La corona golpeó el suelo de mármol con un sonido seco.
El rey cayó de rodillas frente al trono, llevándose una mano al pecho. Su respiración se volvió débil mientras los ministros retrocedían aterrados.
—¡Protejan a Su Majestad! —gritó el comandante de la guardia.
Las espadas salieron de sus fundas al mismo tiempo.
La joven no intentó escapar.
Permaneció frente a las grandes puertas, observando al monarca con una calma inquietante.
—Arresten a esa mujer —ordenó el primer ministro—. Ha envenenado al emperador.
Cuatro guardias avanzaron hacia ella.
—Si me tocan, su rey morirá antes del amanecer —advirtió.
Los soldados se detuvieron.
El rey levantó la cabeza con dificultad.
—¿Qué… me diste?
Ella regresó lentamente hasta el centro del salón.
—No es un veneno mortal.
Los ministros comenzaron a murmurar.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó el soberano.
—Una medicina que imita los síntomas de una intoxicación.
El primer ministro perdió el color del rostro.
La joven lo notó.
—¿Por qué harías algo así? —exigió el rey.
Ella se inclinó y recogió la corona.
—Porque necesitaba saber quién celebraría tu caída antes de que tu cuerpo tocara el suelo.
El monarca miró alrededor.
Nadie se atrevía a sostenerle la mirada.
Sin embargo, el primer ministro había sonreído durante un instante.
Un gesto pequeño.
Suficiente para condenarlo.
—Registren sus aposentos —ordenó la joven señalándolo.
—¡No tienes autoridad para dar órdenes! —protestó el hombre.
Ella colocó la corona sobre el brazo del trono.
—El rey me llamó esposa delante de toda la corte. Según las leyes imperiales, ahora soy reina.
El primer ministro miró al soberano.
—Majestad, no puede permitir esta insolencia.
El rey intentó ponerse de pie, pero sus piernas todavía no respondían.
—Obedezcan a la reina —ordenó con voz débil.
La guardia rodeó al ministro.
—¡Esto es una conspiración! —gritó él—. Esa mujer pertenece al reino enemigo.
La acusación hizo que todos volvieran la mirada hacia ella.
El rey frunció el ceño.
—¿Es cierto?
La joven guardó silencio unos segundos.
—Mi nombre no es Lian.
Se retiró lentamente el velo ceremonial.
—Soy la princesa Mei, hija del rey de las montañas del norte.
La corte quedó paralizada.
Aquel reino había sido destruido cinco años atrás por el ejército imperial.
El padre de Mei murió durante la invasión. Sus hermanos fueron encarcelados y miles de familias perdieron sus hogares.
—Entraste en mi palacio con una identidad falsa —dijo el monarca.
—Porque tu ejército asesinó a mi familia.
La culpa atravesó por un instante el rostro del rey.
—Yo no ordené aquella masacre.
Mei soltó una sonrisa amarga.
—Tu sello estaba en los documentos.
—El primer ministro controlaba las campañas mientras yo luchaba en la frontera oriental.
El hombre intentó liberarse de los guardias.
—¡Está mintiendo para salvarse!
En ese instante, un soldado entró corriendo con una caja de madera.
—Majestad, encontramos esto dentro de una pared falsa en los aposentos del ministro.
La caja contenía cartas selladas, mapas militares y órdenes de ejecución.
Mei tomó uno de los documentos.
La firma del rey aparecía al final.
Pero el trazo era imperfecto.
—Falsificó tu sello —murmuró ella.
El soberano miró al primer ministro con incredulidad.
—¿Ordenaste la destrucción del reino del norte en mi nombre?
—Era necesario para expandir el imperio.
—Asesinaste inocentes.
—Construí tu poder.
El rey consiguió ponerse de pie apoyándose en el trono.
—Construiste tu propio poder utilizando mi corona.
El ministro soltó una carcajada.
—¿De verdad crees que tú gobiernas este imperio?
Los soldados apretaron sus lanzas.
—Los generales me obedecen. Los gobernadores reciben mi oro. Incluso tus médicos trabajan para mí.
El rey miró a Mei.
—¿Mis médicos?
Ella sacó un pequeño frasco de su manga.
—Cuando examiné las medicinas que tomabas cada noche, descubrí pequeñas dosis de una sustancia debilitante.
El monarca palideció.
Durante meses había sufrido mareos, pérdida de memoria y dolores constantes.
Todos creían que estaba enfermo.
—Él te estaba debilitando lentamente —continuó Mei—. Esperaba que murieras sin dejar heredero para controlar el consejo imperial.
El primer ministro dejó de fingir inocencia.
—Tu padre era un rey débil. Tú eres igual.
Mei avanzó hacia él con los ojos llenos de furia.
—¿También ordenaste la muerte de mi padre?
El hombre sonrió.
—Tu padre descubrió nuestros acuerdos con los generales. Tu reino debía desaparecer.
Mei apretó el frasco con fuerza.
Había entrado en el palacio convencida de que el rey era responsable de todas sus desgracias.
Ahora descubría que su verdadero enemigo llevaba años gobernando desde las sombras.
