PARTE 2: EL HECHIZO PROHIBIDO DESPERTÓ LA SANGRE DEL VERDADERO HEREDERO Y REVELÓ LA TRAICIÓN OCULTA DENTRO DEL TEMPLO

Mateo juntó las manos frente al pecho.

Las palabras antiguas surgieron de sus labios como un susurro nacido en otra era.

El suelo comenzó a vibrar bajo sus pies.

Las runas grabadas en las paredes del templo se encendieron una tras otra, formando un círculo de luz alrededor del joven aprendiz.

Los tres guerreros enemigos se detuvieron.

La arrogancia desapareció de sus rostros.

—Ese hechizo fue destruido hace cien años —murmuró uno de ellos.

El maestro observó a Mateo desde el lecho con una mezcla de orgullo y preocupación.

—No intentes dominar la energía —advirtió—. Déjala atravesarte.

Mateo cerró los ojos.

El calor que recorría sus venas se volvió insoportable.

Sintió como si miles de voces antiguas hablaran al mismo tiempo dentro de su cabeza. Vio ciudades reducidas a cenizas, reyes arrodillados frente a criaturas gigantescas y guerreros vestidos con la misma túnica que llevaba su maestro.

Entonces una palabra se grabó en su mente.

Despertar.

Mateo abrió los ojos.

Ya no eran oscuros.

Brillaban con un tono dorado intenso.

Extendió una mano hacia el guerrero que tenía la espada levantada.

Una fuerza invisible lo lanzó contra la pared.

La armadura se quebró al impactar contra la piedra.

Los otros dos atacantes avanzaron al mismo tiempo.

Mateo giró sobre sí mismo y levantó una barrera luminosa. Las espadas enemigas chocaron contra ella y se desintegraron en fragmentos ardientes.

—¡Es el portador! —gritó uno de ellos—. ¡El heredero sigue vivo!

El líder logró incorporarse.

Se quitó el casco lentamente.

Debajo apareció el rostro de un hombre de mediana edad con una larga cicatriz atravesándole la mejilla.

El maestro lo reconoció.

—General Darion.

Mateo miró al anciano.

—¿Lo conoces?

—Fue uno de nosotros.

Darion soltó una risa amarga.

—No le has contado nada, ¿verdad?

El maestro bajó la mirada.

—No era el momento.

—El momento terminó cuando entregaste el poder del linaje a un niño que desconoce quién es.

Mateo mantuvo la barrera levantada.

—¿De qué está hablando?

Darion señaló el pergamino dorado que sobresalía bajo la túnica del joven.

—Ábrelo.

—No lo escuches —ordenó el maestro.

El general sonrió.

—Ahí está la verdad que tu amado mentor te ha ocultado desde el día en que te encontró entre las ruinas del palacio.

Mateo sintió que el hechizo vacilaba.

—¿Palacio?

Una grieta recorrió la barrera.

Los enemigos aprovecharon la distracción.

Uno lanzó una cadena negra que rodeó el brazo de Mateo. El metal absorbió parte de su energía y lo hizo caer de rodillas.

El otro guerrero se abalanzó sobre él.

El maestro levantó una mano.

Una ráfaga de viento atravesó la habitación y derribó al atacante.

Pero aquel esfuerzo agotó sus últimas fuerzas.

El anciano cayó del lecho.

—¡Maestro!

Mateo tiró de la cadena hasta romperla y corrió hacia él.

Darion dio una orden a sus hombres.

—Deténganse.

Los guerreros obedecieron.

Mateo sostuvo al anciano entre sus brazos.

—No cierres los ojos.

—Aún no he terminado mi trabajo —respondió el maestro con una débil sonrisa.

Darion avanzó lentamente.

—Dile la verdad antes de morir.

Mateo miró al anciano.

—¿Quién soy?

El maestro observó el pergamino.

—Ábrelo.

Mateo retiró el sello de cera.

El rollo se desplegó sobre el suelo y mostró el mapa completo del reino. En el centro había un árbol genealógico escrito con tinta roja.

La última rama terminaba en un nombre.

Mateo de Arkan, hijo del rey Leandro.

El joven dejó de respirar.

