Parte 2: LA PRIMERA PIEZA DEL ENGAÑO

El avión atravesó las nubes mientras Valeria permanecía inmóvil junto a la ventanilla. No lloraba. Había descubierto que existía un dolor tan profundo que las lágrimas resultaban inútiles. Apretó entre las manos el pequeño estuche donde guardaba las joyas de su abuela y volvió a escuchar la grabación enviada a Jimena.

—Valeria, tú eres una buena mujer… cuídame…

La apagó antes de llegar al final.

Aquella voz ya no le inspiraba amor. Solo le recordaba que, incluso al borde de la muerte, Rodrigo había pensado primero en su comodidad y en proteger a su amante.

Cuando el avión aterrizó en París, su tía Leonor la esperaba con un abrazo silencioso. No hizo preguntas durante el trayecto hasta su apartamento frente al Sena. Conocía demasiado bien esa expresión: la de una mujer que había perdido algo más importante que un matrimonio.

Mientras tanto, en Guadalajara, Rodrigo despertaba una y otra vez sobresaltado.

—Necesito hablar con mi esposa.

La enfermera evitó mirarlo.

—Su abogada vino hace unas horas.

—¿Jimena? ¿Para qué?

—Solo dejó este sobre.

Con la mano temblorosa, Rodrigo abrió el documento.

Era una simple notificación.

“A partir de este momento, cualquier comunicación deberá realizarse mediante representación legal.”

No había insultos.

No había amenazas.

Solo una distancia fría que le provocó más miedo que cualquier discusión.

En ese instante entró Natalia al cuarto con un enorme ramo de lirios blancos.

—Mi amor…

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cómo pagaste el hospital?

Ella desvió la mirada.

—Bueno… todavía no…

—¿Qué quieres decir con todavía?

Natalia respiró hondo.

—Pensé que Valeria lo resolvería.

El silencio fue brutal.

Por primera vez desde que inició aquella aventura, Rodrigo sintió una punzada distinta a la de la herida del abdomen.

Había apostado su matrimonio por una mujer que seguía esperando que alguien más solucionara sus problemas.

En París, el teléfono de Valeria vibró.

Era Jimena.

—Encontré algo raro.

—¿Qué pasó?

—Mucho más de lo que imaginábamos.

Valeria permaneció en silencio.

—Durante los últimos tres años hubo transferencias mensuales desde una cuenta conjunta que tú desconocías.

—¿A nombre de Natalia?

—No.

Aquella respuesta la desconcertó.

—Entonces, ¿a quién?

Jimena dudó unos segundos.

—A una empresa llamada Horizonte Médico Integral.

—Nunca escuché ese nombre.

—Yo tampoco. Pero el dueño legal es un hombre de setenta y cuatro años que vive en un asilo desde hace cinco.

Valeria sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Exactamente.

Jimena bajó aún más la voz.

Creo que esa empresa solo es una fachada.

Esa misma tarde comenzó una investigación privada.

Mientras tanto, Rodrigo recibió la visita de su socio, el doctor Mauricio Beltrán.

—Necesito acceder a mi computadora del hospital.

Mauricio negó con la cabeza.

—No será posible.

—¿Por qué?

—Porque la administración bloqueó todas tus claves.

Rodrigo abrió los ojos con sorpresa.

—¿Quién dio esa orden?

—El consejo directivo.

—¿Con qué motivo?

Mauricio respiró profundamente.

—Dicen que apareció una auditoría interna.

Rodrigo sintió que la habitación comenzaba a girar.

—¿Qué auditoría?

—No lo sé. Solo escuché rumores sobre compras irregulares de equipo médico.

Rodrigo apretó los puños.

—Eso no tiene sentido.

Pero, en el fondo, una imagen cruzó fugazmente por su mente.

Hace ocho meses.

Natalia insistiendo para que firmara varios documentos porque “eran trámites administrativos urgentes”.

Él apenas los había leído.

Por primera vez dudó de si realmente conocía a la mujer por quien había arriesgado todo.

En París, Jimena volvió a llamar.

—Encontré otra coincidencia.

—Dime.

—Los pagos comenzaron exactamente dos semanas después de que Natalia empezó a trabajar con Rodrigo.

Valeria permaneció inmóvil.

—¿Solo eso?

—No.

Jimena hizo una pausa.

—También encontré depósitos provenientes de esa empresa hacia una cuenta personal de Rodrigo.

El corazón de Valeria dio un vuelco.

—¿Cuánto dinero?

—Más de dieciocho millones de pesos.

El apartamento quedó en completo silencio.

Durante años habían discutido por gastos domésticos.

Rodrigo decía que debían ahorrar.

Que no era momento para cambiar el automóvil.

Que unas vacaciones eran un lujo innecesario.

Y ahora aparecían millones ocultos.

No solo le había sido infiel. También había construido una vida financiera paralela.

Esa noche, Natalia recibió una llamada desconocida.

Contestó nerviosa.

—¿Sí?

La voz al otro lado era seca.

—Rodrigo sigue vivo.

—Sí…

—Eso complica todo.

Natalia tragó saliva.

—¿Qué significa?

—Significa que, si habla antes de tiempo, todos caeremos.

La llamada terminó.

Ella permaneció inmóvil varios minutos.

Luego abrió desesperadamente una caja fuerte escondida en su departamento.

Dentro había documentos, memorias USB y varias fotografías.

Las observó una por una.

En algunas aparecía Rodrigo.

En otras, varios médicos importantes.

Y en una fotografía, tomada durante una cena privada, aparecía un hombre al que casi nadie conocía públicamente.

Natalia tomó un encendedor.

Acercó la llama.

Pero retiró la mano.

—Todavía no…

Susurró con miedo.

Al día siguiente, Jimena viajó personalmente a París.

Llevaba una carpeta gruesa.

La colocó sobre la mesa.

—Quería mostrártelo cara a cara.

Valeria abrió lentamente el expediente.

Había estados bancarios.

Contratos.

Copias notariales.

Correos electrónicos impresos.

Pero una hoja llamó inmediatamente su atención.

Era una póliza de seguro de vida.

Beneficiaria principal:

Natalia Cárdenas.

Monto asegurado:

Treinta millones de pesos.

Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Cuándo hizo esto?

Jimena pasó otra página.

—Hace once meses.

Valeria cerró los ojos.

Once meses.

Exactamente el mismo tiempo que Rodrigo llevaba diciendo que tenía “guardias extraordinarias”.

Entonces apareció el último documento.

Jimena no dijo nada.

Solo lo deslizó lentamente hacia ella.

Valeria leyó el encabezado.

Su rostro perdió todo color.

—No…

Murmuró apenas.

—Eso no puede ser verdad…

Jimena la observó con enorme preocupación.

—Yo tampoco quería creerlo.

El documento llevaba la firma original de Rodrigo.

Y demostraba que alguien había iniciado un procedimiento secreto para vender una propiedad que Valeria había heredado de su abuela… sin su autorización.

Pero lo verdaderamente aterrador no era la venta.

Era el nombre de la persona que aparecía como compradora.

Al verlo, Valeria comprendió que la traición jamás había sido solo una aventura amorosa.

Había una conspiración mucho más grande detrás de todo… y apenas acababa de descubrir el primer nombre de la lista.

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