—Llévenselo —ordenó el soberano.
Los guardias arrastraron al ministro hacia la salida.
Antes de cruzar las puertas, el hombre se volvió.
—Detenerme no salvará el imperio. Mis aliados ya están marchando hacia la capital.
Un cuerno de guerra sonó fuera del palacio.
Después otro.
Y otro más.
Los soldados corrieron hacia las ventanas.
Miles de antorchas avanzaban desde las montañas.
—El ejército occidental —informó el comandante—. Han rodeado la ciudad.
El rey intentó caminar, pero volvió a perder el equilibrio.
Mei lo sostuvo antes de que cayera.
—La medicina dejará de afectarte en unas horas —explicó—. Pero para entonces el palacio podría estar tomado.
—¿Por qué debería confiar en ti?
—No deberías.
Ella colocó la corona nuevamente sobre su cabeza.
—Pero ahora tenemos el mismo enemigo.
El rey la miró con desconfianza.
—Viniste para matarme.
—Vine para destruir tu imperio.
—¿Y ahora?
Mei observó las llamas que se acercaban a la ciudad.
—Ahora quiero descubrir si este reino merece ser salvado.
El comandante informó que varios gobernadores habían abierto las puertas occidentales y que parte de la guardia imperial se había unido a los rebeldes.

El caos se extendió por el palacio.
Mei tomó un mapa de la mesa.
—Existe un túnel debajo del salón ancestral. Conduce hasta el río.
El rey la miró sorprendido.
—¿Cómo conoces ese túnel?
—Mi madre nació en este palacio.
El soberano se quedó inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
Mei sacó un medallón de plata oculto bajo su vestido.
En él estaba grabado el símbolo de la antigua familia imperial.
—Mi madre era la hermana mayor de tu padre.
El silencio volvió a dominar el salón.
Según las leyes antiguas, Mei no era solamente una princesa extranjera.
También poseía sangre imperial.
Y quizá un derecho al trono superior al del propio rey.
—¿Entraste aquí para casarte conmigo o para reclamar mi corona? —preguntó él.
Mei lo miró directamente.
—Entré para obtener justicia.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque todavía no he decidido la respuesta.
Una explosión sacudió las puertas exteriores.
Los rebeldes habían alcanzado el primer patio.
Mei tomó una espada caída y se la entregó al rey.
—Puedes quedarte aquí esperando que tu ejército te salve.
Después tomó otra para ella.
—O puedes venir conmigo y demostrar que eres algo más que un hombre sentado sobre un trono.
El soberano apretó la empuñadura.
—¿Y si después intentas quitarme la corona?
Mei abrió las puertas del pasadizo secreto.
—Entonces tendrás que demostrar que realmente la mereces.
Ambos descendieron hacia la oscuridad mientras el palacio comenzaba a caer.
Horas después, aparecieron en el campamento de la guardia leal, junto al río.
El rey habló frente a los soldados y confesó públicamente que las campañas del norte habían sido organizadas mediante órdenes falsas.
También prometió liberar a los prisioneros y devolver sus tierras.
Muchos guerreros se arrodillaron.
Otros miraron a Mei.
Ella levantó el medallón de su madre.
—No lucharemos para proteger los privilegios de una familia —declaró—. Lucharemos para impedir que un traidor convierta este imperio en su propiedad.
Aquella noche, los soldados del norte y la guardia imperial combatieron juntos.
Al amanecer, los rebeldes fueron derrotados y el primer ministro capturado mientras intentaba escapar de la ciudad.
El rey recuperó el palacio.
Sin embargo, no regresó inmediatamente al trono.
Ante toda la corte, se quitó la corona y la colocó entre él y Mei.
—Este imperio fue construido sobre demasiadas mentiras —declaró—. Ya no gobernaré como un rey absoluto.
Los ministros se miraron aterrados.
—A partir de hoy, las provincias tendrán voz en el consejo. Los generales responderán ante la ley y las tierras robadas serán devueltas.
Mei lo observó en silencio.
—¿Crees que eso borrará el pasado?
—No.
—Entonces, ¿por qué hacerlo?
—Porque quizá pueda cambiar el futuro.
El rey se acercó a ella.
—No volveré a exigirte que seas mi esposa.
Mei arqueó una ceja.
—¿Tienes miedo de que vuelva a envenenarte?
—Tengo miedo de que vuelvas a llamarme “buen chico” delante de mis ministros.
Por primera vez, una sonrisa sincera apareció en el rostro de la joven.
Pero duró muy poco.
Un mensajero entró corriendo y cayó de rodillas.
—Majestades, encontramos al primer ministro muerto en su celda.
El rey frunció el ceño.
—¿Cómo murió?
—Alguien entró usando el sello privado de la reina.
Todos miraron a Mei.
El mensajero entregó una carta encontrada junto al cuerpo.
En ella había una sola frase:
“La heredera del norte ya está sentada junto al trono. La segunda parte del plan puede comenzar.”
Mei levantó la mirada.
Alguien conocía su verdadera identidad desde antes de que llegara al palacio.
Y aquel enemigo todavía estaba dentro de la corte.