PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE ELENA QUISO ROBAR ESCONDÍA SU PROPIA CONDENA.

El anciano abrió los ojos con dificultad.

—No rompiste el verdadero testamento —murmuró.

Elena se quedó completamente inmóvil.

Carlos dejó caer los pedazos de papel al suelo.

—Era una copia —explicó—. Quería comprobar hasta dónde llegaba tu ambición.

Felipe miró a su hermano, sorprendido.

—¿Entonces el documento original sigue a salvo?

Carlos asintió.

Elena intentó recuperar la compostura.

—No pueden excluirme. Soy la esposa de Carlos y tengo derechos.

El anciano volvió la cabeza hacia ella.

—Los derechos no se consiguen abandonando a un enfermo.

Su voz era débil, pero cada palabra golpeaba con fuerza.

Carlos sacó otro sobre del interior de su abrigo.

—Padre cambió el testamento después de descubrir lo que hiciste.

Elena palideció.

—Yo no hice nada.

—Vendiste las joyas de mamá —respondió Felipe—. También retiraste dinero de su cuenta médica.

Elena retrocedió.

Durante meses había creído que nadie había notado las pequeñas transferencias.

—Ese dinero me pertenecía —dijo—. He soportado a esta familia durante años.

Carlos la miró con una tristeza profunda.

—No soportaste a nadie. Solo esperaste a que mi padre muriera.

El monitor cardíaco comenzó a sonar con más rapidez.

Una enfermera entró para revisar al anciano, pero él levantó la mano.

—Quiero terminar esto ahora.

Carlos abrió el sobre.

El nuevo testamento dejaba la casa y la empresa a Felipe, quien había cuidado a su padre cada día.

Una parte del patrimonio se destinaba a pagar tratamientos para ancianos sin recursos.

Elena no recibiría nada.

—Esto es una injusticia —gritó ella.

—Todavía falta lo más importante —respondió Carlos.

Sacó varias fotografías.

En ellas aparecía Elena reuniéndose con un hombre desconocido frente a una notaría.

Felipe reconoció inmediatamente el sello de los documentos.

—Intentó falsificar el testamento.

Elena miró hacia la puerta, buscando una salida.

Pero dos agentes de policía aparecieron en el pasillo.

Carlos había presentado la denuncia esa misma mañana.

—Todo esto es culpa de tu familia —dijo Elena desesperada—. Me obligaron a proteger mi futuro.

—No —respondió Carlos—. Tú elegiste el dinero cada vez que pudiste elegirnos a nosotros.

Los agentes se acercaron.

Antes de que la sacaran, Elena miró al anciano con odio.

—Sin mí, ninguno de ustedes conoce toda la verdad.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Qué verdad? —preguntó Felipe.

Elena sonrió con amargura.

—Carlos no es hijo de este hombre.

El monitor lanzó una alarma violenta.

Carlos sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El anciano cerró los ojos, como si llevara años temiendo aquel momento.

—Es verdad —confesó finalmente—. Pero Carlos siempre fue mi hijo.

Elena soltó una carcajada.

—Entonces la empresa tampoco puede pertenecerle legalmente.

Carlos se acercó hasta quedar frente a ella.

—Nunca quise la empresa. Quería una familia verdadera.

Los agentes se la llevaron mientras ella seguía gritando amenazas.

Cuando la puerta se cerró, Carlos tomó la mano de su padre.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

El anciano lloró en silencio.

—Porque temía que dejaras de llamarme papá.

Carlos apretó su mano.

—La sangre no borra treinta años de amor.

Felipe se acercó a ellos.

Por primera vez en mucho tiempo, los tres comprendieron que una familia no se construía con apellidos ni herencias.

Sin embargo, al recoger los documentos falsificados, Felipe descubrió una última hoja.

Elena no había actuado sola.

En la parte inferior aparecía una firma conocida.

Era la de la propia madre de Carlos.

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