El portazo resonó en toda la residencia.
Rodrigo permaneció inmóvil durante varios segundos, incapaz de comprender por qué Valeria se había marchado sin una sola lágrima.
—Volverá antes de que termine la semana —dijo su madre con una sonrisa burlona—. Una mujer embarazada y con dos niños no dura ni tres días sola.
Mónica soltó una risa mientras recorría el comedor como si ya fuera la dueña.
—¿Puedo empezar a cambiar la decoración?
Rodrigo asintió con indiferencia.
Sin embargo, algo seguía molestándolo.
Aquella carpeta color vino.
Aquel sello judicial.
Y, sobre todo, la tranquilidad con la que Valeria había salido de la casa.
Tomó el teléfono y marcó el número de su abogado.
—Necesito saber si existe alguna demanda contra mí.
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—¿Ha ocurrido algo?
—Solo averígualo.
Mientras tanto, el automóvil avanzaba por Paseo de la Reforma.
Mateo observó a su madre.

—¿Ya no vamos a regresar?
Valeria acarició su cabello.
—No, amor.
—¿Esa ya no es nuestra casa?
Ella respiró profundamente.
—Una casa nunca pertenece a quien más grita, sino a quien protege a su familia.
Renata abrazó con fuerza su osito.
—¿Papá irá con nosotros?
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Papá tendrá que resolver algunos problemas primero.
Los niños aceptaron la respuesta sin hacer más preguntas.
Media hora después llegaron a un edificio discreto en Polanco.
No era un hotel.
Era el despacho del abogado Ignacio Serrano.
El hombre los recibió personalmente.
—Todo está listo.
Valeria entregó la carpeta color vino.
—Si él intenta sacar dinero de las cuentas de los niños, vender alguna propiedad o esconder documentos, presenta todo inmediatamente.
Ignacio asintió.
—Las pruebas son suficientes.
Había copias de transferencias millonarias hacia empresas fantasma.
Facturas falsas.
Contratos alterados.
Movimientos realizados usando fondos creados para los fideicomisos educativos de Mateo y Renata.
Y un detalle aún más grave.
Varias firmas que, según los peritos, jamás habían sido hechas por Valeria.
—¿Estás segura de esperar? —preguntó el abogado.
—Sí.
—¿Por qué?
Ella observó a sus hijos jugando en la sala de espera.
—Porque quiero que sea él quien dé el primer paso.
Al mismo tiempo, Rodrigo recibió la llamada que llevaba una hora esperando.
Su abogado no sonaba tranquilo.
—Rodrigo… necesito que vengas inmediatamente al despacho.
—¿Qué sucede?
—Existe una solicitud judicial para congelar varias operaciones financieras relacionadas con tus empresas.
Rodrigo sintió un escalofrío.
—Eso es imposible.
—No.
Hubo una pausa.
—Y quien presentó toda la documentación fue tu esposa.
Rodrigo dejó caer lentamente el teléfono.
Por primera vez comprendió que Valeria nunca había estado huyendo.
Había estado preparándose.
Y la carpeta que él creyó que era una simple amenaza acababa de convertirse en el inicio de la peor pesadilla de su vida.