PARTE 3: La Novia Perfecta Era una Mentira: La Traición Que Amenazaba con Destruirlo Todo

Rodrigo respondió al teléfono sin apartar la mirada de la nota que Camila había dejado sobre el escritorio.

Las palabras parecían arder frente a sus ojos.

“Si no puedo ser dueña de tu vida, tampoco tendrás la empresa que tanto amas.”

La voz de Ernesto Valdés, su socio desde hacía más de diez años, sonaba alterada.

—Rodrigo, dime que estás sentado.

—¿Qué pasó?

—Tenemos una emergencia.

El corazón de Rodrigo comenzó a latir con fuerza.

—Habla.

—Los inversionistas de Monterrey suspendieron la reunión.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué?

—Alguien filtró toda nuestra propuesta.

Durante unos segundos no pudo hablar.

Aquella propuesta era el resultado de más de ocho meses de trabajo.

Diseños exclusivos.

Presupuestos.

Estudios de mercado.

Estrategias financieras.

Todo.

—Eso es imposible —murmuró.

—Ojalá lo fuera.

Del otro lado de la línea se escuchó un suspiro pesado.

—Una empresa llamada Grupo Nexo Constructores presentó esta mañana un proyecto idéntico al nuestro.

—¿Idéntico?

—Hasta los detalles técnicos.

Rodrigo apretó los dientes.

La sangre le hervía.

Camila.

Todo apuntaba a ella.

Pero aún no entendía cómo había conseguido acceso a información tan delicada.

—Hay algo más —continuó Ernesto.

—¿Qué cosa?

—Detectamos movimientos bancarios extraños.

Rodrigo sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Qué tipo de movimientos?

—Transferencias realizadas desde una cuenta corporativa.

—Eso no puede ser.

—Pues existen registros.

Y no son pequeñas cantidades.

Estamos hablando de millones de pesos.

Rodrigo cerró los ojos.

Aquello ya no parecía una simple venganza amorosa.

Parecía una operación cuidadosamente planeada.

—Voy para la oficina —dijo.

—Hazlo rápido.

Porque si no aclaramos esto hoy, podríamos perder todo.

La llamada terminó.

Rodrigo permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego levantó la mirada.

Su madre seguía sentada en el sofá, con una bolsa de hielo sobre el rostro.

El golpe de Camila había dejado un hematoma oscuro en su mejilla.

Y aquello le dolía más que cualquier amenaza contra su empresa.

Se acercó lentamente.

Se arrodilló frente a ella.

—Perdóname, mamá.

Doña Mercedes sonrió con tristeza.

—Ya pasó, hijo.

—No. No pasó.

Yo te fallé.

La anciana negó suavemente con la cabeza.

—No me fallaste.

Solo estabas enamorado.

Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

Durante años había creído que podía identificar a las personas falsas.

Había negociado con empresarios corruptos.

Había enfrentado estafadores.

Había sobrevivido en un mundo donde la confianza era un lujo.

Y sin embargo…

La mujer que estuvo a punto de convertirse en su esposa había logrado engañarlo por completo.

—Descansa un poco —dijo levantándose—. Tengo que arreglar esto.

Pero justo cuando iba hacia la puerta, escuchó la voz de su madre.

—Rodrigo.

Él se volvió.

—¿Sí?

Doña Mercedes dudó unos segundos.

—Hay algo que nunca te conté.

Rodrigo regresó.

—¿Qué pasó?

—Hace unas semanas vi algo raro.

—¿Qué cosa?

La señora respiró profundamente.

—Encontré a Camila en tu oficina.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿En la empresa?

—No.

Aquí.

En el estudio de la casa.

—¿Cuándo?

—Un día que tú estabas en Guadalajara.

Rodrigo sintió una punzada de inquietud.

—¿Qué hacía?

—Tomaba fotos.

Muchas fotos.

—¿Fotos de qué?

—De documentos.

Carpetas.

Contratos.

Papeles que tenía sobre tu escritorio.

Rodrigo se quedó inmóvil.

—¿Por qué no me dijiste nada?

La mujer bajó la mirada.

—Porque cuando te contaba algo malo de ella, siempre la defendías.

Aquella respuesta fue como una cuchillada.

Porque era verdad.


Una hora después, Rodrigo llegó a las oficinas corporativas de Salcedo Construcciones.

El ambiente era tenso.

Demasiado tenso.

Los empleados evitaban mirarlo directamente.

Algunos susurraban.

Otros fingían trabajar.

Todos sabían que algo grave estaba ocurriendo.

Cuando entró a la sala de juntas, Ernesto ya lo esperaba.

También estaban presentes dos abogados y el director financiero de la empresa.

Mauricio Beltrán.

Un hombre elegante de cuarenta años.

Cabello perfectamente peinado.

Traje impecable.

Sonrisa profesional.

Al verlo entrar, Mauricio se levantó.

—Rodrigo, siento mucho lo que está pasando.

