PARTE 2: LA MUJER QUE TODOS CREÍAN EL GRAN AMOR DE MI JEFE ENTRÓ SONRIENDO… SIN IMAGINAR QUE ÉL YA HABÍA TOMADO UNA DECISIÓN IMPOSIBLE DE OCULTAR

La oficina quedó completamente en silencio.

Charlotte Bennett seguía en la puerta.

Elegante.

Segura de sí misma.

Llevaba un abrigo color marfil, el cabello perfectamente recogido y esa confianza de quien está acostumbrada a entrar en cualquier lugar como si ya le perteneciera.

Su sonrisa permaneció intacta.

Hasta que vio la distancia entre Adrian y yo.

O, mejor dicho…

La falta de distancia.

Él seguía apoyando una mano sobre el escritorio, junto a mi cintura.

Yo seguía inmóvil, sosteniendo la carpeta de documentos contra el pecho.

Charlotte inclinó apenas la cabeza.

—¿Interrumpo algo?

Adrian ni siquiera dio un paso atrás.

—No.

Su respuesta fue tan tranquila que resultó todavía más incómoda.

Yo reaccioné primero.

Retrocedí inmediatamente.

—Perdón, señor Gray. Dejaré los documentos y…

—Quédate.

Su voz volvió a detenerme.

Respiré hondo.

Las manos empezaban a sudarme.

Charlotte me observó de arriba abajo.

Después sonrió con educación.

—Tú debes ser Elena.

Asentí.

—Sí, señora Bennett.

Ella extendió la mano.

—Charlotte, por favor.

La estreché apenas unos segundos.

Su mirada era amable.

Pero también curiosa.

Como si estuviera intentando resolver un rompecabezas.

Adrian tomó finalmente la carpeta que yo llevaba.

La abrió.

Revisó las primeras páginas.

—El presupuesto está correcto.

Cerró el expediente.

—Gracias.

Pensé que por fin podría salir.

Pero entonces Charlotte habló otra vez.

—Adrian.

¿No vas a presentarnos correctamente?

Él levantó la vista.

—Charlotte Bennett.

Presidenta ejecutiva de Bennett Holdings.

Después me señaló.

—Elena Parker.

Mi asistente ejecutiva.

Charlotte sonrió.

—Solo eso.

Hubo un silencio extraño.

Ella parecía esperar algo más.

Adrian no añadió una sola palabra.

Finalmente fui yo quien rompió la tensión.

—Si no necesitan nada más…

—Sí necesito algo.

Respondió Adrian.

Lo miré.

Él abrió un cajón.

Sacó un pequeño paquete envuelto en papel café.

Lo dejó sobre el escritorio.

—¿Recuerdas esto?

Fruncí el ceño.

Negué con la cabeza.

—Lo recogiste hace tres años.

El primer día que empezaste aquí.

Miré el paquete.

Era verdad.

Recordaba haber encontrado una caja pequeña en recepción.

Pensé que pertenecía a la empresa.

La guardé.

Después nunca volvimos a hablar del tema.

Adrian la empujó hacia mí.

—Ábrela.

Charlotte observaba en silencio.

Desaté el cordón.

Dentro había un reloj antiguo.

De bolsillo.

Plateado.

En la tapa aparecían grabadas dos iniciales.

A.G.

—Es suyo.

Dije inmediatamente.

Él negó.

—Era de mi abuelo.

Lo había perdido.

Pensé que nunca volvería a verlo.

Lo sostuve con cuidado.

—¿Y por qué me lo entrega ahora?

Adrian respondió sin apartar la vista de mí.

—Porque hace tres años pude comprobar una cosa.

Esperé.

—Cualquier otra persona lo habría vendido.

O se lo habría quedado.

Tú no.

Simplemente lo guardaste esperando que apareciera el dueño.

Charlotte bajó lentamente la mirada.

Parecía comprender hacia dónde iba aquella conversación.

Adrian continuó.

—Ese mismo día decidí que no necesitaba cuatro asistentes.

Solo necesitaba a alguien en quien pudiera confiar.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante tres años creí que había sido una decisión basada únicamente en resultados.

Nunca imaginé que todo empezó por un reloj olvidado.

Charlotte sonrió con suavidad.

—Así que era por eso.

Adrian asintió.

—Entre otras cosas.

Ella soltó una pequeña risa.

—En la oficina dicen que Elena se parece a mí.

Me puse tensa.

Era exactamente el rumor que había escuchado esa mañana.

Adrian respondió sin dudar.

—No.

Las dos son completamente diferentes.

Charlotte permaneció callada unos segundos.

Luego me miró directamente.

—Creo que ya entiendo por qué regresaste antes de terminar tus vacaciones.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

Ella volvió la vista hacia Adrian.

—Fuiste tú quien la llamó, ¿verdad?

Él no respondió.

Charlotte negó lentamente con una sonrisa resignada.

—Sigues siendo igual de torpe para expresar lo que sientes.

Yo sentía que ya no entendía absolutamente nada.

Miré a Adrian.

—Señor Gray…

¿Podría alguien explicarme qué está pasando?

Antes de que cualquiera de los dos respondiera, el director de Recursos Humanos apareció corriendo por el pasillo.

Golpeó la puerta con urgencia.

—¡Señor Gray!

Entró sin esperar permiso.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Acaba de llegar un equipo de auditores externos.

Adrian frunció el ceño.

—¿Quién los envió?

El hombre tragó saliva.

Bennett Holdings. Vienen a revisar todos los contratos firmados durante los últimos tres años… incluido el expediente de contratación de Elena Parker.

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