—Eso es imposible.

—Tu padre murió durante la rebelión —explicó el maestro—. Tu madre logró sacarte del palacio antes de que los invasores lo incendiaran.

—Me dijiste que mis padres eran campesinos.

—Necesitabas crecer sin saber que la corona te perseguía.

Mateo retrocedió con los ojos llenos de dolor.

—Toda mi vida fue una mentira.

—Fue una protección.

Darion negó con desprecio.

—Fue cobardía.

El maestro levantó la mirada hacia él.

—Tú entregaste las puertas del palacio al enemigo.

Mateo se volvió hacia el general.

—¿Él traicionó a mi padre?

Darion apretó la mandíbula.

—Tu padre condenó al reino cuando se negó a utilizar el poder del pergamino.

—Porque ese poder exige un sacrificio —respondió el maestro.

Mateo miró las runas que seguían brillando.

—¿Qué sacrificio?

Nadie contestó.

El joven abrió el resto del pergamino.

Una segunda inscripción apareció bajo la luz dorada.

“Para despertar al guardián, la sangre del heredero debe unirse a la del maestro que le entregó el legado.”

Mateo comprendió entonces por qué el anciano estaba muriendo.

—El poder que me diste está consumiendo tu vida.

El maestro asintió.

—Cada generación necesita un guardián nuevo.

—Devuélvelo.

—No puedo.

—¡No quiero una corona si el precio es tu muerte!

La voz de Mateo hizo temblar las ventanas.

El general Darion observó el intercambio con impaciencia.

—El reino no necesita tus lágrimas. Necesita un rey capaz de destruir a sus enemigos.

—¿Y tú viniste a servirlo? —preguntó Mateo.

Darion soltó una carcajada.

—Vine a tomar el poder antes de que aprendas a utilizarlo.

Hizo una señal.

Los dos guerreros lanzaron varias cuchillas negras contra el maestro.

Mateo se interpuso.

La energía dorada brotó de su cuerpo y detuvo las armas en el aire.

Después las hizo girar.

Las cuchillas regresaron hacia sus dueños y se clavaron en sus armaduras, derribándolos.

Darion sacó una espada corta escondida bajo su capa.

La hoja estaba cubierta por símbolos oscuros.

—Esa arma fue forjada para matar a los portadores de luz.

Corrió hacia Mateo con una velocidad sobrenatural.

El joven apenas logró esquivar el primer ataque.

La hoja rozó su hombro y abrió una herida.

La energía dorada comenzó a salir de su cuerpo como humo.

Darion sonrió.

—Todavía eres débil.

Atacó de nuevo.

Mateo bloqueó la espada con ambas manos, pero el metal oscuro quemó su piel.

El general lo empujó contra una columna.

—Tu padre también dudó antes de morir.

Mateo sintió que la rabia despertaba algo nuevo dentro de él.

—No pronuncies su nombre.

—Leandro era un cobarde.

La luz del templo se apagó de golpe.

Durante un segundo, todo quedó sumergido en la oscuridad.

Después, una figura gigantesca apareció detrás de Mateo.

Tenía forma de dragón, pero su cuerpo estaba compuesto por fuego dorado y humo.

El guardián ancestral había despertado.

Darion retrocedió horrorizado.

—No puede ser.

Mateo levantó una mano.

El dragón rugió.

La onda de energía arrancó las puertas, quebró las columnas y lanzó al general hacia el pasillo.

Los dos guerreros restantes huyeron aterrorizados.

Darion intentó levantarse, pero la sombra del guardián lo cubrió por completo.

—Mátalo —susurró una voz dentro de la mente de Mateo—. Reclama la sangre del traidor.

Mateo apretó los puños.

El dragón abrió la boca.

Una esfera de fuego comenzó a formarse entre sus colmillos.

—¡Mateo! —gritó el maestro.

El joven se detuvo.

—Si lo haces por odio, el guardián te dominará para siempre.

Darion aprovechó la vacilación y tomó una pequeña daga.

Se abalanzó hacia el maestro.

Mateo extendió la mano.

La daga quedó suspendida a pocos centímetros del pecho del anciano.

El joven cerró los dedos.

