—Porque ella no solo le pegó hoy.
La voz del niño fue suave.
Pero en aquel pasillo silencioso sonó como un trueno.
Nadie dijo una palabra.
Las enfermeras se miraron entre sí.
Mi esposo, que acababa de regresar al hospital, frunció el ceño.
Y Carmen se quedó completamente inmóvil.
El pequeño levantó el objeto que llevaba entre las manos.
Era una tableta.
Una tableta infantil con una funda azul llena de pegatinas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó una enfermera.
El niño tragó saliva.
Parecía nervioso.
Pero también decidido.
—La grabé.
El color desapareció del rostro de Carmen.
—Eso es imposible.
—No.
El niño negó con la cabeza.
—Mi mamá siempre me dice que grabe cuando alguien hace algo malo y nadie me cree.
Varias personas quedaron sorprendidas.
La enfermera tomó la tableta.
Y miró la pantalla.
Había un video.
La fecha coincidía exactamente con aquella tarde.
La duración era de casi siete minutos.
Siete minutos.
Demasiado tiempo.
Cuando reprodujeron las imágenes, el silencio se volvió absoluto.
La grabación comenzaba desde la rendija de la puerta.
La calidad no era perfecta.
Pero era suficiente.
Se veía claramente a Carmen acercándose a mi cama.
Se escuchaban los insultos.
Las amenazas.
Las humillaciones.
Y luego llegó el primer golpe.
El sonido resonó por toda la habitación.
Mi esposo cerró los ojos.
La segunda bofetada fue aún más clara.
La tercera hizo que una de las enfermeras se llevara la mano a la boca.
Nadie podía seguir negándolo.
Nadie.
Mi suegra intentó hablar.
—Eso está sacado de contexto.
Pero ni ella misma parecía creer sus palabras.
La grabación continuó.
Y entonces ocurrió algo que yo ni siquiera había escuchado durante la agresión.
Porque estaba demasiado asustada.
Demasiado dolorida.
Demasiado concentrada en proteger a mi bebé.
La voz de Carmen apareció nuevamente.
Nítida.
Clara.
Perfectamente grabada.
—Cuando nazca ese niño, todo habrá terminado.
Sentí un escalofrío.
Mi esposo abrió los ojos de golpe.
—¿Qué significa eso?
Carmen palideció.
—No significa nada.
Pero el video seguía avanzando.
Y entonces llegó la frase que dejó helado a todo el hospital.
—Ella jamás descubrirá lo que hicimos hace ocho años.
El silencio fue inmediato.
Mi esposo se quedó inmóvil.
Las enfermeras dejaron de moverse.

Incluso el niño parecía confundido.
—¿Qué hicisteis? —preguntó mi esposo.
Nadie respondió.
Carmen parecía incapaz de respirar.
Pero el niño levantó una mano.
—Hay más.
Todos lo miraron.
El pequeño señaló la tableta.
—Yo pensé que el video era importante.
Así que se lo enseñé a mi abuelo.
Y él encontró otra cosa.
La enfermera frunció el ceño.
—¿Qué otra cosa?
El niño abrió una carpeta dentro de la tableta.
—Mi cámara también grabó cuando la señora salió de la habitación.
Mi suegra cerró los ojos.
Como si acabara de comprender que todo estaba perdido.
La segunda grabación comenzó.
Se veía a Carmen caminando por el pasillo.
Mirando constantemente detrás de ella.
Luego sacaba el teléfono.
Y realizaba una llamada.
La calidad del audio era mucho mejor.
Porque el niño se encontraba mucho más cerca.
Entonces se escuchó claramente una conversación.
—Todo salió mal.
Pausa.
—No, todavía no sabe nada.
Otra pausa.
Y finalmente una frase que hizo que mi esposo se desplomara en una silla.
—Si descubre quién era realmente la mujer que murió hace ocho años, perderemos absolutamente todo.
Mi corazón dejó de latir por un instante.
Mi esposo estaba blanco.
Completamente blanco.
—¿Qué mujer?
Carmen rompió a llorar.
Pero ya nadie la escuchaba.
Porque en ese mismo momento una doctora entró corriendo en la habitación con una carpeta médica antigua en las manos.
Y lo primero que dijo hizo que incluso las enfermeras quedaran paralizadas.
—Acabamos de encontrar un expediente archivado con el nombre de su familia.
Y la fotografía de la paciente fallecida es idéntica a la mujer que aparece en las fotos ocultas del teléfono de Carmen.
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