PARTE 2: CORRÍ HACIA LA ÚNICA SALIDA

Apreté el maletín contra mi pecho y eché a correr.

Los gritos comenzaron detrás de mí.

—¡Deténganla!

El pasillo del hospital estalló en caos.

Familiares de pacientes se apartaban mientras las ruedas de las camillas chocaban contra las paredes. Las enfermeras intentaban entender qué estaba ocurriendo.

Yo solo tenía una idea.

Llegar a la caja del hospital.

Si Manuel entraba al quirófano, todavía tendría una oportunidad.

El hombre armado aceleró el paso.

No levantó el arma.

No hacía falta.

Su sola presencia bastaba para sembrar el terror.

El guardia de seguridad que me había advertido reaccionó de inmediato.

Se interpuso entre nosotros.

—¡Señora, siga corriendo!

Los dos hombres se enfrentaron durante apenas unos segundos.

Fue suficiente.

Aproveché para doblar el pasillo y llegar a la recepción de urgencias.

Golpeé el maletín sobre el mostrador.

—¡Es para la cirugía del señor Manuel Ortega!

La cajera abrió los ojos al ver semejante cantidad de dinero.

—Señora… necesitamos verificar…

—¡No hay tiempo!

En ese instante apareció el cirujano.

Traía aún el uniforme verde y las manos preparadas para entrar al quirófano.

—Si el depósito está listo, comenzamos ahora mismo.

Asentí desesperadamente.

—Aquí está todo.

La empleada abrió el maletín.

Los fajos de billetes quedaron a la vista.

Toda la recepción quedó en silencio.

Nunca habían visto tanto efectivo junto.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La mujer dejó de contar.

Frunció el ceño.

Sacó uno de los paquetes.

Luego otro.

Su expresión cambió por completo.

—Doctor…

El cirujano se acercó.

—¿Qué sucede?

Ella levantó lentamente uno de los fajos.

—Estos billetes tienen marcas de evidencia.

Mi corazón dejó de latir por un instante.

—¿Qué significa eso?

La cajera respiró hondo.

—Pertenecen a una investigación federal.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—No…

Ella revisó otro paquete.

Encontró exactamente la misma marca.

—Todo este dinero está registrado.

El cirujano cerró los ojos con frustración.

—Legalmente no podemos aceptarlo hasta que las autoridades lo autoricen.

Las palabras me destrozaron.

—¡Mi esposo se está muriendo!

—Lo sé.

—¡Entonces opere!

El médico bajó la cabeza.

—Si el hospital recibe dinero relacionado con una investigación criminal, podríamos perder la licencia.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

Había vendido mi alma…

Y ni siquiera podía salvar la vida de Manuel.

En ese momento sonó mi teléfono.

Número oculto.

Contesté temblando.

La voz al otro lado sonó tranquila.

Demasiado tranquila.

—Ya descubriste por qué te entregué ese dinero.

Sentí un escalofrío.

—¿Me tendiste una trampa?

El hombre soltó una risa baja.

—No.

Hice una pausa.

—Entonces, ¿por qué?

Su respuesta fue inmediata.

—Porque nunca quise que pagaras la operación.

Miré hacia la puerta del quirófano.

El médico esperaba una solución.

—¿Qué quiere de mí?

El hombre respondió sin cambiar el tono.

—Quiero que entiendas que Manuel nunca fue el objetivo.

Sentí que el aire me abandonaba.

—¿Qué está diciendo?

—Mientras tú corrías con el maletín… mis hombres ya entraron a la habitación donde estaba tu esposo.

La sangre se me heló.

Giré de inmediato hacia el área de terapia intensiva.

Las puertas automáticas acababan de cerrarse.

Y, detrás del cristal, vi cómo dos hombres vestidos con batas médicas empujaban la cama de Manuel por un pasillo que no conducía al quirófano.

Conducía directamente al antiguo helipuerto del hospital.

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