Sofía caminó hacia la oficina con las piernas temblorosas.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Durante dieciocho años había visitado una tumba vacía, había soportado las burlas de quienes llamaban criminal a su padre y había crecido convencida de que jamás volvería a escuchar su voz.
Ahora Esteban aseguraba que se encontraba detrás de aquella puerta.
Alejandro levantó una mano para detenerla.
—No entres.
Sofía lo miró con una mezcla de odio y dolor.
Las marcas de las bofetadas todavía ardían en sus mejillas.
—Ya me quitó demasiadas cosas —respondió—. No volverá a decidir por mí.
Daniel se colocó frente a su padre.
—Abre la puerta.
Alejandro permaneció inmóvil.
—No entiendes lo que ocurrirá si ese hombre habla.
—Lo que no entiendo es cómo pudiste mantener a una persona encerrada durante tantos años.
—Lo protegía.
Sofía soltó una risa amarga.
—¿También lo protegió cuando destruyó su nombre y dejó que su hija creyera que había muerto?
Alejandro cerró los ojos.
Por primera vez, el poderoso presidente parecía un anciano vencido por sus propios secretos.
Esteban se acercó al escritorio y presionó una figura metálica escondida debajo de la superficie.
Se escuchó un mecanismo profundo.
Una sección de la biblioteca comenzó a desplazarse lentamente, revelando un corredor oscuro detrás de los estantes.
Los empleados retrocedieron horrorizados.
Valeria miró a su padre con incredulidad.
—¿Ese pasadizo siempre estuvo aquí?
Alejandro no respondió.
Sofía entró sin esperar a nadie.
El corredor olía a humedad y medicamentos. Una hilera de luces débiles iluminaba unas escaleras que descendían hacia el sótano privado del edificio.
—¡Papá! —gritó ella.
Su voz rebotó entre las paredes.
No obtuvo respuesta.
Daniel tomó su mano.
—No estás sola.
Sofía lo apartó bruscamente.
—Me obligaste a disculparme con el hombre que destruyó a mi familia. No finjas ahora que estás de mi lado.
Daniel bajó la mirada, avergonzado.
Al final de las escaleras encontraron una puerta de acero.
Esteban introdujo un código y la cerradura se abrió.
Dentro había una habitación pequeña, una cama, una mesa y varias cámaras conectadas a monitores antiguos.
Un hombre delgado permanecía sentado junto a la ventana enrejada.
Su cabello era completamente blanco y su rostro estaba marcado por los años de aislamiento.
Sofía dejó caer la carpeta roja.
—Papá…
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocerla.
—Mi niña.
Sofía corrió hacia él y cayó de rodillas.
Lo abrazó con tanta fuerza que el anciano soltó un gemido débil.
—Pensé que estabas muerto —sollozó ella—. Te lloré durante dieciocho años.
—Me obligaron a desaparecer.
El hombre acarició el cabello de su hija con manos temblorosas.
Alejandro apareció en la entrada de la habitación.
El anciano cambió inmediatamente de expresión.
—No te acerques.
—Ricardo, yo cumplí mi promesa —respondió Alejandro.
—Tu promesa era proteger a Sofía, no convertirla en parte de esta familia.
Todos miraron a Daniel.
Sofía se separó lentamente de su padre.
—¿Por qué no querías que me casara con él?
Ricardo observó al joven durante varios segundos.
—Porque los Montes no robaron solamente el dinero de la empresa.
Señaló los monitores instalados en la pared.
—También robaron su identidad.
Alejandro cerró la puerta detrás de él.
—No digas nada más.
Ricardo golpeó la mesa con el puño.
—¡Ya no puedes silenciarme!
El anciano pidió la carpeta roja y extrajo de ella la transferencia realizada dieciocho años atrás.
—Esta cuenta no pertenecía realmente a la madre de Daniel. Fue creada utilizando documentos falsos para ocultar el verdadero destino del dinero.
Valeria frunció el ceño.
—¿Adónde fue?
Ricardo señaló a Alejandro.
—A la compra secreta de las acciones que lo convirtieron en presidente.
El salón quedó paralizado.
Alejandro había construido su imperio con el dinero que fingió recuperar después del supuesto robo.
—Mi padre descubrió la operación —explicó Sofía—. Por eso lo culparon.
—No fue la única razón —dijo Ricardo—. También descubrí que Alejandro Montes nunca fue el heredero legítimo de esta compañía.
Daniel miró a su padre.
—¿Qué significa eso?
Ricardo abrió un cajón y sacó una fotografía antigua.
En ella aparecían dos jóvenes idénticos junto al fundador de la empresa.
Uno era Alejandro.
El otro tenía el mismo rostro, pero una cicatriz sobre la ceja.
—Alejandro tenía un hermano gemelo llamado Gabriel —continuó Ricardo—. El fundador nombró a Gabriel como sucesor porque sabía que Alejandro desviaba dinero.
Valeria tomó la fotografía.
—Nunca nos dijeron que nuestro padre tenía un hermano.
—Porque Gabriel desapareció la noche anterior a recibir la presidencia.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Alejandro lo mató?
—No lo sé —respondió Ricardo—. Pero al día siguiente apareció fingiendo ser él.
Daniel miró nuevamente la fotografía.
—¿Estás diciendo que nuestro padre no es Alejandro?
Ricardo negó lentamente con la cabeza.
—Estoy diciendo que nadie sabe cuál de los dos hermanos sobrevivió aquella noche.
Alejandro avanzó hacia él.
—Basta.

—Diles la verdad —exigió Ricardo—. Diles por qué escondiste durante tantos años al único hombre capaz de reconocer la diferencia entre los gemelos.
Sofía comprendió de golpe.
Su padre no había permanecido encerrado solamente por conocer el robo.
También sabía quién era realmente el presidente.
Daniel se acercó a Alejandro.
—¿Quién eres?
El hombre mantuvo los labios cerrados.
En ese instante, la madre de Daniel comenzó a reír desde el corredor.
Los guardias la sujetaban por ambos brazos, pero ella ya no intentaba escapar.
—Todos quieren conocer la verdad —dijo con una sonrisa perturbadora—. Entonces miren la cicatriz.
Alejandro retrocedió.
La mujer señaló su pecho.
—Gabriel fue operado del corazón cuando era niño. La marca nunca desapareció.
Daniel agarró la camisa de su padre y arrancó varios botones.
No había ninguna cicatriz.
Valeria lanzó un grito.
Ricardo cerró los ojos, confirmando su peor sospecha.
—Tú eres Alejandro.
El presidente apartó a su hijo con violencia.
—Sí, soy Alejandro. Pero Gabriel no merecía esa empresa.
—¿Dónde está él? —preguntó Sofía.
Alejandro miró hacia uno de los monitores.
En la pantalla apareció otra habitación situada bajo el mismo edificio.
Un hombre permanecía acostado en una cama, conectado a varias máquinas.
Tenía el mismo rostro que el presidente.
Pero sobre su pecho podía verse una antigua cicatriz.
Daniel quedó sin aliento.
Alejandro no había mantenido un solo prisionero escondido durante años.
Había mantenido a dos.
Y el verdadero presidente de la compañía seguía vivo.