PARTE 2: EL CUADERNO DE VALERIA.

El silencio cayó sobre la terraza.

Alejandro tomó la carta de despido con firmeza y la observó durante varios segundos.

Después levantó la vista.

—Héctor… ¿quién preparó este documento?

El administrador palideció apenas un instante.

—Llegó esta mañana a mi oficina. Pensé que usted lo había autorizado antes de viajar.

—¿Y por qué mi firma está falsificada?

Nadie respondió.

Doña Beatriz dio un paso al frente.

—No exageres, Alejandro. Solo intentábamos evitar otro problema. Esa muchacha no pertenece a esta casa.

—La decisión de despedir a cualquier empleado es únicamente mía.

Su tono fue tan frío que incluso los niños dejaron de jugar.

Mateo corrió hacia mis piernas y escondió la cara entre mi vestido.

Los otros dos hicieron exactamente lo mismo.

Alejandro observó aquella escena con una mezcla de sorpresa y culpa.

En casi un año, jamás había visto a sus hijos buscar refugio en un adulto con tanta naturalidad.

Doña Beatriz frunció el ceño.

—¿Ves? Ya se encariñaron demasiado.

—No. Lo que veo es que por primera vez sonríen.

La mujer apretó los labios sin responder.

Alejandro dobló lentamente la carta.

—Nadie abandona esta casa hasta que averigüe quién falsificó mi firma.

Héctor tragó saliva.

—Señor… quizá sea mejor dejar el asunto así.

—Precisamente por eso no pienso dejarlo.

Mientras todos discutían, Emiliano tiró suavemente de la manga de Alejandro.

—Papá…

El pequeño hablaba poco desde la muerte de su madre.

Aquella sola palabra bastó para que Alejandro se arrodillara frente a él.

—¿Qué sucede, campeón?

Emiliano señaló la biblioteca del despacho.

—El cuaderno de mamá…

Alejandro quedó inmóvil.

Hacía meses que nadie mencionaba aquel cuaderno.

Después del accidente de Valeria, él había cerrado su despacho con llave y nunca volvió a entrar.

Pensó que era demasiado doloroso.

Tomó la mano de su hijo.

—¿Cómo sabes que está ahí?

—Mamá escribía… contigo dormido.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alejandro.

Solo Valeria y él conocían aquella costumbre.

Subió al despacho acompañado por los tres niños.

Yo permanecí en la puerta sin atreverme a entrar.

Doña Beatriz observaba todo desde el pasillo, cada vez más nerviosa.

Tras varios minutos de búsqueda, Alejandro abrió un cajón oculto detrás de varios álbumes familiares.

Allí encontró un cuaderno de tapas azules cubierto por una fina capa de polvo.

En la primera página, escrita con la elegante letra de Valeria, podía leerse:

“Si algún día lees esto, Alejandro, significa que ya no estoy contigo. No confíes ciegamente en todos los que viven bajo este techo. La persona que está destruyendo nuestra familia sonríe cada mañana durante el desayuno.”

Debajo había un nombre encerrado dentro de un círculo.

Alejandro sintió que el corazón dejaba de latir por un segundo.

Era el nombre de alguien que jamás habría imaginado.

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