El desconocido soltó una carcajada burlona mientras seguía acercándose.
—¿Así que por fin decidiste aparecer, señor Fu?
El millonario dio otro paso al frente y colocó instintivamente a Anan detrás de su espalda.
—Aléjate de mi familia.
El hombre sonrió con desprecio.
—¿Tu familia? Hace cinco minutos obligabas al niño a llamarte “señor”.
Las palabras cayeron como un martillo sobre el corazón de Anan.
El pequeño bajó la cabeza, convencido de que su padre volvería a rechazarlo delante de todos.
Pero, por primera vez, el señor Fu no respondió.
Solo apretó los puños.
El desconocido intentó avanzar hacia la madre de Anan.
En ese instante, el empresario le lanzó un fuerte golpe que lo hizo caer contra un automóvil estacionado.
Los transeúntes comenzaron a detenerse para observar la pelea.
—¡Llamen a la policía! —gritó alguien.
El agresor se levantó limpiándose la sangre de la boca.
—Crees que puedes detenerme… pero tarde o temprano esa mujer será mía.
El rostro del señor Fu se volvió completamente oscuro.
—Mientras yo siga respirando, nadie volverá a tocar a mi esposa ni a mi hijo.
Anan levantó lentamente la mirada.
Era la primera vez en toda su vida que escuchaba aquellas palabras.
—¿…Mi hijo?
El niño apenas pudo pronunciarlas.
El empresario giró hacia él con los ojos enrojecidos.
Durante años había fingido frialdad.
No porque dejara de amar a su familia.
Sino porque alguien los vigilaba.
El agresor comenzó a reír con locura.
—¡Por fin lo confesaste! Ahora todos sabrán dónde encontrarte.
En ese momento, varias camionetas negras rodearon la calle.
Hombres vestidos de traje descendieron rápidamente.
No eran policías.
Eran guardaespaldas del grupo Fu.
Su jefe se inclinó respetuosamente ante el empresario.
—Señor, hemos localizado a las personas que llevan años chantajeándolo.
Anan miró confundido a su padre.
—¿Chantajearte?
El señor Fu respiró profundamente.
—Hace cinco años secuestraron a tu madre.
Me obligaron a alejarme de ustedes.
Me dijeron que, si alguien descubría que eran mi esposa y mi hijo, los matarían.
Por eso soporté que me odiaran.
Prefería perder su cariño antes que perder sus vidas.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Anan.
Su madre también rompió a llorar.
Nunca imaginó que detrás de tanta crueldad se escondía un sacrificio tan doloroso.
El jefe de seguridad entregó entonces una memoria USB al señor Fu.
—Aquí están todas las pruebas.
Descubrimos quién dio la orden desde el principio.
El empresario observó la pantalla de la pequeña memoria durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
El responsable no era un enemigo de los negocios.
Era alguien de su propia familia.
Al levantar la vista, pronunció un nombre que dejó helados a todos los presentes.
—Mi propio hermano…