Me quedé inmóvil frente al escritorio.
El pequeño grabador seguía reproduciendo la voz de mi madre.
Una voz que ya no reconocía.
No era la mujer dulce que me había criado.
No era la víctima frágil que llevaba meses llorando delante de mí.
Era alguien completamente diferente.
Fría.
Calculadora.
Y aterradoramente tranquila.
—Cuando él se divorcie, todo será mucho más fácil.
Escuché su risa al otro lado del audio.
Una risa que me provocó escalofríos.
—Su esposa nunca entenderá lo que realmente está ocurriendo.
Sentí que las manos me temblaban.
Subí el volumen.
Necesitaba escuchar cada palabra.
La voz desconocida respondió.
—¿Y si descubre la verdad?
Mi madre volvió a reír.
—No la descubrirá.
Jamás.
He pasado años preparándolo todo.
Mi respiración se detuvo.
Años.
No meses.
Años.
Entonces llegó la frase que cambió mi vida para siempre.
—Después de todo, él ni siquiera sabe quién es su verdadero padre.
El mundo pareció detenerse.
Sentí que el corazón dejaba de latir durante un segundo.
Volví a reproducir el fragmento.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Las palabras seguían ahí.
Exactamente iguales.
No había escuchado mal.
Mi madre continuó hablando.
—Si llega a descubrirlo, perderé todo.
La voz desconocida guardó silencio.
Luego preguntó:
—¿Y qué pasa con el hombre que estuvo pagando durante todos estos años?
Mi madre respondió inmediatamente.
—Está muerto.
Y por suerte se llevó el secreto a la tumba.
Me quedé paralizado.
Mi cabeza era incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Toda mi vida había creído que mi padre era el hombre que aparecía en las fotografías familiares.
El hombre cuya tumba visitaba cada año.
El hombre cuyo apellido llevaba con orgullo.
Pero ahora…
Ya no sabía nada.
Seguí escuchando.
Cada minuto empeoraba la situación.
Mi madre hablaba de herencias.
De propiedades.
De documentos ocultos.
Y de una persona a la que parecía temer más que a nadie.
Alguien llamado Andrés.
El nombre apareció varias veces.
Siempre acompañado por nerviosismo.
Siempre acompañado por miedo.
Cuando terminó la grabación me quedé sentado durante varios minutos.
Incapaz de moverme.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Era mi esposa.
Estaba apoyada en la puerta.
Con lágrimas en los ojos.
Había escuchado parte de la conversación.
Por primera vez en meses no parecía enfadada.
Parecía agotada.
Destrozada.
—Ahora me crees…
Susurró.
Sentí una punzada de culpa tan fuerte que casi me dejó sin aire.
Recordé todas las veces que la había acusado.
Todas las discusiones.
Todas las ocasiones en las que elegí creer a mi madre.
Y allí estaba ella.
Embarazada de siete meses.
Sola.
Defendiéndose de acusaciones falsas.
Mientras yo le daba la espalda.
Me acerqué lentamente.
Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Estuve a punto de ignorarlo.
Sin embargo, algo me obligó a responder.
—¿Sí?
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
Luego una voz masculina habló.
Una voz grave.
Nerviosa.
Y completamente desconocida.

—Necesito hablar contigo antes de que tu madre descubra que encontraste las grabaciones.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Quién es usted?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Mi nombre es Andrés.
La misma persona mencionada en los audios.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—Hay algo que debes saber.
Algo sobre tu nacimiento.
Algo que tu madre ha ocultado durante más de treinta años.
Miré a mi esposa.
Ella también estaba pálida.
—¿Qué cosa?
La respuesta llegó inmediatamente.
Y cuando escuché aquellas palabras, el teléfono casi se me cayó de las manos.
Porque Andrés afirmó que no solo conocía a mi verdadero padre.
Afirmó que seguía vivo.
Y que llevaba décadas intentando encontrarme.
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