Rodrigo observó su rostro.

Algo no encajaba.

Pero no sabía qué.

—Muéstrenme todo.

Durante las siguientes dos horas revisaron documentos, correos electrónicos y registros bancarios.

Las transferencias existían.

Los accesos a los archivos también.

Y lo más extraño…

Todos parecían haber sido realizados utilizando las credenciales de Rodrigo.

—Alguien quiere incriminarte —dijo uno de los abogados.

—Eso ya lo sé.

La pregunta es quién.

La reunión terminó poco después.

Cuando todos abandonaron la sala, Rodrigo decidió revisar personalmente las grabaciones de seguridad.

No sabía exactamente qué buscaba.

Solo tenía una sensación.

Un instinto.

Y durante años había aprendido a confiar en él.

Entró a la sala de monitoreo.

Solicitó las grabaciones de las últimas semanas.

Comenzó a avanzar hora tras hora.

Día tras día.

Hasta que encontró algo.

Algo que hizo que el aire desapareciera de sus pulmones.

La fecha correspondía a tres semanas atrás.

La pantalla mostraba el estacionamiento subterráneo de la empresa.

Y allí estaba Camila.

Entrando al edificio.

Pero no estaba sola.

Alguien caminaba junto a ella.

Rodrigo entrecerró los ojos.

No podía creer lo que veía.

Era Mauricio.

Su director financiero.

Su hombre de confianza.

Observó la grabación.

Los dos hablaban.

Reían.

Y después…

Se besaban.

Rodrigo sintió una descarga eléctrica recorriéndole el cuerpo.

Retrocedió el video.

Lo reprodujo otra vez.

Y otra.

No había duda.

Camila y Mauricio mantenían una relación.

Todo aquel tiempo.

Todo aquel maldito tiempo.

Mientras él planeaba una boda.

Mientras compraba un anillo.

Mientras soñaba con formar una familia.

Ellos se reían a sus espaldas.

Su traición no había sido improvisada.

Había sido calculada.

Metódica.

Perfectamente diseñada.

Rodrigo golpeó el escritorio con fuerza.

La pantalla tembló.

Por primera vez en muchos años sintió deseos de destruir algo.

Pero se obligó a respirar.

Necesitaba pensar.

Necesitaba pruebas.

Y sobre todo…

Necesitaba descubrir hasta dónde llegaba aquella conspiración.

Entonces ocurrió algo inesperado.

El encargado de seguridad apareció en la puerta.

—Ingeniero Salcedo.

—¿Qué pasa?

—Hay alguien preguntando por usted.

—No tengo tiempo.

—Dice que es urgente.

Rodrigo suspiró.

—¿Quién es?

El hombre tragó saliva.

—No quiso dar su nombre.

Solo dijo que sabe quién intentó arruinar su empresa.

Rodrigo levantó la mirada.

—¿Dónde está?

—En recepción.

Minutos después descendió al vestíbulo.

Y encontró a un hombre de aproximadamente sesenta años.

Ropa sencilla.

Barba canosa.

Aspecto agotado.

Pero sus ojos reflejaban miedo.

Mucho miedo.

—¿Usted es Rodrigo Salcedo?

—Sí.

—Tenemos que hablar.

—¿Quién es usted?

El hombre miró a ambos lados antes de responder.

—Trabajé para Grupo Nexo Constructores.

Rodrigo sintió un escalofrío.

Era el nombre de la empresa rival.

—¿Qué quiere?

—Advertirle.

—¿De qué?

El desconocido acercó la silla.

Bajó la voz.

—Lo que le hicieron no empezó hace unas semanas.

Empezó hace más de un año.

Rodrigo frunció el ceño.

—No entiendo.

—Camila nunca se enamoró de usted.

Aquellas palabras golpearon como un martillo.

—¿Qué está diciendo?

—Ella fue enviada para acercarse a usted.

El mundo pareció detenerse.

—¿Enviada por quién?

El hombre tragó saliva.

Y antes de responder, observó nerviosamente la entrada principal.

Como si temiera que alguien pudiera estar escuchando.

—Por el hombre que realmente controla Grupo Nexo.

Rodrigo sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Quién?

El desconocido abrió lentamente una carpeta.

Sacó una fotografía.

Y la deslizó sobre la mesa.

Cuando Rodrigo vio el rostro de la imagen, quedó paralizado.

Porque conocía perfectamente a esa persona.

Era alguien de su pasado.

Alguien que había jurado no volver a ver jamás.

Alguien que tenía razones suficientes para odiarlo.

Y alguien que llevaba quince años esperando el momento perfecto para vengarse.

En ese instante, las puertas de vidrio de la recepción se abrieron de golpe.

Tres hombres vestidos de negro entraron al edificio.

El desconocido empalideció.

—Ya me encontraron…

Rodrigo levantó la vista.

Los hombres caminaban directamente hacia ellos.

Y en sus rostros no había ninguna intención de conversar.

Continuará…

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