El anciano sacó su teléfono sin apartar la mirada del agresor.
—Cancelen inmediatamente todos los contratos con la empresa Salazar —ordenó—. También quiero una auditoría completa de sus cuentas.
El hombre elegante sintió que las piernas dejaban de responderle.
—Señor Montenegro, por favor, ha sido un malentendido.
—Te vi patear a un animal herido y humillar a un trabajador porque creías que no podía defenderse.
—No sabía que era su nieto.
El anciano entrecerró los ojos.
—Ese es precisamente tu problema. Solo respetas a las personas cuando conoces su fortuna.
Mateo ignoró las súplicas y levantó cuidadosamente a su perro.
—Necesita un veterinario.
—Mi conductor los llevará —respondió su abuelo.
El agresor se interpuso frente a la limusina.
—Mateo, podemos resolverlo. Te pagaré lo que quieras.
Mateo miró los billetes que todavía permanecían esparcidos sobre la tierra.
—No puedes comprar el dolor que causaste.
Varias personas comenzaron a entregar los videos que habían grabado. El rostro del empresario apareció en las redes sociales acompañado por miles de mensajes de indignación.
Sin embargo, antes de que llegara la policía, el perro soltó un gemido y dejó caer algo pequeño de su collar.
Era una memoria diminuta envuelta en plástico.
Mateo la observó confundido.
—Yo nunca puse esto aquí.
El agresor palideció.
Intentó tomarla, pero el abuelo lo apartó con su bastón.
—¿Por qué te interesa tanto?
—No sé qué es.
Mateo conectó la memoria al ordenador de la limusina.
En la pantalla apareció un video grabado esa misma mañana en el estacionamiento de un edificio empresarial.
El perro había estado escondido debajo de un automóvil mientras el hombre elegante hablaba con dos desconocidos.
—Mañana provocaremos el accidente —decía el empresario—. Cuando Montenegro desaparezca, podremos comprar sus acciones por la mitad.
Mateo sintió un escalofrío.
Su abuelo miró la pantalla sin respirar.
—Planeabas matarme.
—¡El video está manipulado! —gritó el hombre.
La grabación continuó.
Uno de los cómplices sacó una fotografía del anciano y señaló el vehículo que utilizaba diariamente.
El perro había encontrado la memoria caída en el suelo y la había guardado instintivamente entre su collar y el pelaje.
El empresario comprendió entonces por qué había atacado al animal.

—Lo pateaste porque viste que llevaba la prueba —dijo Mateo.
Las sirenas comenzaron a escucharse cerca del parque.
El hombre intentó correr hacia su Range Rover, pero varios testigos bloquearon su camino.
—¡Apártense! —gritó con desesperación—. ¡No saben quién soy!
Doña Elena, una vendedora ambulante, se plantó frente a él.
—Ahora sabemos exactamente quién eres.
La policía lo esposó mientras continuaba amenazando a todos.
Horas después, el perro fue atendido en una clínica veterinaria. Tenía una costilla lastimada, pero se recuperaría.
Mateo permaneció junto a él durante toda la noche.
—Nos salvaste la vida, compañero —susurró mientras acariciaba su cabeza.
Su abuelo entró en la habitación acompañado por un abogado.
—La memoria contiene suficientes pruebas para detener a toda la red.
Mateo levantó la mirada.
—¿Por qué querían atacarte?
El anciano dejó una carpeta sobre la mesa.
—Porque mañana iba a anunciar que tú serías el nuevo presidente de la corporación.
Mateo abrió los documentos sorprendido.
—Nunca te dije que quisiera ocupar tu lugar.
—Lo sé. Por eso eres el único en quien confío.
En ese momento, el veterinario apareció sosteniendo otro objeto encontrado en el collar del perro.
Era una pequeña placa dorada con un número grabado.
—Esto tampoco pertenece al animal —explicó.
El abuelo tomó la placa y perdió todo color en el rostro.
—¿La reconoces? —preguntó Mateo.
El anciano cerró la mano alrededor de ella.
—Pertenecía a tu padre.
Mateo quedó inmóvil.
Su padre había muerto en un supuesto accidente quince años atrás.
—¿Qué hacía en el collar de mi perro?
El abuelo miró hacia la puerta, temiendo que alguien pudiera escucharlos.
—Significa que el accidente de tu padre tampoco fue un accidente.