PARTE 2: LA DOBLE VIDA DE CARLOS.

—Estoy con Antoine, John… y con la mujer que lleva tu collar.

Mariana pronunció cada palabra lentamente, como si quisiera obligar a Carlos a sentir el peso de su traición.

Al otro lado de la línea no se escuchó nada.

Ni una respiración.

Ni una excusa.

Solo un silencio culpable que confirmó todas sus sospechas.

—Mariana, escúchame —dijo finalmente Carlos con la voz quebrada—. No hagas ninguna escena. Regresa a casa y te explicaré todo.

Ella soltó una risa amarga.

—¿Una escena? Estoy frente a dos niños que tienen tu rostro. Tienen cinco años, Carlos. Exactamente cinco años.

La mujer elegante palideció al escuchar el nombre.

Miró el teléfono de Mariana y luego observó a los gemelos, como si acabara de comprender algo terrible.

—¿Está hablando con Carlos Mendoza? —preguntó.

Mariana apartó lentamente el teléfono de su oído.

—Sí. Es mi esposo.

Los ojos de la desconocida se llenaron de una mezcla de rabia y desconcierto.

—Eso es imposible —susurró—. Carlos es el padre de mis hijos… y lleva seis años prometiéndome que se casará conmigo.

Valentina se aferró con fuerza a la mano de su madre.

Mariana sintió que las piernas dejaban de responderle.

No era una aventura reciente.

No era un error cometido durante un viaje.

Carlos había construido dos familias al mismo tiempo.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Mariana, luchando por conservar la calma.

—Sofía Laurent.

La mujer sacó el teléfono de su bolso y mostró una fotografía.

En ella aparecía Carlos abrazando a los gemelos durante una fiesta de cumpleaños. Sonreía frente a un pastel mientras llevaba una camisa que Mariana le había regalado en su último aniversario.

—Esta fotografía fue tomada hace dos semanas —explicó Sofía—. Me dijo que debía viajar constantemente porque trabajaba como asesor internacional.

Mariana cerró los ojos.

Dos semanas atrás, Carlos le había dicho que estaba atrapado en una reunión en otra ciudad.

Esa misma noche ella cenó sola con Valentina, defendiendo a su esposo cuando la niña preguntó por qué nunca estaba en casa.

—Me dijo que usted era su hermana —continuó Sofía con lágrimas contenidas—. Que Valentina era su sobrina y que la ayudaba porque su padre había muerto.

Mariana sintió una punzada profunda en el pecho.

Carlos no solo la había engañado.

También había borrado su lugar como esposa y había convertido a su propia hija en una mentira.

—Mamá, ¿papá tiene otra casa? —preguntó Valentina inocentemente.

Ninguna de las dos mujeres supo qué responder.

De pronto, el teléfono volvió a sonar.

Carlos llamaba otra vez.

Mariana activó el altavoz.

—No le creas a esa mujer —dijo él desesperadamente—. Sofía está obsesionada conmigo. Es capaz de inventar cualquier cosa.

Sofía arrebató el teléfono de la mano de Mariana.

—¿Inventar? —gritó—. Tengo las actas de nacimiento donde apareces como padre. Tengo fotografías, transferencias bancarias y mensajes de seis años.

—Sofía, cálmate.

—¡No me pidas que me calme! Me dijiste que estabas divorciado.

Mariana sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente.

—Carlos —intervino con una serenidad que asustó incluso a Sofía—, tienes una hora para regresar a casa.

—Estoy lejos de la ciudad.

—No mientas más. Se escucha el tráfico de la avenida detrás de ti.

Carlos volvió a guardar silencio.

Mariana conocía perfectamente aquel ruido. Él estaba cerca.

—Una hora —repitió—. Después de eso, hablaré con un abogado y entregaré toda la información a la policía.

—¿A la policía? —preguntó Carlos alarmado.

La reacción fue demasiado intensa.

Mariana frunció el ceño.

—¿Por qué tienes miedo de la policía?

La llamada terminó abruptamente.

Sofía miró la pantalla con terror.

—Hay algo que usted necesita saber —dijo en voz baja—. El collar que llevo no fue un regalo romántico.

Mariana observó la joya dorada.

—Entonces, ¿qué es?

Sofía tocó el pequeño colgante.

—Carlos me pidió que lo guardara. Dijo que contenía información importante y que nadie debía abrirlo.

Con manos temblorosas, retiró una diminuta pieza escondida detrás de la piedra central.

Era una memoria digital.

Las dos mujeres se miraron.

Carlos no solo ocultaba hijos.

También ocultaba algo dentro de aquella joya.

Se dirigieron al apartamento de Mariana y conectaron la memoria a una computadora. Había decenas de carpetas protegidas, estados bancarios y copias de documentos de identidad.

Mariana reconoció inmediatamente el nombre de la empresa donde trabajaba Carlos.

Sin embargo, las transferencias no pertenecían a ningún negocio legal.

Millones habían sido enviados a cuentas abiertas bajo nombres falsos.

Uno de esos nombres era el de Mariana.

Otro pertenecía a Sofía.

—Nos utilizó —murmuró Sofía—. Abrió cuentas con nuestros documentos.

Mariana encontró entonces una carpeta marcada con una fecha reciente.

Dentro había copias de pólizas de seguro de vida.

Una estaba a nombre de Sofía.

La otra llevaba el nombre de Mariana.

Carlos figuraba como beneficiario principal de ambas.

El rostro de Mariana perdió todo color.

—No quería elegir entre sus dos familias —dijo con la voz rota—. Quería quedarse con el dinero de las dos.

En ese instante, alguien golpeó violentamente la puerta.

Valentina corrió asustada hacia su madre.

—¡Mariana, abre! —gritó Carlos desde el pasillo—. Tenemos que hablar antes de que cometas un error.

Mariana miró a Sofía.

Luego tomó el teléfono y envió todos los documentos a su abogado.

—El único error que cometí —respondió acercándose a la puerta— fue creer que te conocía.

Carlos continuó golpeando.

—Abre ahora mismo.

Pero antes de que Mariana pudiera responder, se escucharon pasos firmes subiendo por las escaleras.

Dos agentes aparecieron al final del pasillo.

Carlos dejó de golpear.

Su expresión cambió por completo cuando comprendió que había caído en su propia trampa.

—Señor Carlos Mendoza —dijo uno de los agentes—, queda detenido por fraude, falsificación de documentos y lavado de dinero.

Carlos intentó correr, pero el segundo agente le cerró el paso.

Mientras le colocaban las esposas, miró a Mariana con desesperación.

—Yo hice todo esto por nuestra familia.

Mariana abrió la puerta y lo observó sin lágrimas.

—¿Por cuál de todas?

Carlos bajó la mirada.

No tenía respuesta.

Sin embargo, cuando los agentes comenzaron a llevárselo, se volvió una última vez.

—Todavía no sabes quiénes son realmente esos niños —dijo con una sonrisa inquietante—. Cuando descubras la verdad, vas a desear no haber abierto ese archivo.

Sofía abrazó a los gemelos.

Mariana sintió que el miedo regresaba a su cuerpo.

Entonces volvió a mirar las actas de nacimiento.

En la casilla correspondiente a la madre de Antoine y John no aparecía el nombre de Sofía.

Aparecía el suyo.

Mariana Mendoza.

Y debajo había una firma idéntica a la que ella utilizaba en todos sus documentos oficiales.

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