Parte 2: LA PRIMERA GRIETA EN LA MANADA

Gabriel no regresó a la casa aquella noche.

Pasó las siguientes cuatro horas sentado junto a la cama de Mariana, observando el monitor cardíaco subir y bajar con una lentitud desesperante. Cada respiración de ella parecía una batalla. Cada vendaje escondía un golpe que él no había podido impedir.

Entonces notó algo.

La mano izquierda de Mariana se movió apenas unos milímetros.

No despertó.

Pero sus dedos intentaban cerrar el puño.

Gabriel tomó su mano con cuidado.

—Ya volví, Mari… Ya no estás sola.

Una lágrima escapó por el rabillo del ojo de ella.

El médico aseguró que podía tratarse de un reflejo.

Gabriel sabía que no.

Durante doce años había aprendido a leer hasta el más mínimo movimiento de quienes luchaban por sobrevivir.

Mariana había escuchado su voz.


Al amanecer volvió a la casa.

Los peritos ya no estaban.

Las cintas amarillas habían desaparecido.

El piso lucía demasiado limpio.

Demasiado perfecto.

Entró lentamente.

El olor a cloro seguía impregnándolo todo.

Un intento desesperado por borrar sangre.

Mientras recorría el comedor recordó algo que aprendió en operaciones especiales.

El cloro elimina manchas visibles… pero también deja marcas cuando alguien limpia con prisa.

Se arrodilló.

Entre las juntas del piso aún quedaban pequeños residuos rojizos.

Sacó una pequeña linterna táctica de su mochila.

Iluminó debajo del aparador.

Allí encontró algo que la policía jamás había mencionado.

Un diminuto botón dorado.

No pertenecía a ninguna prenda de Mariana.

Lo guardó en una bolsa transparente.

Después levantó lentamente el mantel.

Una de las patas de la mesa tenía fibras de cuerda enrolladas.

No eran accidentales.

Habían atado a alguien allí.

Su mandíbula se endureció.

Treinta y una fracturas.

No había sido una pelea.

Había sido una ejecución lenta.


Cuando salió de la casa encontró a la vecina que había llamado a la ambulancia.

La mujer bajó inmediatamente la mirada.

—Señora Rosa…

Ella tragó saliva.

—No quiero problemas.

—Solo dígame una cosa.

La anciana dudó unos segundos.

—Escuché gritos.

—¿De quién?

—De Mariana.

—¿Y después?

La mujer empezó a llorar.

—También escuché hombres.

Gabriel permaneció inmóvil.

—¿Cuántos?

—No sé…

Respiró profundamente.

—Pero eran varios.

—¿Reconoció alguna voz?

La anciana miró alrededor para asegurarse de que nadie la observaba.

—Creo que uno era su hermano Damián…

Gabriel no dijo nada.

Ella continuó casi susurrando.

—Y escuché otra voz diciendo…

La mujer comenzó a temblar.

—”Que aprenda quién manda en esta familia.”

El capitán sintió que toda la sangre le hervía.


Ese mismo mediodía visitó al detective Salas.

El investigador parecía incómodo desde que Gabriel entró.

—¿Encontró algo?

Gabriel dejó sobre el escritorio la bolsa con el botón.

—Esto estaba en la escena.

Salas lo observó apenas un segundo.

—Puede ser de cualquiera.

Gabriel sonrió por primera vez.

Pero aquella sonrisa no tenía nada de amable.

—También encontré restos de cuerda.

Silencio.

—¿No aparecieron en su informe?

Salas acomodó unos papeles.

—Quizá los peritos no los consideraron importantes.

Gabriel dejó otra fotografía sobre el escritorio.

Era una imagen tomada por él mismo.

Mostraba claramente las fibras.

—Curioso.

Salas tragó saliva.

—¿Qué quiere decir?

—Que alguien hizo muy mal su trabajo.

El detective evitó sostenerle la mirada.


Aquella tarde Gabriel decidió visitar el corporativo de Transportes Lobo.

Nadie esperaba verlo.

La recepcionista palideció apenas pronunció su nombre.

Cinco minutos después apareció Héctor Lobo.

Elegante.

Sonriente.

Intocable.

—Mi yerno favorito.

Gabriel permaneció inmóvil.

—Quiero saber qué ocurrió en esa casa.

Héctor soltó una carcajada.

—Tu esposa siempre fue una mujer complicada.

—Treinta y una fracturas no aparecen por ser complicada.

Los siete hermanos comenzaron a rodearlo lentamente.

Como lobos.

Damián dio un paso al frente.

—Te dijimos que dejaras esto.

Gabriel los observó uno por uno.

Calculando.

Pesos.

Distancias.

Tiempo de reacción.

Viejos hábitos imposibles de olvidar.

Finalmente habló.

—¿Los ocho?

Todos fruncieron el ceño.

—¿Qué?

—Solo preguntaba si van a atacarme los ocho juntos… o uno por uno.

El silencio fue absoluto.

Incluso los empleados dejaron de escribir.

Héctor sonrió nuevamente.

—Las amenazas no funcionan conmigo.

Gabriel negó lentamente.

—No era una amenaza.

Se acercó hasta quedar frente al patriarca.

—Era una cortesía.

Y se marchó sin mirar atrás.


Esa noche Emiliano, el menor de los hermanos, no pudo dormir.

Llevaba tres días sin hacerlo.

Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro ensangrentado de Mariana.

Escuchaba otra vez los golpes.

Los gritos.

Las órdenes de Damián.

“Más fuerte.”

“No la sueltes.”

“Que firme.”

Emiliano abrió una botella de whisky con manos temblorosas.

No consiguió beber.

Su teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Del otro lado solo hubo silencio.

Después una voz grave.

—Sé que no querías participar.

Emiliano sintió que el corazón se detenía.

—¿Quién habla?

—También sé que vomitaste después.

El vaso cayó al piso.

—¿Qué quiere?

—Solo recordarte algo.

La voz hizo una pausa.

Gabriel Cruz jamás abandona una misión.

La llamada terminó.

Emiliano quedó completamente paralizado.


Mientras tanto, en el hospital, una enfermera revisaba nuevamente a Mariana.

De pronto observó algo extraño.

Debajo del yeso del brazo derecho aparecía una pequeña marca azul.

No era un moretón.

Parecía tinta.

Llamó al médico.

Con extremo cuidado levantaron una parte del vendaje.

Todos quedaron inmóviles.

Sobre la piel, escrito con trazos débiles y casi borrados, había un número.

17-04-9

No parecía completo.

Como si Mariana hubiera alcanzado a escribirlo antes de perder el conocimiento.

La enfermera llamó inmediatamente a Gabriel.

Él llegó diez minutos después.

Observó aquellos números durante largo rato.

No eran una fecha.

No eran un teléfono.

Entonces recordó algo aprendido años atrás durante una misión encubierta.

Los soldados capturados utilizaban secuencias incompletas para señalar coordenadas, cajas fuertes o códigos cuando sabían que no tendrían otra oportunidad de hablar.

Gabriel levantó lentamente la vista.

—No intentó escribir un mensaje…

Todos lo miraron.

Él respiró profundamente.

Intentó dejar una ubicación.

En ese mismo instante, el monitor cardíaco comenzó a acelerar violentamente.

Mariana seguía inconsciente.

Pero sus labios se movieron apenas una fracción de segundo.

Solo una palabra.

Una palabra que hizo palidecer a Gabriel.

—…bodega…

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