El arma se partió en dos.

Después dirigió la energía hacia Darion y lo lanzó contra el suelo.

—No te mataré —dijo Mateo—. Vivirás para confesar tu traición delante de todo el reino.

Darion escupió sangre y comenzó a reír.

—Todavía no comprendes nada.

—¿Qué cosa?

—Yo no vine a destruir el templo.

Un estruendo sacudió la montaña.

Las paredes comenzaron a agrietarse.

Darion miró hacia el techo.

—Vine a mantenerlos ocupados.

El maestro abrió los ojos con alarma.

—Las catacumbas.

Mateo miró hacia la puerta secreta situada detrás del lecho.

—¿Qué hay allí?

—El corazón del guardián —respondió el anciano—. Si lo roban, podrán controlar a la criatura que acabas de despertar.

Otro temblor recorrió el templo.

Mateo corrió hacia la entrada de las catacumbas, pero Darion sujetó su tobillo.

—Ya es demasiado tarde.

El joven lo golpeó con una ráfaga de energía y descendió por las escaleras.

El maestro intentó seguirlo.

—No vayas solo.

—No puedes moverte.

—Todavía puedo guiarte.

Mateo lo cargó sobre su espalda y avanzó por un túnel iluminado por cristales azules.

A medida que descendían, el rugido del guardián se volvía más débil.

—¿Quién más conoce este lugar? —preguntó Mateo.

El maestro tardó demasiado en responder.

—Solo los miembros del consejo sagrado.

—Entonces uno de ellos los traicionó.

Al llegar a la cámara inferior, encontraron varios monjes inconscientes en el suelo.

La puerta de piedra que protegía el corazón estaba abierta.

Dentro había un pedestal vacío.

El cristal sagrado había desaparecido.

Mateo observó una figura encapuchada al final del túnel.

—¡Detente!

La persona giró lentamente.

Se quitó la capucha.

El maestro dejó escapar un gemido de incredulidad.

Era la sacerdotisa Alma, la mujer que había cuidado a Mateo desde su llegada al templo.

Ella sostenía el cristal dorado contra el pecho.

—¿Por qué? —preguntó el joven.

Alma tenía lágrimas en los ojos.

—Porque el reino no sobrevivirá bajo otro heredero de tu sangre.

—Me criaste como si fuera tu hijo.

—Precisamente por eso sé lo peligroso que puedes llegar a ser.

El maestro intentó avanzar.

—Entrégame el corazón.

Alma negó.

—Durante años nos dijiste que Mateo debía vivir en la ignorancia. Ahora le entregas un poder que ni siquiera su padre pudo controlar.

Mateo miró el cristal.

Dentro se movía una pequeña llama con forma de dragón.

—Si lo retiras, ¿qué pasará?

—El guardián se debilitará —respondió el maestro—. Y cuando muera, todo el templo caerá con él.

El suelo volvió a temblar.

Alma retrocedió hacia una salida oculta.

—No quiero matarlos.

—Entonces quédate —suplicó Mateo—. Podemos encontrar otra solución.

—No existe otra solución.

La sacerdotisa levantó el cristal.

Las runas del túnel comenzaron a oscurecerse.

El maestro cayó de rodillas.

La energía que todavía lo mantenía vivo empezó a desaparecer.

—¡Maestro!

Mateo lo sostuvo.

Alma apretó los labios.

—Lo siento.

Antes de que pudiera escapar, una flecha atravesó el aire.

Se clavó en su hombro.

El cristal cayó de sus manos.

Una figura apareció detrás de ella.

Era Darion.

Había logrado seguirlos hasta las catacumbas.

El general recogió el corazón del guardián y sonrió.

—Gracias por hacer el trabajo difícil.

Alma cayó al suelo.

—Me prometiste que no dañarías a Mateo.

—Yo prometí muchas cosas.

Darion colocó el cristal dentro de una armadura negra que llevaba bajo su capa.

La luz dorada se volvió roja.

En lo alto del templo, el rugido del dragón cambió.

Ya no sonaba protector.

Sonaba furioso.

Mateo sintió que la criatura intentaba entrar en su mente.

