PARTE 2: LA ÚLTIMA HUMILLACIÓN.

Mi madre permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego soltó una risa amarga.

—¿Irte por ella? Esta casa también te pertenece.

—Una casa donde mi esposa llora todos los días no es un hogar —respondí.

Mi esposa bajó la mirada.

—No quiero separarte de tu madre —susurró—. Puedo soportarlo un poco más.

Aquellas palabras me destrozaron.

Ella no debía soportar nada.

Durante meses había trabajado jornadas interminables, pagado gastos de la casa y cuidado de todos sin recibir siquiera un agradecimiento. Mientras tanto, mi madre criticaba su comida, su ropa y hasta la manera en que respiraba.

—Sube y prepara nuestras cosas —le pedí con suavidad.

Mi madre golpeó la mesa.

—¡Nadie se mueve de aquí!

Después caminó hacia mi esposa y le arrebató una de las bolsas.

Las frutas cayeron al suelo.

—Todo lo que entra en esta casa me pertenece —gritó—. Incluso el dinero de tu sueldo.

Mi esposa palideció.

Yo miré los recibos que habían caído junto a las compras. Entonces descubrí algo extraño.

Entre ellos había una transferencia bancaria realizada desde la cuenta de mi esposa hacia una cuenta desconocida.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Ella me miró confundida.

—Yo no hice esa transferencia.

Mi madre intentó recoger el papel, pero fui más rápido.

La cantidad era enorme.

Era casi todo el dinero que mi esposa había ahorrado durante dos años.

—Mamá… ¿tomaste su dinero?

—Era necesario para mantener esta familia —contestó sin mostrar arrepentimiento.

—Pero tú me dijiste que el banco había bloqueado mi cuenta —dijo mi esposa, temblando.

Entonces entendí la verdad.

Mi madre había utilizado sus documentos personales para acceder a sus ahorros.

No solo la trataba como una sirvienta.

También le estaba robando.

—Devuélvele cada centavo —ordené.

—Ese dinero ya no existe.

El silencio fue devastador.

—¿Qué hiciste con él?

Mi madre desvió la mirada.

Antes de que pudiera responder, alguien llamó con fuerza a la puerta.

Era mi hermana menor, acompañada por un hombre vestido con traje oscuro.

—Mamá, tenemos un problema —dijo ella, pálida—. El comprador descubrió que la firma de la casa es falsa.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué comprador?

El hombre abrió una carpeta.

—Esta propiedad fue vendida hace tres semanas. La señora afirmó ser la única propietaria.

Miré a mi madre con incredulidad.

Ella había robado los ahorros de mi esposa y además había vendido nuestra casa a escondidas.

—¿Por qué hiciste esto? —pregunté.

Por primera vez, su arrogancia desapareció.

—Porque debía dinero.

—¿A quién?

Mi hermana comenzó a llorar.

—A mi esposo. Mamá usó el dinero para pagar sus apuestas.

Mi esposa se cubrió la boca, horrorizada.

Todo aquel desprecio, todas las exigencias y las humillaciones escondían una verdad miserable: mi madre había convertido a mi esposa en su víctima para salvar a la persona que realmente protegía.

Saqué el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Mi madre se lanzó hacia mí.

—¡Soy tu madre!

La miré sin apartarme.

—Y ella es mi esposa. La mujer a la que prometí proteger.

Tomé la mano de mi esposa y caminamos hacia la puerta.

Esta vez, mi madre no pudo detenernos.

Sin embargo, cuando estábamos a punto de salir, el hombre del traje pronunció unas palabras que cambiaron todo.

—Señor, todavía hay algo que debe saber.

Abrió la carpeta y señaló la última página.

—Su esposa figura como responsable de todas las deudas.

Ella se quedó paralizada.

Alguien había falsificado también su firma.

Y la persona que había firmado como testigo era mi propia hermana.

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