Dormí apenas dos horas en un pequeño hotel de Santa Fe.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Rodrigo diciendo que mis tres millones ya pertenecían a otra mujer.
Pero al amanecer dejé de sentir lástima por mí.
Abrí mi computadora y copié todos los movimientos bancarios de los últimos cinco años.
También escaneé el papel que Jaime había escondido en mi bolsillo.
Era una copia parcial del contrato del crédito hipotecario.
Mi firma aparecía al pie de cada hoja.
Era una falsificación torpe.
La presión del bolígrafo cambiaba, las iniciales tenían otro ángulo y hasta mi segundo apellido estaba escrito con un trazo que jamás utilizaba.
A las nueve en punto sonó mi teléfono.
—¿Mariana?
La voz masculina era serena.
—Sí.
—Soy Héctor Salinas.
Durante unos segundos ninguno habló.
Él rompió el silencio.
—No quiero discutir por teléfono. Nos vemos en el Café Nin de la Roma dentro de una hora.
Acepté.
Cuando llegué, lo reconocí de inmediato.
Vestía un traje gris sencillo y tenía el rostro agotado de alguien que llevaba meses sin dormir.
Se levantó para saludarme.
—Gracias por venir.

—¿Su esposa sabe que está aquí?
Héctor soltó una sonrisa amarga.
—Valeria dejó de ser mi esposa hace mucho. Solo olvidó avisarme.
Sacó una carpeta negra y la colocó sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Estados de cuenta.
Reservaciones de hoteles.
Transferencias.
Mensajes.
Todo demostraba que Rodrigo y Valeria mantenían una relación desde hacía más de un año.
—Mientras tú financiabas la vida de Rodrigo —dijo Héctor—, yo pagaba el departamento donde ellos se veían.
Sentí un nudo en el estómago.
Él deslizó otro documento hacia mí.
Era una prueba de embarazo.
La fecha coincidía con un viaje de negocios que Rodrigo juró haber hecho solo.
—Ese hijo tampoco fue una sorpresa —continuó Héctor—. Lo planearon cuando ambos seguían casados.
Lo miré fijamente.
—¿Qué quiere de mí?
Héctor respiró hondo.
—Justicia.
Metió la mano al portafolio y sacó un sobre color marfil.
Dentro había un estado financiero certificado.
Patrimonio personal.
Empresas.
Inversiones.
Activos.
Más de setecientos millones de pesos.
—No necesito el dinero de Rodrigo —dijo con absoluta calma—. Solo quiero destruir la mentira sobre la que construyó su nueva vida.
Yo seguía sin entender.
Entonces pronunció una frase que me dejó completamente inmóvil.
—Solo di que sí…
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—…y mañana nos casamos en el Registro Civil.
Sentí que el café perdía todo su sabor.
—¿Está loco?
—No.
Su mirada permaneció firme.
—Es la única forma de proteger legalmente ciertos activos, impedir que Rodrigo utilice información privilegiada contra ti y obligar a Valeria a enfrentar un proceso que jamás imaginó.
Cerró lentamente la carpeta.
—No te estoy ofreciendo amor, Mariana.
Te estoy ofreciendo una alianza.
Y si aceptas, dentro de cuarenta y ocho horas será Rodrigo quien descubra que acaba de perder mucho más que tres millones de pesos.