PARTE 2: LA FIRMA QUE NADIE DEBÍA VER

—…a mi abuelo.

La voz del notario apenas fue un susurro.

Pero bastó para que toda la terraza del resort quedara en silencio.

Las copas dejaron de chocar.

Las conversaciones desaparecieron.

Hasta la música que llegaba desde la piscina pareció quedarse muy lejos.

Yo seguía apoyando una mano sobre mi barriga de ocho meses.

Hugo continuaba bloqueando la entrada del trastero.

Solo que ahora ya no parecía enfadado.

Parecía asustado.

El notario dio dos pasos hacia la puerta.

—¿Quién abrió este trastero por última vez?

Nadie respondió.

Entonces volvió a hablar.

—Porque el sistema acaba de registrar una apertura automática mediante reconocimiento remoto.

Miré la cerradura electrónica.

La luz verde seguía encendida.

No había tocado nada.

El notario pidió que conectaran la pantalla de seguridad del complejo.

Un empleado del hotel proyectó las imágenes en el televisor del salón contiguo.

Todos nos acercamos.

La cámara mostraba el interior del trastero.

Cajas perfectamente alineadas.

Archivadores metálicos.

Y, al fondo, una caja fuerte cuya puerta acababa de desbloquearse.

Hugo dio un paso atrás.

—Eso… eso no tiene sentido.

El notario no respondió.

Se acercó a la caja fuerte.

Sacó una carpeta azul.

La abrió lentamente.

La primera hoja llevaba una firma.

Una firma antigua.

Elegante.

Inconfundible.

—Es de don Ernesto Salvatierra —dijo el notario—. La reconocería en cualquier sitio. Yo mismo legalicé este documento hace doce años.

La madre de Hugo dejó caer el bolso.

—Eso no puede estar aquí.

El notario levantó la vista.

—Pues aquí ha estado todo este tiempo.

Comenzó a leer.

—”En caso de conflicto familiar, toda la documentación relativa a la propiedad del apartamento de Marbella permanecerá custodiada en este trastero hasta que sea requerida por cualquiera de las partes.”

Sentí un escalofrío.

¿Propiedad?

Hugo siempre había repetido que aquel apartamento era suyo.

Que su abuelo se lo había dejado directamente.

Que yo debía sentirme agradecida por disfrutar de aquella vida.

El notario pasó la siguiente página.

Su expresión cambió por completo.

—Ahora entiendo por qué alguien quería mantener esta carpeta escondida.

Todos contuvieron la respiración.

—El apartamento nunca fue adjudicado exclusivamente a Hugo.

La madre de Hugo negó con fuerza.

—¡No!

—Según la escritura, pertenece a un patrimonio familiar administrado mediante un fideicomiso.

El beneficiario principal…

Hizo una pausa.

Me miró directamente.

—Es el primer hijo que nazca del matrimonio entre Hugo y Aitana.

Nadie dijo una palabra.

Ni una.

Hugo cerró los ojos.

Como si acabara de comprender que el secreto ya no podía ocultarse.

El notario continuó leyendo.

—Mientras ese menor sea representado legalmente por sus padres, ninguno de los dos podrá vender, hipotecar ni disponer del inmueble sin autorización conjunta.

Volví la vista hacia Hugo.

Durante meses había insistido en vender el apartamento.

Había dicho que era “una decisión de negocios”.

Que yo no entendía esas cosas.

Y ahora todo cobraba sentido.

No necesitaba convencerme.

Necesitaba apartarme.

Porque sin mi firma…

No podía tocar un solo ladrillo de aquella propiedad.

El notario sacó un último documento.

—Hay algo más.

Es una solicitud presentada hace tres meses.

La firma del solicitante era la de Hugo.

La del supuesto consentimiento…

Era la mía.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca firmé eso.

El notario comparó ambas rúbricas durante unos segundos.

Después levantó lentamente la vista.

—Lo sé.

Porque la firma auténtica de Aitana está aquí…

Y la del otro documento no coincide.

Hugo dejó caer la cabeza.

Por primera vez desde que empezó aquella noche, no intentó llamarme exagerada.

No intentó culparme.

No intentó hacerme parecer inestable.

Porque delante de toda la familia acababa de aparecer la única prueba que llevaba meses temiendo.

Y no era la luz del trastero lo que lo había dejado sin palabras.

Era una firma falsificada que empezaba a derrumbar la historia que había construido contra mí.

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