El silencio duró apenas unos segundos.
Óscar seguía mirando el mensaje en el teléfono de su madre como si esperara que desapareciera.
Verónica cerró lentamente la carpeta.
—Ahora entiendo por qué llevaban meses preguntándome cuándo terminaría de pagar la hipoteca.
Doña Ofelia recuperó el teléfono con manos temblorosas.
—Estás exagerando. Raúl siempre escribe tonterías.
—Entonces desbloquéalo.
La anciana no respondió.
Verónica tomó su bolso y sacó otro sobre.
Era una carta certificada de una financiera.
La dejó sobre la mesa.
—Llegó esta mañana a la oficina porque ustedes cambiaron el domicilio de notificación.
Óscar abrió el documento.
Mientras avanzaba en la lectura, su rostro perdió completamente el color.
—¿Qué significa esto?
Verónica habló con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito.
—Significa que alguien ofreció mi casa como garantía de un préstamo de tres millones ochocientos mil pesos.
Doña Ofelia golpeó la mesa.
—¡Eso es un error!
Verónica colocó un poder notarial frente a ellos.

—También encontré esto.
Óscar lo tomó.
Reconoció inmediatamente la firma.
Era idéntica a la de su esposa.
Pero ella nunca había firmado aquel documento.
—¿Quién hizo esto? —preguntó con la voz quebrada.
Verónica sostuvo su mirada.
—Eso mismo quiero saber.
Sacó otra hoja.
Era el registro de la notaría.
Aparecía el nombre del apoderado.
Raúl Salgado.
El esposo sintió que el aire le faltaba.
—Mi hermano jamás haría algo así.
Verónica deslizó una última fotografía.
Mostraba a Raúl entrando en la notaría acompañado por Doña Ofelia.
La fecha coincidía exactamente con el día en que ella se encontraba en Monterrey cerrando un contrato para la empresa.
La anciana comenzó a llorar.
—Solo queríamos ayudar a tu hermano.
—¿Con mi casa?
—Prometió devolver el dinero en seis meses.
—¿Y si no lo hacía?
Nadie respondió.
Verónica respiró profundamente.
—Mientras yo trabajaba catorce horas diarias para pagar esta hipoteca, ustedes ya estaban dispuestos a dejarme sin hogar.
Óscar se volvió hacia su madre.
—Dime que no falsificaron la firma de Verónica.
Doña Ofelia bajó lentamente la cabeza.
Ese silencio fue suficiente.
Óscar retrocedió varios pasos.
Por primera vez comprendía el alcance de todo lo ocurrido.
En ese momento sonó el timbre.
Un actuario judicial esperaba en la puerta acompañado por dos representantes de la financiera.
—Buenas noches.
Mostró una carpeta.
—Venimos a entregar la notificación del inicio del procedimiento de ejecución de la garantía hipotecaria.
Verónica permaneció completamente tranquila.
—Llegan un poco tarde.
El actuario frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
Ella sonrió por primera vez en toda la noche.
Sacó otro documento de su bolso.
—Hace cuatro horas un juez concedió la suspensión provisional porque demostramos que el poder notarial fue falsificado.
Los representantes de la financiera se miraron sorprendidos.
Verónica continuó.
—Y no vine sola.
Detrás del actuario entraron dos agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.
Uno de ellos mostró una orden judicial.
—Buscamos a Raúl Salgado y a cualquier persona que haya participado en la falsificación de documentos públicos.
Doña Ofelia dejó caer el teléfono.
Óscar la miró con lágrimas en los ojos.
—Mamá…
Ella apenas pudo responder.
—Yo… nunca imaginé que esto llegaría tan lejos.
Uno de los agentes levantó una carpeta adicional.
—Señora Ofelia, hay algo más.
Todos guardaron silencio.
—Durante la investigación descubrimos que esta no fue la única propiedad utilizada como garantía con documentos falsificados.
El agente levantó la vista.
—Existen otras cinco víctimas… y todas pertenecen a su propia familia.
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