PARTE 2: EL TESTAMENTO ESCONDIDO

Mateo abrazó con más fuerza a su madre.

Sentía cómo su respiración era cada vez más débil.

—Necesita un hospital ahora mismo.

Lucía soltó una sonrisa burlona.

—Nadie sale de esta mansión sin mi permiso.

Los dos guardaespaldas dieron un paso al frente.

El silencio de la enorme casa se volvió insoportable.

Los sirvientes seguían inmóviles, con la mirada clavada en el suelo.

Nadie se atrevía a intervenir.

Mateo comprendió que el miedo llevaba demasiado tiempo gobernando aquella familia.


La anciana movió apenas los labios.

Mateo acercó el oído.

—…escritorio…

La voz era tan débil que casi desaparecía entre sus respiraciones.

—¿Qué dijiste, mamá?

Ella hizo un enorme esfuerzo.

—…cajón… secreto…

Después volvió a perder el conocimiento.

Lucía observó la escena con evidente inquietud.

Durante una fracción de segundo, la seguridad que había mostrado comenzó a resquebrajarse.

—¿Qué intentó decir?

Mateo no respondió.

Pero ya había comprendido que su madre intentaba advertirle de algo.


En ese momento apareció Rosa, la ama de llaves que llevaba más de treinta años trabajando para la familia.

Temblaba visiblemente.

—Señorita Lucía…

La joven giró con impaciencia.

—¿Qué quieres?

Rosa tragó saliva.

—La ambulancia ya está afuera.

Lucía frunció el ceño.

—Yo no llamé a ninguna ambulancia.

Rosa bajó la mirada.

—Yo sí.

La bofetada llegó antes de que pudiera terminar la frase.

Rosa cayó al suelo.

Lucía la señaló con furia.

—¡Quedas despedida!

La mujer mayor levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez en muchos años no parecía tener miedo.

—No importa.

Lo único que me importa es que la señora sobreviva.


Los paramédicos intentaron entrar.

Pero los guardaespaldas bloquearon el acceso principal.

—Es propiedad privada.

Uno de los médicos respondió con firmeza.

—Tenemos un reporte de una posible emergencia médica.

Lucía apareció en la entrada con una sonrisa perfectamente calculada.

—Ha sido una falsa alarma.

Mi madre solo está descansando.

Antes de que pudiera cerrar la puerta, Mateo gritó desde el interior.

—¡Ayuda!

¡La están reteniendo!

Los paramédicos intercambiaron una mirada.

Uno de ellos tomó inmediatamente la radio para solicitar apoyo policial.

Lucía comprendió que había perdido el control de la situación.


Mientras todos discutían en la entrada, Mateo aprovechó el descuido.

Subió rápidamente las escaleras hacia el antiguo despacho de su padre.

Aquella habitación permanecía cerrada desde el funeral.

Recordó las palabras de su madre.

“Cajón secreto.”

Abrió el enorme escritorio de madera.

Los primeros cajones estaban vacíos.

Documentos.

Fotografías.

Libros antiguos.

Nada más.

Entonces recordó una costumbre de su padre.

Siempre golpeaba dos veces el lateral derecho antes de guardar papeles importantes.

Mateo repitió el movimiento.

Tac. Tac.

Un pequeño compartimento oculto se abrió lentamente.

Dentro había un sobre color marfil.

En el frente solo aparecía una frase escrita con la letra de su padre.

“Abrir únicamente si alguien intenta apoderarse de la mansión antes de tiempo.”

Mateo sintió un escalofrío.

Dentro encontró un documento firmado por un notario.

No era un testamento.

Era una declaración donde su padre afirmaba que, si alguno de sus hijos utilizaba amenazas, violencia o manipulación para quedarse con el patrimonio familiar, perdería automáticamente cualquier derecho sobre la administración de los bienes hasta que un juez resolviera el caso.

Junto al documento había una memoria USB.

Y una nota escrita a mano.

“Si estás leyendo esto, significa que alguien traicionó a la familia.”

“La verdad no está en el testamento.”

“Está dentro de esa memoria.”

En ese mismo instante escuchó pasos apresurados en el pasillo.

La voz de Lucía retumbó al otro lado de la puerta.

—¡Mateo!

Sé perfectamente que entraste al despacho.

La cerradura comenzó a moverse lentamente.

Y Mateo comprendió que aquello que acababa de encontrar era exactamente lo que su hermana llevaba tanto tiempo intentando ocultar.

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