PARTE 2: EL TESTAMENTO SECRETO QUE CONVIRTIÓ LA VICTORIA DE MATEO EN UNA SENTENCIA DE TRAICIÓN

Alejandro miró la mano de su padre sobre el hombro de Mateo.

Aquella imagen le dolió más que cualquier derrota empresarial.

—¿Tú también estás de su lado? —preguntó con la voz rota.

El patriarca, don Ernesto, no respondió de inmediato. Observó a los directores reunidos alrededor de la mesa y después señaló los documentos colocados frente a Mateo.

—Estoy del lado de la verdad.

Mateo tomó una carpeta negra y la abrió lentamente.

—Durante años, Alejandro vendió información confidencial a nuestros competidores —declaró—. Después falsificó correos para hacerme parecer culpable.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Mentira! Fuiste tú quien se reunió con la familia Salcedo.

—Sí —admitió Mateo—. Me reuní con ellos para recuperar las pruebas que tú intentaste destruir.

Uno de los guardias colocó una computadora frente a todos. En la pantalla aparecieron transferencias, contratos secretos y grabaciones de reuniones clandestinas.

En uno de los audios se escuchaba claramente la voz de Alejandro:

—Cuando Mateo quede acusado, papá no tendrá más opción que nombrarme único heredero.

Sofía se cubrió la boca.

—Alejandro… dime que esa voz no es tuya.

Él evitó mirarla.

Don Ernesto apretó los puños.

—Vendiste proyectos de nuestra empresa, provocaste pérdidas millonarias y trataste de destruir a tu hermano.

—¡Lo hice para proteger la familia! —gritó Alejandro—. Mateo siempre fue débil.

Mateo sonrió con amargura.

—¿Débil por negarme a robar?

Los directores comenzaron a exigir la destitución inmediata de Alejandro.

Pero él todavía guardaba una última carta.

Sacó un sobre del interior de su chaqueta y lo lanzó sobre la mesa.

—Antes de condenarme, deberían leer el verdadero testamento.

El rostro de don Ernesto cambió.

Mateo abrió el sobre.

El documento establecía que Alejandro recibiría el control absoluto de la empresa si demostraba que su hermano había cometido traición corporativa.

—Ese testamento fue reemplazado —afirmó el patriarca.

—No —respondió Alejandro—. Este es el original. El documento que firmaste esta mañana es inválido porque ya no eres dueño de la mayoría de las acciones.

Un silencio brutal cayó sobre el comedor.

—¿Qué significa eso? —preguntó Sofía.

Alejandro mostró otro contrato.

Durante meses había comprado acciones mediante empresas fantasma. Con la ayuda de varios directores, ya controlaba el cincuenta y uno por ciento de la corporación.

Mateo miró alrededor.

Tres hombres sentados a la mesa bajaron la cabeza.

Eran los mismos que minutos antes habían jurado apoyarlo.

—Todo esto era una trampa —comprendió Mateo.

Alejandro recuperó su sonrisa.

—Los guardias pueden obedecerte dentro de esta casa, pero la empresa ahora me pertenece.

Don Ernesto pareció perder fuerzas.

—No puedes vender el legado de nuestra familia.

—Tú me enseñaste que el poder pertenece a quien tiene el valor de tomarlo.

Alejandro dio la orden de que los guardias se retiraran.

Nadie se movió.

Entonces el jefe de seguridad levantó la mirada hacia Mateo.

—Las órdenes siguen siendo suyas, señor.

Alejandro palideció.

Mateo cerró la carpeta con calma.

—Sabíamos que estabas comprando acciones.

—Eso es imposible.

—Por eso permitimos que lo hicieras.

Don Ernesto sacó un documento notarial.

Las acciones adquiridas por las empresas fantasma eran inválidas. El dinero utilizado provenía de cuentas corporativas robadas.

—No compraste la empresa —explicó Mateo—. Acabas de entregar la prueba definitiva de tu fraude.

Las sirenas comenzaron a escucharse frente a la mansión.

Alejandro retrocedió.

—No pueden arrestarme. Todo lo hice por esta familia.

Sofía se puso de pie con lágrimas en los ojos.

—No lo hiciste por nosotros. Lo hiciste porque nunca soportaste compartir nada con tu hermano.

Varios agentes entraron al comedor acompañados por un fiscal.

Alejandro intentó escapar por la puerta lateral, pero los guardias lo detuvieron.

Antes de que le colocaran las esposas, miró a Mateo con odio.

—Crees que eres el hijo perfecto, pero ni siquiera perteneces a esta familia.

Mateo quedó inmóvil.

Don Ernesto cerró los ojos con dolor.

—¿De qué está hablando? —preguntó Mateo.

Alejandro soltó una risa fría.

—Pregúntale por qué tu acta de nacimiento fue modificada.

Sofía comenzó a temblar.

El patriarca pidió que sacaran a Alejandro de la habitación, pero ya era demasiado tarde.

Mateo exigió una explicación.

Su madre abrió lentamente un cajón oculto del aparador y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Sofía abrazando a un bebé junto a una mujer desconocida.

—Yo no te di a luz —confesó con la voz quebrada—. Eras hijo de mi hermana.

Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Por qué me criaron como suyo?

Don Ernesto bajó la mirada.

—Porque tu verdadera madre descubrió un delito que podía destruir nuestro imperio.

—¿Qué le ocurrió?

Nadie respondió.

Mateo tomó la fotografía y observó un detalle escrito detrás:

«Si algo me sucede, Ernesto será el responsable».

Levantó la vista hacia el patriarca.

El hombre que acababa de apoyarlo frente a toda la familia podía estar relacionado con la desaparición de su verdadera madre.

Y el testamento secreto no pretendía entregar la empresa a Mateo por amor.

Era el precio de treinta años de silencio.

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