—Arrodíllate —ordenó Darion—. El guardián tiene un nuevo amo.

El joven luchó por mantenerse en pie.

Sus rodillas comenzaron a doblarse.

El maestro tomó su mano.

—Recuerda lo primero que te enseñé.

—¿Qué cosa?

—El poder no nace del pergamino.

Mateo respiró con dificultad.

—Nace de la elección.

El joven miró a Alma herida.

Miró al maestro moribundo.

Después observó a Darion, quien sostenía el corazón del guardián con una expresión de triunfo.

Mateo cerró los ojos.

En lugar de luchar contra la criatura, abrió su mente por completo.

Sintió su miedo.

Su furia.

Y una soledad acumulada durante siglos.

—No eres un arma —susurró—. No tienes que obedecer a quien posea tu corazón.

Darion soltó una carcajada.

—No puede escucharte.

El dragón rugió desde las profundidades.

El cristal comenzó a agrietarse dentro de la armadura.

La sonrisa del general desapareció.

—¿Qué estás haciendo?

Mateo abrió los ojos dorados.

—Le estoy dando algo que ninguno de ustedes quiso darle.

—¿Qué?

—Libertad.

El corazón del guardián explotó en una columna de luz.

Darion salió despedido contra la pared.

La armadura negra se derritió sobre su cuerpo.

El dragón atravesó el techo de las catacumbas y envolvió a Mateo con sus alas de fuego.

El templo dejó de temblar.

Las piedras comenzaron a reconstruirse alrededor de ellos como si el tiempo avanzara en sentido contrario.

El maestro sonrió.

—Lo lograste.

Pero su voz era cada vez más débil.

Mateo lo sostuvo con desesperación.

—Quédate conmigo.

—Ya no necesitas mi fuerza.

—Sí te necesito.

El anciano levantó una mano y tocó su mejilla.

—Entonces recuerda mi voz cuando la corona intente convertirte en aquello que ahora odias.

Sus dedos perdieron fuerza.

Mateo sintió cómo la última energía del maestro entraba en su corazón.

—No…

El anciano cerró los ojos.

La luz de su cuerpo se convirtió en miles de partículas doradas que ascendieron hacia el dragón.

Mateo cayó de rodillas.

Alma comenzó a llorar.

—Perdóname.

El joven no respondió.

Darion seguía vivo entre los escombros.

Sonreía a pesar de sus heridas.

—Has perdido a tu maestro, tu hogar y tu inocencia.

Mateo levantó lentamente la mirada.

—Pero el reino recuperó a su heredero.

Darion negó.

—El reino jamás te aceptará.

Desde la salida del túnel comenzaron a escucharse cientos de pasos.

Mateo creyó que eran más soldados enemigos.

Sin embargo, aparecieron monjes, aldeanos y guerreros de las provincias cercanas. Habían visto al dragón dorado elevarse sobre la montaña.

Todos se arrodillaron al reconocer el símbolo del antiguo linaje sobre el pecho del joven.

Un anciano guerrero levantó su espada.

—El heredero vive.

La frase fue repetida por toda la multitud.

—¡El heredero vive!

Mateo contempló el pergamino que aún llevaba bajo la túnica.

Había protegido el tesoro.

Había despertado al guardián.

Y había descubierto su verdadero nombre.

Pero cuando los monjes registraron la armadura destruida de Darion, encontraron un mensaje sellado con el emblema real.

Mateo lo abrió.

La carta había sido escrita por la reina que ocupaba el trono.

“General Darion: capture al muchacho con vida. No debe descubrir que el rey Leandro sobrevivió a la rebelión y sigue encerrado bajo el palacio.”

Mateo leyó la frase dos veces.

Su padre no había muerto.

Durante todos esos años, alguien lo había mantenido prisionero bajo el mismo trono que pertenecía a su familia.

El joven levantó la mirada hacia el horizonte.

A lo lejos, las torres de la capital brillaban bajo la luna.

El maestro había entregado su vida para prepararlo.

Ahora Mateo debía cruzar un reino lleno de enemigos, recuperar la corona y rescatar al hombre cuyo recuerdo había guiado su destino sin que jamás hubiera conocido su rostro.

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