PARTE 2: EL REGRESO DE LOS SALAZAR SACUDIÓ LA GALA Y LA PRIMERA ORDEN DE MI PADRE HIZO TEMBLAR EL IMPERIO QUE MI ESPOSO CREÍA INDESTRUCTIBLE

Permanecí inmóvil con el teléfono entre las manos.

Hacía tres años que no escuchaba la voz de mi padre.

Tres años desde que abandoné la mansión familiar para demostrar que podía construir una vida sin el apellido Salazar.

Nunca imaginé que volvería a llamarlo aquella noche.

Apenas veinte minutos después, el sonido de varios vehículos rompió el silencio de la calle.

No era un automóvil.

Era una caravana.

Tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa.

Doña Lupita miró por la ventana y abrió mucho los ojos.

—Señora… ¿quiénes son?

La puerta principal se abrió antes de que pudiera responder.

Mi padre entró acompañado únicamente por su viejo jefe de seguridad y por Ricardo Ibáñez, el abogado que llevaba más de treinta años trabajando para nuestra familia.

Cuando me vio, dejó de caminar.

Su mirada recorrió lentamente mi vestido desgastado.

Mis zapatos gastados.

Mis manos vacías.

Y finalmente mi rostro.

—¿Así has vivido todo este tiempo?

No pude responder.

Él dio dos pasos y me abrazó con una fuerza que me hizo volver a sentirme una niña.

—Perdóname.

Las lágrimas aparecieron por primera vez.

—Fui yo quien decidió irme.

—Pero fui yo quien permitió que mi orgullo respetara demasiado tu decisión.

Nos separamos lentamente.

Mi padre observó alrededor de la casa.

Los muebles costosos.

Las obras de arte.

Las lámparas importadas.

Después volvió a mirarme.

—Todo esto parece lujo.

Hizo una pausa.

—Pero nunca había visto una casa tan pobre.

Doña Lupita bajó la cabeza.

Ella había sido testigo de demasiadas humillaciones.

Mi padre se acercó a ella.

—¿Cómo la trataron?

La mujer dudó.

Me miró buscando permiso.

Asentí lentamente.

Entonces comenzó a hablar.

Contó cada cena en la que Alejandro me dejaba sola.

Cada viaje de negocios donde aparecía acompañado por Camila.

Cada cumpleaños olvidado.

Cada comentario cruel sobre mi ropa.

Cada vez que me pidió no asistir a reuniones porque “no daba la imagen adecuada”.

Cuando terminó, el silencio pesaba como una piedra.

Mi padre respiró profundamente.

Nunca lo había visto tan sereno.

Y precisamente por eso comprendí que estaba furioso.

—Ricardo.

El abogado dio un paso adelante.

—Sí, señor.

—Empieza.

Sin hacer preguntas, abrió una carpeta.

Dentro había varios documentos.

—Hace tres años, cuando la señorita Mariana renunció voluntariamente a cualquier apoyo económico, usted ordenó mantener intactas todas las inversiones que seguían a su nombre.

Mi padre asintió.

—¿Cuál es su valor actual?

—Un poco más de cuatrocientos ochenta millones de dólares.

Doña Lupita dejó escapar un pequeño jadeo.

Yo también me quedé inmóvil.

Nunca había querido saber cuánto dinero seguía siendo mío.

Mi padre continuó.

—¿Grupo Cúspide sigue dependiendo del crédito sindicado?

Ricardo hojeó otra carpeta.

—Sí.

Y el banco líder sigue siendo Banco Horizonte.

Mi padre sonrió apenas.

—Perfecto.

Saqué aire lentamente.

—Papá… ¿qué estás pensando hacer?

Él me miró con tranquilidad.

—Lo mismo que ellos hicieron contigo.

Fruncí el ceño.

—¿Humillarlos?

Negó con la cabeza.

—No.

Mostrarles que las decisiones tienen consecuencias.


Mientras tanto, en el hotel de Santa Fe, la gala alcanzaba su punto más importante.

Alejandro levantó su copa frente a empresarios, políticos e inversionistas.

—Gracias por acompañarnos en un nuevo aniversario de Grupo Cúspide…

Los aplausos llenaron el salón.

Camila sonreía orgullosa a su lado.

Creía haber ganado.

Entonces uno de los asistentes se acercó apresuradamente al director financiero.

Le entregó un teléfono.

El hombre escuchó durante unos segundos.

Su rostro cambió por completo.

Se acercó inmediatamente a Alejandro.

—Necesitamos hablar.

—Ahora no.

—Es urgente.

Alejandro sonrió incómodo ante los invitados y se apartó unos metros.

—¿Qué ocurre?

—Banco Horizonte acaba de congelar temporalmente la renovación de nuestra línea principal de crédito.

Alejandro dejó de respirar.

—¿Qué?

—Dicen que el comité de riesgos convocó una reunión extraordinaria.

—Eso es imposible. La aprobación estaba cerrada desde hace semanas.

El director financiero tragó saliva.

—Algo cambió hace menos de una hora.

Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, recibió otra llamada.

Era el vicepresidente del banco.

Contestó de inmediato.

—¿Qué demonios está pasando?

Del otro lado respondió una voz extremadamente formal.

—Lo siento, ingeniero Montes. Hemos recibido instrucciones directas del nuevo presidente del consejo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Desde cuándo cambiaron de presidente?

—Hace exactamente cuarenta minutos.

La llamada terminó.

Camila observaba la escena sin comprender.

—¿Es grave?

Alejandro intentó mantener la calma.

—Solo es un retraso administrativo.

Pero ni él mismo creyó sus palabras.


En ese mismo instante, mi padre permanecía sentado en la sala de aquella casa donde yo había soportado tres años de desprecios.

Su teléfono sonó.

Contestó con tranquilidad.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

—Excelente trabajo.

Colgó.

Lo miré.

—¿Qué ocurrió?

Mi padre tomó lentamente una taza de café que Doña Lupita acababa de servir.

—El consejo de Banco Horizonte acaba de cambiar de presidente.

Sentí un vuelco en el pecho.

—¿Y eso qué significa?

Ricardo respondió antes que él.

—Que el nuevo presidente pertenece al grupo financiero Salazar.

Mi padre apoyó la taza sobre la mesa.

—Y nadie en Grupo Cúspide sabía que el mayor accionista del banco seguía siendo nuestra familia.

Me quedé en silencio.

Tres años lejos de casa bastaron para ignorar cuánto había cambiado todo.

Entonces volvió a sonar un teléfono.

Esta vez era el mío.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Sí?

Escuché la respiración agitada de Alejandro.

Tardó varios segundos en hablar.

Cuando finalmente lo hizo, su voz ya no tenía la arrogancia con la que salió de casa unas horas antes.

—Mariana… necesito saber una sola cosa.

Miré a mi padre.

Él permanecía completamente sereno.

—¿Qué quieres saber?

Hubo un largo silencio.

Después formuló la pregunta que jamás imaginó tener que hacerle a la mujer que había dejado encerrada en casa con un vestido viejo.

¿Quién es realmente Ernesto Salazar… y por qué todos en esta gala parecen tenerle miedo?

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