PARTE 2: EL FRASCO ENVENENADO QUE REVELÓ LA TRAICIÓN MÁS TERRIBLE ENTRE DOS HERMANOS

—Nadie sale de esta mansión hasta que sepamos qué ocurrió.

La orden del inspector Salazar resonó con autoridad en el gran salón.

Los criados permanecían alineados junto a la escalera. Algunos temblaban. Otros evitaban mirar a los dos hermanos.

Alejandro, el heredero mayor, caminaba de un lado a otro con los ojos enrojecidos.

—Mi hermano estaba solo con ella —declaró con rabia—. Lo encontré junto a la cama escondiendo algo.

Todas las miradas cayeron sobre Sebastián.

El joven permanecía sentado en un sillón, con una calma extraña para alguien acusado de matar a su propia madre.

—Revisen sus bolsillos —ordenó el inspector.

Uno de los agentes se acercó.

Sebastián no opuso resistencia.

Del interior de su chaqueta apareció un pequeño frasco de cristal. En el fondo quedaban unas gotas transparentes.

Alejandro se abalanzó hacia él.

—¡Asesino!

Los policías lo detuvieron antes de que pudiera golpearlo.

Sebastián levantó la mirada.

—Ese frasco no demuestra que yo la matara.

—Estaba en tu bolsillo —respondió el inspector.

—Porque alguien quería que lo encontraran allí.

Alejandro soltó una carcajada amarga.

—Ahora dirás que todo es una conspiración.

—No —contestó Sebastián—. Diré que mamá todavía no está muerta.

El salón quedó completamente en silencio.

Alejandro dejó de forcejear.

—¿Qué acabas de decir?

Sebastián se puso de pie lentamente.

—El monitor emitía un pitido continuo, pero nadie comprobó su pulso. Todos aceptaron lo que vieron porque alguien preparó la escena para que pareciera un asesinato.

El inspector frunció el ceño.

—Un médico confirmó el fallecimiento.

Sebastián miró hacia el pasillo.

—¿Qué médico?

En ese momento, dos agentes entraron acompañados por el supuesto doctor de la familia.

El hombre llevaba la camisa arrugada y tenía el rostro cubierto de sudor.

—No es médico —reveló uno de los policías—. Su licencia fue retirada hace seis años por falsificar informes clínicos.

Alejandro palideció.

El falso doctor bajó la cabeza.

—Me pagaron para declarar que la señora había muerto.

—¿Quién le pagó? —preguntó el inspector.

Antes de que pudiera responder, un golpe seco se escuchó en el piso superior.

Todos levantaron la mirada.

La puerta de la habitación de la matriarca se abrió lentamente.

Doña Beatriz apareció apoyada en una enfermera, débil pero consciente.

—Fui yo quien organizó todo —dijo la anciana.

Alejandro retrocedió con horror.

—Mamá…

—No me llames así todavía.

Sebastián cerró los ojos con alivio.

La anciana descendió lentamente por la escalera. Cada paso parecía aumentar la tensión dentro de la mansión.

—Durante meses sospeché que alguien estaba alterando mis medicamentos —explicó—. También descubrí transferencias ilegales, firmas falsas y cambios secretos en mi testamento.

Alejandro miró a su hermano.

—Fue él.

—No —respondió Beatriz—. Sebastián fue el único que intentó advertirme.

La verdad cayó sobre el heredero mayor como una sentencia.

El inspector abrió una carpeta hallada en el despacho.

—Encontramos copias de un nuevo testamento. La fortuna completa pasaría a Alejandro si su madre moría antes del viernes.

Los criados comenzaron a murmurar.

Alejandro negó desesperadamente.

—Yo no escribí eso.

Doña Beatriz lo observó con tristeza.

—No necesitabas escribirlo. Solo necesitabas obligarme a firmarlo.

Sebastián sacó de debajo de su camisa una pequeña grabadora.

—Mamá me pidió que regresara esta noche y fingiera seguir el plan. El frasco contenía el sedante que tú compraste.

Alejandro perdió el control.

—¡Todo esto me pertenece! ¡Yo mantuve esta familia mientras él desaparecía durante años!

—Desaparecí porque tú me acusaste de robar dinero de la empresa —respondió Sebastián—. Pero las cuentas demostraron que eras tú.

El inspector reprodujo una grabación.

La voz de Alejandro llenó el salón:

—Cuando ella deje de respirar, coloca el frasco en el bolsillo de Sebastián. La policía hará el resto.

El falso doctor se cubrió el rostro.

Alejandro miró hacia la puerta buscando una salida, pero varios agentes ya la bloqueaban.

—No quería matarla —murmuró—. Solo necesitaba que pareciera muerta hasta firmar la sucesión empresarial.

Doña Beatriz golpeó el suelo con su bastón.

—Me sedaste sabiendo que mi corazón podía no resistirlo.

Alejandro bajó la mirada.

Por primera vez, no tenía ninguna mentira preparada.

Los policías le colocaron las esposas.

Mientras se lo llevaban, el heredero miró a Sebastián con odio.

—Crees que ganaste, pero ella tampoco te ha contado toda la verdad.

Sebastián se volvió hacia su madre.

La anciana apretó los labios.

—¿De qué está hablando?

Doña Beatriz pidió a la enfermera que le entregara un sobre amarillo.

—Antes de decidir quién heredará esta familia, ambos deben saber algo.

Sacó una antigua fotografía.

En ella aparecía con dos bebés recién nacidos en brazos.

Detrás de ella había otra mujer, idéntica a Beatriz.

—Alejandro no es tu hermano biológico —confesó la matriarca—. Es mi sobrino.

Sebastián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Y quién es su verdadera madre?

Doña Beatriz levantó la mirada hacia la ventana del jardín.

La sombra que había observado toda la escena seguía allí.

Entonces la mujer misteriosa dio un paso hacia la luz.

Tenía el mismo rostro que la matriarca.

—Yo soy su madre —declaró desde la puerta—. Y regresé porque la herencia que todos disputan jamás perteneció a Beatriz.

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