PARTE 2: EL HERMANO QUE VOLVIÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

—¿Gabriel…?

El nombre escapó de los labios de Valeria como un suspiro imposible.

El hombre situado al otro lado de la puerta de hierro estaba más delgado, tenía una cicatriz profunda junto a la ceja y llevaba un uniforme negro cubierto de polvo. Sin embargo, sus ojos eran los mismos que ella recordaba.

Los ojos de su hermano mayor.

—No hay tiempo para explicaciones —dijo Gabriel mientras introducía una llave en el mecanismo exterior—. Cuando abra, corran sin detenerse.

—¡Tú estabas muerto!

—Eso era lo que ellos necesitaban que creyeras.

El cerrojo cedió con un chasquido metálico.

Gabriel abrió la puerta y levantó su arma justo cuando los guardias aparecieron al final del pasillo. Dos detonaciones retumbaron entre las paredes. Los perseguidores se refugiaron detrás de una columna, y Gabriel empujó a Valeria hacia una escalera estrecha.

—¡Arriba! ¡Ahora!

Valeria corrió junto a Daniel, el joven que había permanecido conectado al intercomunicador durante toda la misión. Todavía llevaba la mochila táctica apretada contra el pecho.

Dentro estaba el dispositivo que acababan de extraer.

La única prueba capaz de revelar lo ocurrido en aquel hospital.

Gabriel cerró una compuerta detrás de ellos y activó una pequeña carga. La explosión bloqueó el camino con una lluvia de concreto y metal.

Durante unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones agitadas.

—Explícame qué está pasando —exigió Valeria, agarrándolo del brazo—. Te enterramos hace cinco años. Mamá murió creyendo que jamás volverías.

El rostro de Gabriel se endureció.

—No encontrasteis mi cuerpo.

—Nos entregaron tus pertenencias.

—Porque el director Salvatierra necesitaba cerrar el caso.

Daniel levantó la mirada.

—¿El antiguo director del hospital?

Gabriel soltó una risa amarga.

—Este lugar nunca estuvo realmente abandonado.

Llegaron a una sala subterránea llena de archivadores oxidados, monitores antiguos y fotografías pegadas a las paredes. En muchas aparecían niños, médicos y militares frente a habitaciones sin ventanas.

Valeria sintió un escalofrío.

En el centro de un tablero había una fotografía de su familia.

Su padre aparecía junto al director Salvatierra.

—¿Por qué está papá ahí? —preguntó con la voz quebrada.

Gabriel evitó mirarla.

Ese silencio fue suficiente para destruir algo dentro de ella.

—Dímelo.

—Papá financió los primeros experimentos —confesó finalmente—. Este hospital era una fachada. Aquí probaban un tratamiento capaz de borrar recuerdos traumáticos y reemplazarlos por otros artificiales.

Valeria retrocedió.

—Eso es imposible.

—Yo también lo creía hasta que intentaron usarlo conmigo.

Gabriel se tocó la cicatriz de la frente.

Había descubierto la verdad cinco años atrás. Antes de poder denunciarla, lo encerraron en el complejo y fingieron su muerte. Durante años sobrevivió trabajando para ellos, esperando una oportunidad para destruir el proyecto desde dentro.

Valeria miró la mochila.

—Entonces esto que sacamos…

—Es el núcleo de datos. Contiene los expedientes, los nombres de los responsables y las grabaciones de cada paciente.

Daniel conectó el dispositivo a uno de los ordenadores.

La pantalla parpadeó.

Cientos de archivos aparecieron ante ellos.

De pronto, una carpeta captó la atención de Valeria.

SUJETO V-17: VALERIA SANTOS.

Su corazón dejó de latir durante un instante.

—¿Por qué hay un expediente con mi nombre?

Gabriel palideció.

—No abras eso.

Valeria hizo clic antes de que pudiera detenerla.

Un video comenzó a reproducirse.

En la grabación aparecía ella siendo apenas una niña, sentada en una camilla. Su padre estaba a su lado mientras un médico preparaba una jeringa.

—El sujeto continúa preguntando por la muerte de su madre —decía una voz—. Procederemos a sustituir el recuerdo.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—Mi madre murió cuando yo tenía veinte años.

Gabriel cerró los ojos.

—No.

La joven lo miró, incapaz de respirar.

—¿Qué estás diciendo?

—La mujer que murió hace dos años no era nuestra madre.

Antes de que Valeria pudiera reaccionar, todos los monitores se encendieron al mismo tiempo. En las pantallas apareció un hombre de cabello gris y rostro sereno.

El director Salvatierra.

—Gabriel —dijo con una sonrisa fría—. Siempre supe que regresarías por tu hermana.

Las puertas de la sala se bloquearon automáticamente.

Un gas blanquecino comenzó a salir de las rejillas del techo.

Daniel cubrió su boca con la manga.

—¡Tenemos menos de un minuto!

Gabriel buscó desesperadamente una salida mientras Salvatierra continuaba hablando.

—Valeria, has vivido durante años dentro de una mentira cuidadosamente diseñada. Tu infancia, la muerte de tu madre e incluso el amor que sentías por tu familia fueron implantados.

—¡Cállate! —gritó ella.

—Pero hay algo que tu hermano todavía no se atreve a decirte.

Valeria giró hacia Gabriel.

Él sostenía el arma, pero sus manos temblaban.

—¿Qué ocultas?

—Valeria…

—¡Dímelo!

Gabriel bajó la mirada.

—Yo fui quien te trajo por primera vez a este hospital.

El mundo pareció derrumbarse bajo sus pies.

Entonces, desde el otro lado del cristal oscuro de la sala, una figura femenina se acercó lentamente.

Tenía el cabello blanco, el rostro envejecido y una pulsera de paciente alrededor de la muñeca.

Valeria reconoció inmediatamente aquellos ojos.

La mujer apoyó la mano contra el cristal.

—Hija —susurró—. Por fin has venido a buscarme.

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