PARTE 2: EL MURO QUE GUARDABA SU NOMBRE

Carmen se quedó inmóvil.

El golpe volvió a escucharse al fondo del galpón.

Clang.

No era el crujido de una lámina movida por el viento. Tampoco el sonido de una herramienta cayendo por accidente. Era un ruido seco, preciso, como si alguien hubiera golpeado una tubería con un objeto de metal.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, levantando la lámpara.

Su voz se perdió entre las columnas oxidadas.

Nadie respondió.

Carmen apretó la fotografía contra el pecho. En ella, Ernesto Herrera tendría poco más de treinta años. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y tenía la misma sonrisa amplia que Carmen recordaba de su infancia. Detrás de él aparecían varios trabajadores y, sobre el portón recién pintado, se leía con claridad:

“ALMACENES HERRERA E HIJOS”.

Carmen tragó saliva.

—¿Hijos? —murmuró—. Pero yo era hija única.

Otro golpe metálico resonó desde una habitación situada al final del edificio.

Esta vez, Carmen distinguió algo más.

Una respiración.

Retrocedió y buscó a tientas dentro de su bolso. Encontró las llaves del Tsuru, un rosario y las tijeras pequeñas que usaba para cortar hilo. Era ridículo intentar defenderse con ellas, pero las sostuvo con fuerza.

Avanzó lentamente.

El suelo estaba cubierto de polvo, excremento de pájaros y pedazos de vidrio. Cada paso levantaba un olor a humedad, aceite viejo y madera podrida. En las paredes había calendarios amarillentos, números escritos con gis y manchas negras producidas por algún incendio antiguo.

Al llegar a la puerta del fondo, Carmen vio que el candado estaba abierto.

No oxidado ni roto: abierto.

—Ramiro dijo que nadie entraba aquí desde hacía treinta años…

Empujó la puerta.

Dentro encontró una oficina pequeña. Había un escritorio volcado, archivadores metálicos y una caja de herramientas tirada en el suelo. Una ventana rota dejaba entrar el aire de la noche, moviendo lentamente una cortina gris.

Carmen respiró con alivio.

Tal vez el viento había provocado el ruido.

Entonces la lámpara iluminó unas huellas recientes sobre el polvo.

Eran marcas de zapatos grandes que atravesaban la oficina y terminaban frente a una pared.

Carmen se acercó.

La pared estaba cubierta por un mapa viejo del estado de Querétaro. Al tocarlo, descubrió que una de las esquinas estaba húmeda. Lo apartó y encontró una placa de acero empotrada entre los ladrillos.

En el centro había una cerradura.

Carmen observó la llave pesada que Ramiro le había entregado con la compra. No parecía una llave común de portón. Tenía dientes profundos y, en el mango, una letra grabada:

E.

La introdujo en la cerradura.

Encajó perfectamente.

Antes de girarla, escuchó un ruido detrás de ella.

Carmen se volvió de golpe.

Una sombra pasó frente a la ventana rota.

—¡Oiga! —gritó—. ¡Ya lo vi!

Salió de la oficina y recorrió el pasillo, pero solo alcanzó a escuchar unos pasos alejándose hacia el portón. Cuando llegó, encontró una de las hojas metálicas entreabierta.

En el exterior no había nadie.

El terreno estaba cubierto de hierba alta y la carretera quedaba a varios cientos de metros. Sin embargo, junto al Tsuru había marcas frescas de llantas.

Alguien había estado vigilándola.

Carmen cerró el portón con una cadena y regresó a la oficina. Ya no se sentía solamente asustada. Dentro de ella comenzaba a despertar una rabia antigua, una fuerza que llevaba años enterrada bajo la obediencia, el matrimonio, la maternidad y los sacrificios.

Sus hijos la habían tratado como si fuera inútil.

Pero Carmen había trabajado desde los catorce años. Había administrado las cuentas de Rogelio, reparado fugas, criado dos hijos y cuidado a su esposo durante sus últimos meses.

No iba a huir del único lugar que todavía llevaba su apellido.

Giró la llave.

La placa se abrió hacia adentro, revelando un compartimento oscuro. Carmen metió la mano y sacó una caja de madera envuelta en plástico.

La colocó sobre el escritorio.

Dentro había documentos, fotografías, un reloj de bolsillo y varias cartas atadas con una cinta roja. La primera estaba dirigida a ella.

“Para mi hija Carmen, cuando por fin encuentre este lugar”.

Las piernas le fallaron.

Se sentó en una silla cubierta de polvo y abrió el sobre con los dedos temblorosos.

“Carmencita:

Si estás leyendo esto, significa que no pude regresar. Quiero que sepas que nunca te abandoné. Me obligaron a desaparecer porque descubrí que nuestros socios estaban usando el almacén para ocultar mercancía robada. Intenté denunciarlos, pero uno de ellos tenía amigos en la policía y juró hacerles daño a ti y a tu madre.

Guardé pruebas. También dejé algo que te pertenece por derecho.

No confíes en ningún Salinas”.

Carmen dejó de respirar.

Volvió a leer la última línea.

Salinas.

El abogado que había presentado los documentos de la casa se llamaba Octavio Salinas.

—No puede ser…

Buscó entre los papeles y encontró una fotografía tomada muchos años atrás. Su padre aparecía junto a tres hombres frente al galpón. Uno de ellos tenía escrito su nombre al reverso:

“Adolfo Salinas, socio administrativo”.

Carmen sintió un escalofrío.

El teléfono comenzó a vibrar dentro de su bolso.

Era Patricia.

Carmen dudó, pero respondió.

—¿Qué quieres?

Del otro lado se escuchaba una respiración agitada.

—Mamá, ¿dónde estás?

—Eso ya no te importa.

—Sí me importa. Sergio está furioso. Dice que te llevaste documentos de papá.

—Solo saqué una fotografía.

Patricia guardó silencio.

—Mamá… Octavio vino esta noche. Estuvo revisando las cajas que dejaste. Cuando le dijimos que habías comprado una bodega en San Jerónimo, se puso pálido.

Carmen miró la carta de su padre.

—¿Cómo supieron dónde estaba?

—Sergio encontró el anuncio en el coche. Mamá, escúchame. Octavio dijo que ese galpón no podía quedar en tus manos. Después salió hablando por teléfono.

En ese momento, las luces de un vehículo atravesaron los vidrios rotos.

Un motor se detuvo frente al portón.

Patricia comenzó a llorar.

—Mamá, tienes que salir de ahí.

Carmen apagó la lámpara.

Desde el exterior se escucharon varias puertas abriéndose.

Luego, una voz masculina dio una orden:

Revisen todo. La caja tiene que estar aquí.

Carmen reconoció aquella voz.

La había escuchado cuatro días antes, sentado frente a ella, explicándole con tranquilidad que la casa ya no le pertenecía.

Era Octavio Salinas.

Carmen cerró la caja y buscó desesperadamente un lugar donde esconderla. Entonces vio que, debajo de las cartas, había un segundo sobre con una frase escrita por su padre:

“No abras esto hasta descubrir cuál de tus hijos trabaja para ellos”.

Y justo cuando Carmen levantó la mirada, la cadena del portón cayó al suelo.

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