La Niña del Faro

El silencio cayó sobre la villa como una losa.

Nadie respondió a Maite.

El viento que subía desde la cala agitaba las cortinas de la terraza y hacía crujir las ramas de los pinos. Yo seguía empapada, con el cuerpo temblando y una mano apoyada sobre mi vientre.

—¿Qué has dicho? —pregunté con la voz rota.

Maite clavó sus ojos en Alejandro.

No eran ojos asustados.

Eran ojos llenos de una rabia que llevaba demasiado tiempo guardada.

—He dicho que no fue un accidente —repitió lentamente—. Y tampoco fue una decisión tomada esta noche.

Alejandro dio un paso atrás.

—Estás loca.

—No —respondió ella—. Loca habría sido quedarme callada.

Carlos seguía inmóvil.

Aquello me dolía más que el agua fría que todavía corría por mi ropa.

Porque Carlos había sido mi amigo antes de que Alejandro apareciera en mi vida.

Había sido la persona que me acompañó al hospital cuando descubrí que estaba embarazada.

Y ahora ni siquiera era capaz de mirarme.

—Carlos —susurré—. Dime que no sabes de qué está hablando.

Él tragó saliva.

Su mandíbula tembló.

Y ese pequeño gesto me dio más miedo que cualquier respuesta.

Maite soltó una carcajada amarga.

—Claro que lo sabe.

Toda la familia giró hacia él.

La madre de Alejandro se llevó una mano al pecho.

El padre palideció.

Y Alejandro empezó a negar con la cabeza.

—No la escuchéis.

—Entonces explícalo tú —replicó Maite.

El mar golpeó las rocas bajo el acantilado.

Nadie habló durante varios segundos.

Hasta que Carlos cerró los ojos.

—Yo… —murmuró.

Alejandro se volvió hacia él.

—Ni se te ocurra.

Aquellas cuatro palabras sonaron como una amenaza.

Y todos lo notaron.

Carlos abrió los ojos.

Por primera vez desde que me habían sacado del agua, me miró directamente.

Parecía un hombre derrotado.

—Hace cinco años —dijo— Alejandro recibió una carta.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué carta?

Carlos bajó la vista.

—Una carta que decía que alguien iba a regresar.

Un escalofrío recorrió la terraza.

—¿Quién? —preguntó la madre de Alejandro.

Nadie respondió.

Fue Maite quien lo hizo.

—La niña.

Un murmullo de desconcierto atravesó el grupo.

—¿Qué niña? —pregunté.

Maite me observó.

Y por primera vez vi tristeza en sus ojos.

—La niña que desapareció.

El padre de Alejandro dejó caer una copa.

El cristal estalló contra el suelo.

Entonces comprendí que aquella historia no era nueva para ellos.

Todos sabían algo.

Todos.

Menos yo.

—Hablad de una vez —exigí.

Alejandro avanzó.

—Basta.

—No —dije.

Mi voz resonó más fuerte de lo que esperaba.

—Ya no.

Durante años había soportado silencios.

Mentiras.

Excusas.

Aquella noche había estado a punto de perder a mi hijo.

No iba a permitir que me ocultaran nada más.

Maite respiró hondo.

—Hace cinco años desapareció una niña cerca del viejo faro.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

—La buscaron durante semanas.

No encontraron el cuerpo.

No encontraron pistas.

Nada.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —pregunté.

Maite me miró.

—Porque tres días antes de desaparecer, la niña había estado en esta villa.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Aquí?

—Sí.

La mujer señaló a Alejandro.

—Y él fue la última persona que la vio.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

Alejandro palideció.

—Eso es mentira.

—¿Lo es?

Maite sacó algo de su bolsillo.

Un pequeño objeto envuelto en tela.

Lo abrió lentamente.

Dentro había una fotografía.

Vieja.

Desgastada.

La imagen mostraba a una niña de unos siete años.

Cabello oscuro.

Ojos enormes.

Y una sonrisa que parecía iluminar toda la foto.

Yo no la conocía.

Pero alguien a mi lado dejó escapar un gemido.

Era la madre de Alejandro.

—Dios mío…

Las manos le temblaban.

—No puede ser.

—Sí puede —respondió Maite.

Entonces dio la vuelta a la fotografía.

Había una fecha escrita detrás.

Y una frase.

Solo una.

La leí en voz alta.

—”Si algún día desaparezco, preguntadle a Alejandro.”

El silencio que siguió fue insoportable.

Alejandro parecía incapaz de respirar.

Carlos se cubrió la cara con las manos.

Y yo comprendí que aquello era mucho más grande que una caída al mar.

Mucho más grande que una herencia.

Mucho más grande que las discusiones familiares.

La desaparición de aquella niña seguía viva.

Y alguien había hecho todo lo posible para impedir que la verdad saliera a la luz.

Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Desde el camino que llevaba a la villa apareció una figura pequeña.

Una niña.

Tendría unos doce años.

Llevaba un vestido claro movido por el viento.

Caminaba sola.

Despacio.

Como si conociera perfectamente aquel lugar.

Todos la observaron sin entender.

Hasta que se detuvo frente a la verja.

Y levantó la cabeza.

Sus ojos se clavaron en Alejandro.

El color abandonó el rostro de mi marido.

La fotografía cayó de las manos de Maite.

Porque la niña que acababa de aparecer era exactamente igual a la de la imagen.

Y cuando habló, su voz hizo que nadie pudiera moverse.

—He vuelto por lo que me quitaron.

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