La habitación quedó completamente en silencio.
Mi hermano seguía abrazado a mí mientras la madrastra sonreía con una tranquilidad que daba miedo.
Sus ojos reflejaban la seguridad de quien creía haber ganado para siempre.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté con la voz quebrada.
Ella dio otro paso hacia nosotros.
—Vuestra madre jamás volverá.
Sentí que el corazón dejaba de latir durante un instante.
Mi hermano comenzó a llorar desconsoladamente.
—¡Estás mintiendo!
La mujer soltó una carcajada.
—¿De verdad siguen esperándola?
Tomó una fotografía del aparador y la dejó caer frente a nosotros.
Era la única fotografía familiar que todavía quedaba en la casa.
La levantó con el pie y rompió el cristal sin el menor remordimiento.
—Olvidadla de una vez.
Ya no pertenece a esta familia.
No pude soportarlo más.
Corrí hacia la fotografía y la recogí entre los pedazos de vidrio.
Una pequeña hoja doblada cayó desde la parte trasera del marco.
Fruncí el ceño.
Nunca había visto aquel papel.
La madrastra cambió de expresión al instante.
—¡Dámelo!
Intentó arrebatármelo, pero retrocedí rápidamente.
Abrí el papel con las manos temblorosas.
Era una carta escrita con la letra de mi madre.
“Si algún día encuentras esta carta, significa que ya no estoy en casa y que no pude protegeros como prometí.”
Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista.
Mi hermano se acercó para leer conmigo.
“No me fui por voluntad propia. Alguien dentro de esta casa lleva meses intentando quedarse con todo lo que vuestro padre construyó.”
Levanté lentamente la mirada.
La madrastra había perdido completamente el color del rostro.
“No confiéis en quien diga que desaparecí porque abandoné a la familia.”
“La verdad está escondida en el viejo molino junto al lago.”
Antes de poder seguir leyendo, la mujer se lanzó sobre nosotros.
—¡Entrégame esa carta!
La aparté de un empujón.
Por primera vez dejó de parecer una mujer segura.
Ahora parecía alguien desesperado por ocultar un secreto.
Los gritos llamaron la atención de varios sirvientes.
Uno de ellos, el mayordomo Esteban, entró apresuradamente.
Al ver la carta en mis manos, quedó completamente inmóvil.
—¿Dónde… dónde encontraron eso?
—Detrás de la fotografía de mi madre.
El anciano cerró lentamente los ojos.
—La señora me pidió que protegiera ese mensaje si algún día desaparecía.
La madrastra lo señaló con furia.
—¡Cállese!
Pero Esteban dio un paso al frente.
Después de un largo silencio habló con voz firme.
—Ya no pienso seguir mintiendo.
Toda la mansión quedó en silencio.
—Hace un mes escuché una discusión entre la señora y la madrastra.
La señora quería denunciar varios documentos falsificados relacionados con la herencia.
Aquella misma noche desapareció.
Mi hermano apretó con fuerza mi mano.
—¿Entonces mamá nunca nos abandonó?
El anciano negó lentamente.
—Jamás habría dejado solos a sus hijos.
La madrastra comenzó a retroceder.
Su respiración era cada vez más agitada.
—No tienen ninguna prueba.
En ese momento sonó el teléfono del salón.
Nadie se movió.
El aparato siguió sonando una y otra vez.

Finalmente respondí.
Al otro lado de la línea habló una voz femenina muy débil.
—¿Daniel…?
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
Era la voz de mi madre.
—Mamá…
Se hizo un breve silencio.
Luego escuché unas palabras entrecortadas.
—No estoy lejos…
Buscad… el molino…
Y no confiéis… en vuestro padre…
La llamada se cortó de repente.
Todos permanecimos inmóviles.
Mi hermano rompió a llorar.
El mayordomo palideció.
Pero quien parecía más aterrorizada era la madrastra.
Porque aquella última frase acababa de cambiar por completo todo lo que creíamos saber.
Si nuestra madre seguía viva…
Entonces el verdadero enemigo de la familia quizá nunca había sido únicamente la madrastra.