía.
En ese momento se escucharon sirenas frente a la mansión.
Camila corrió hacia una ventana, pero los vehículos policiales ya rodeaban la propiedad.
Lucía tomó los documentos de divorcio que Mateo había lanzado al suelo.
Los firmó con absoluta calma.
Luego se los entregó.
—Querías terminar nuestro matrimonio.
Mateo la miró con desesperación.
—Lucía, por favor. Podemos arreglarlo.
Ella negó lentamente.
—El matrimonio terminó cuando elegiste creer en todos menos en mí.
Los agentes entraron en el salón.
Mientras esposaban a Camila y a la madre de Mateo, uno de ellos se acercó a Lucía con una pequeña caja metálica.
—Encontramos esto dentro de la oficina privada del director financiero.
Lucía abrió la caja.
En su interior había una fotografía antigua y un certificado de nacimiento.
Al leer el nombre escrito en el documento, la matriarca perdió el equilibrio.
Mateo se acercó.
—¿Qué dice?
Lucía levantó la vista, completamente conmocionada.
—Camila no entró en esta familia por casualidad.
Miró a la mujer esposada.
—Según este certificado, ella también es nieta del fundador.
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