Parte 2:El Proyecto Que Lo Arruinó Todo

La habitación del hospital quedó en silencio.

Yo seguía conectada a varios monitores.

Los médicos habían confirmado que el bebé estaba bien.

Pero nadie parecía prestar atención a eso.

Porque Javier acababa de entrar.

Y parecía un hombre completamente distinto.

Horas antes me había abandonado bajo la lluvia.

Horas antes me había llamado un obstáculo.

Ahora caminaba como alguien que acababa de perderlo todo.

Llevaba una carpeta azul apretada contra el pecho.

Y sus manos temblaban.

Carmen fue la primera en levantarse.

—¿Qué ha pasado?

Javier no respondió.

Sus ojos estaban clavados en mí.

Por primera vez en toda la noche.

Por primera vez en meses.

Como si realmente me estuviera viendo.

Entonces dejó caer la carpeta sobre una mesa.

Los documentos se dispersaron por el suelo.

Contratos.

Informes.

Correos electrónicos impresos.

Y una notificación oficial con varios sellos.

Carmen la recogió.

Leyó apenas dos líneas.

Y el teléfono escapó de sus manos.

Se estrelló contra el suelo.

—No…

Su voz apenas era un susurro.

Yo observaba sin entender.

Hasta que Javier habló.

—El proyecto nunca iba a ser mío.

Nadie dijo nada.

Ni siquiera su madre.

Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.

Durante dos años, Javier había vivido obsesionado con aquel proyecto inmobiliario.

Era la oportunidad de su vida.

La razón por la que trabajaba día y noche.

La razón por la que había empezado a tratarme como una carga.

La razón por la que Carmen repetía constantemente que yo estaba arruinando su futuro.

Pero ahora todo había cambiado.

Mi suegro tomó uno de los documentos.

Lo leyó.

Y se quedó inmóvil.

—¿Fraude?

Javier cerró los ojos.

—Sí.

Un silencio pesado llenó la habitación.

—La empresa está siendo investigada.

Los contratos eran falsos.

Las valoraciones estaban manipuladas.

Y los terrenos nunca fueron legalmente adquiridos.

Sentí un escalofrío.

Aquello explicaba el miedo en su rostro.

Pero no explicaba por qué había venido al hospital.

No explicaba por qué parecía devastado.

Entonces Javier sacó un último documento.

Uno que había permanecido oculto dentro de la carpeta.

Y me lo entregó.

Mis manos temblaron al abrirlo.

Era una carta.

Una carta firmada por el fundador de la empresa.

Un hombre que había fallecido pocos días antes.

Leí las primeras líneas.

Y comprendí por qué Javier estaba destruido.

Porque aquella carta revelaba que alguien había advertido sobre el fraude meses atrás.

Alguien que intentó detenerlo.

Alguien que envió pruebas.

Alguien a quien nadie quiso escuchar.

Mi nombre aparecía escrito en la segunda página.

Levanté la vista.

Incapaz de creerlo.

Javier comenzó a llorar.

—Tenías razón.

Recordé todas las veces que intenté advertirle.

Todos los documentos sospechosos que encontré.

Todas las noches en las que me pidió que dejara de investigar.

Todas las ocasiones en las que Carmen dijo que yo quería sabotearlo.

Y entonces entendí.

La llamada que recibió aquella noche no solo confirmó el fraude.

También confirmó quién había intentado protegerlo desde el principio.

Yo.

La misma mujer que había abandonado bajo la lluvia.

La misma mujer embarazada a la que había dejado sola junto a una carretera.

Pero aún faltaba la peor parte.

Porque entre los documentos había una hoja que nadie había leído todavía.

Una hoja enviada apenas una hora antes desde el juzgado.

Mi suegro la tomó.

Leyó el encabezado.

Y palideció.

—Dios mío…

—¿Qué ocurre? —preguntó Carmen.

El hombre levantó lentamente la vista.

Y pronunció unas palabras que hicieron que Javier sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No solo han cancelado el proyecto.

Han descubierto quién firmó la autorización final sabiendo que los documentos eran falsos.

La habitación quedó congelada.

Porque el nombre escrito en aquella resolución no era el de Javier.

Era el de Carmen.

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