PARTE 2: LA MUJER QUE HUMILLABA A TODOS TERMINÓ SUPLICANDO ANTE LA NUERA QUE QUISO DESTRUIR.

Doña Elena abandonó el salón de té con el rostro desencajado.

Por primera vez, nadie corrió detrás de ella.

Las mujeres que antes celebraban sus comentarios venenosos permanecieron en silencio, observando cómo la mujer más orgullosa del pueblo salía derrotada.

Lucía regresó a casa convencida de que el conflicto había terminado.

Pero aquella misma noche, alguien golpeó su puerta con desesperación.

Era Marta, su nuera.

Tenía el cabello desordenado, los ojos hinchados y una carpeta apretada contra el pecho.

—Tenemos que hablar —dijo con la voz rota.

Lucía la hizo pasar de inmediato.

—¿Qué ocurrió?

Marta dejó varios documentos sobre la mesa.

Eran facturas, contratos y movimientos bancarios.

—Doña Elena fue a mi trabajo esta tarde —explicó—. Le dijo a mi jefe que yo robaba dinero de la empresa.

Lucía sintió que la sangre le hervía.

—Esa mujer no sabe detenerse.

—No lo hizo solo por venganza —respondió Marta—. Creo que tiene miedo de que descubramos algo.

Entre los documentos había una transferencia realizada desde la cuenta de la empresa de Marta hacia una sociedad desconocida.

El destinatario era el marido de Doña Elena.

Lucía revisó la fecha.

La transferencia se había hecho tres meses antes, durante una noche en la que el hombre aseguraba haber ganado una gran cantidad jugando mahjong.

—Este dinero no fue apostado —dijo Lucía—. Fue robado.

Marta asintió lentamente.

—Y alguien utilizó mi contraseña para autorizarlo.

En ese instante, el hijo de Lucía entró en la sala.

Al escuchar la conversación, se quedó inmóvil.

—Mi madre tenía acceso a tu computadora —confesó—. Una vez le pidió usarla para imprimir unos papeles.

Marta lo miró, herida.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Él bajó la cabeza.

—Porque pensé que no era importante.

Lucía comprendió entonces que Doña Elena no criticaba a Marta por levantarse tarde.

La atacaba para destruir su credibilidad antes de que alguien descubriera el fraude.

A la mañana siguiente, los tres fueron al banco.

El director confirmó sus sospechas.

La transferencia había sido autorizada desde la computadora de Marta, pero las cámaras mostraban a otra persona entrando en su oficina aquella noche.

Era Doña Elena.

Lucía pidió una copia de las grabaciones.

No pensaba negociar.

Sin embargo, antes de acudir a la policía, recibieron una llamada inesperada.

El marido de Doña Elena había sido encontrado inconsciente en una sala clandestina de juego.

Debía una suma imposible de pagar.

Cuando llegaron al hospital, Doña Elena estaba sentada sola en el pasillo.

Ya no parecía arrogante.

Parecía una anciana aterrorizada.

—Ayúdame —suplicó al ver a Lucía—. Si no pago hoy, perderemos la casa.

Lucía dejó la carpeta frente a ella.

—¿También quieres que Marta pague por eso?

Doña Elena palideció.

—Yo no quería hacerle daño.

—Intentaste destruir su trabajo.

—Necesitaba que todos pensaran que era irresponsable —confesó—. Si descubrían el dinero perdido, nadie creería en su palabra.

Marta apretó los puños.

—Me humillaste durante meses para ocultar tu delito.

Doña Elena comenzó a llorar.

—Mi marido me obligó. Dijo que si no conseguía dinero, nos abandonaría.

Lucía la miró con decepción.

—No lo hiciste por amor. Lo hiciste porque preferías sacrificar a otra mujer antes que aceptar que tu matrimonio estaba destruido.

En ese momento, un médico salió de la habitación.

—El paciente está consciente, pero quiere hablar únicamente con la señora Marta.

Todos se quedaron sorprendidos.

Marta entró sola.

El hombre estaba débil, conectado a varias máquinas.

—Necesito confesarte algo —murmuró.

Sacó una pequeña llave escondida debajo de la almohada.

—El dinero no desapareció por completo. Está guardado en una caja de seguridad.

Marta tomó la llave.

—¿Por qué me la entrega a mí?

El hombre cerró los ojos.

—Porque Elena no intentaba salvarme.

Marta se quedó inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

—Ella planeaba quedarse con el dinero y culparte de todo. Yo solo descubrí su plan demasiado tarde.

La puerta se abrió de golpe.

Doña Elena había escuchado cada palabra desde el pasillo.

Su rostro ya no mostraba miedo.

Mostraba rabia.

—¡No le creas! —gritó.

Pero Marta levantó la llave frente a ella.

—Mañana abriremos esa caja delante de la policía.

Doña Elena retrocedió lentamente.

Por primera vez, comprendió que ya no podía controlar la historia.

Y que la nuera a la que llamó floja tenía en sus manos la prueba capaz de enviarla a prisión.

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