Mateo cayó de costado antes de alcanzar el pequeño frasco plateado.
Sus dedos quedaron a pocos centímetros de la posible salvación.
Respiraba con dificultad.
Cada segundo parecía el último.
El tercer joven observó la escena sin alterar el ritmo de sus pasos.
Finalmente recogió el frasco y lo sostuvo frente a la luz.
—Todavía quieres vivir.
Mateo apenas pudo asentir.
—Por favor…
Isabella soltó una breve carcajada.
—Ni siquiera ahora deja de suplicar.
El joven giró lentamente el frasco entre los dedos.
—¿Sabes qué contiene esto?
Mateo volvió a asentir.
—El antídoto.
El misterioso heredero negó con la cabeza.
—Eso es lo que tú crees.
El silencio invadió la habitación.
Incluso Isabella frunció el ceño.
Aquella respuesta no formaba parte de su plan.
El joven retiró el tapón y dejó caer una sola gota sobre el mármol.
La piedra comenzó a oscurecerse lentamente.

—No es un antídoto.
—Es otro veneno.
Mateo sintió que el terror superaba al dolor.
—¿Quién… quién hizo esto?
El heredero clavó la mirada en ambos.
—Ninguno de ustedes entendió realmente lo que ocurrió hace diez años.
Sacó un sobre amarillento del interior de su chaqueta.
Lo lanzó sobre la mesa.
Dentro había fotografías, transferencias bancarias y un antiguo informe forense.
Isabella tomó los documentos con manos temblorosas.
Su rostro perdió el color.
—No…
Aquellas pruebas demostraban que la muerte de su familia nunca había sido ordenada por Mateo.
Alguien había falsificado todas las evidencias.
Durante años ella había perseguido al hombre equivocado.
Mateo comenzó a llorar.
No por el veneno.
Sino porque comprendía demasiado tarde quién había destruido su vida.
—Entonces… ¿quién fue?
El heredero cerró el frasco con absoluta calma.
—El verdadero enemigo jamás abandonó esta mansión.
Antes de que pudiera decir una palabra más, las luces de toda la casa se apagaron.
La oscuridad cubrió cada rincón.
Se escuchó un disparo.
Luego otro.
Cuando el generador devolvió la electricidad unos segundos después, Isabella estaba inmóvil sobre el suelo.
Una mancha de sangre crecía bajo su vestido rojo.
El heredero seguía de pie.
Pero el sobre con las pruebas había desaparecido.
Y, desde el segundo piso de la mansión, una figura desconocida observaba la escena antes de desaparecer lentamente entre las sombras.