Mi hermano arrastró al falso cirujano hasta el pasillo principal.
Cuando vi su rostro, el dolor del abdomen dejó de ser lo más aterrador.
—No puede ser… —murmuré.
Era Adrián.
Nuestro hermano mayor.
El mismo hombre que había sido declarado muerto después de que su automóvil cayera por un barranco siete años atrás.
Mi hermano lo sujetó por el cuello de la bata.
—¡Tú estabas muerto!
Adrián soltó una risa amarga.
—Eso fue lo que nuestra familia necesitaba que creyeran.
El director del hospital intentó retroceder hacia el ascensor, pero los guardias bloquearon su camino.
—¡Deténganlo! —gritó Adrián—. Él sabe toda la verdad.
El director palideció.
Yo intenté incorporarme, aunque el dolor me atravesaba el cuerpo.
—¿Por qué querías operarme?
Adrián me miró fijamente.
Ya no parecía un asesino.
Parecía un hombre desesperado.
—No quería matarte. Quería sacar algo antes de que ellos lo encontraran.
El silencio cayó sobre el pasillo.
—¿Sacar qué?
Adrián señaló mi abdomen.
—Lo que tienes no es apendicitis.
Mi hermano y yo nos quedamos paralizados.
El director cerró los ojos como si ya no pudiera seguir ocultándolo.
—Durante tu última revisión médica —continuó Adrián— descubrieron una pequeña cápsula metálica junto a tu intestino.
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
—Eso es imposible.
—Te la implantaron cuando eras un niño —respondió él—. Contiene información sobre las cuentas secretas de nuestro padre.
Nuestro padre había muerto hacía apenas tres meses.

Toda la familia creía que no había dejado ningún testamento.
Adrián se acercó a mi camilla.
—Él robó millones de la empresa y guardó las pruebas dentro de ti porque nadie sospecharía de un niño enfermo.
—¿Y tú cómo sabes todo eso? —preguntó mi hermano.
Adrián abrió lentamente la bata médica.
En su pecho tenía una larga cicatriz.
—Porque también lo hicieron conmigo.
El director aprovechó la distracción e intentó correr.
Los guardias lo derribaron antes de que alcanzara la escalera.
En ese instante apareció una verdadera cirujana acompañada por varios policías.
—El paciente necesita una operación inmediata —dijo ella—. Pero esta vez el procedimiento será grabado y supervisado.
Antes de entrar nuevamente al quirófano, sujeté la mano de Adrián.
—¿Por qué fingiste tu muerte?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque nuestro padre descubrió que yo conocía su secreto.
—Y ahora que él ha muerto, alguien más intenta recuperar las pruebas.
Miré al director esposado.
—¿Quién?
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—Él solo obedecía órdenes.
Las puertas del quirófano comenzaron a cerrarse.
Entonces el director gritó desde el suelo:
—¡La persona que dio la orden está esperando dentro de la sala de operaciones!
Las puertas se cerraron por completo.
Al levantar la mirada, vi a la verdadera cirujana retirar su mascarilla.
Era nuestra madre.
Y sostenía en la mano el mismo bisturí que el impostor había dejado caer.