Rodrigo Mendoza no pronunció una sola palabra mientras conducía por las calles casi vacías de la Ciudad de México.
Solo revisaba constantemente el espejo retrovisor.
Cada semáforo parecía una amenaza.
Cada automóvil negro que aparecía detrás de ellos hacía que Carmen sintiera un vuelco en el pecho.
Cuando finalmente entraron al estacionamiento subterráneo de un antiguo edificio de oficinas perteneciente a Laboratorios Álvarez, Rodrigo apagó el motor y la miró fijamente.
—A partir de este momento no puedes confiar en nadie que trabaje para Alejandro. Ni médicos. Ni policías. Ni empleados del hospital.
Carmen respiró hondo.
—¿Tú ya sospechabas?
Rodrigo bajó lentamente la cabeza.
—No… pero tu padre sí.
Aquellas palabras la dejaron inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
El abogado abrió su portafolio y sacó un sobre color marfil, sellado con el antiguo escudo de la empresa.
En el frente podía leerse una frase escrita por el propio don Ignacio.
“Entregar únicamente si Carmen afirma que Alejandro intenta controlar su vida.”
Las manos de Carmen comenzaron a temblar.
Rompió el sello.
Dentro había una carta escrita varios meses antes de la muerte de su padre.
“Hija… si estás leyendo esto significa que tenía razón.”
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.
“Nunca logré demostrarlo, pero Alejandro jamás se enamoró de ti. Llegó a nuestra familia por otra razón.”
Carmen sintió que el aire desaparecía.
Continuó leyendo.
“Durante los últimos dos años descubrí movimientos extraños dentro de la empresa. Alguien obtenía información confidencial antes incluso que el consejo administrativo. Cada vez que investigaba aparecía el nombre de Alejandro cerca de quienes terminaban beneficiándose.”
Más abajo había una frase subrayada.
“Si yo muero antes de descubrir toda la verdad… prométeme que nunca permitirás que opere tu corazón.”
La carta cayó sobre la mesa.
—Él… él ya sabía…
Rodrigo asintió lentamente.
—Tu padre intentó cancelar la boda dos semanas antes del matrimonio.
—¿Qué?
—Alejandro logró convencerte de que todo era una confusión.
Carmen recordó aquella discusión.
Su padre había insistido en retrasar la ceremonia.
Ella creyó que solo era un hombre sobreprotector.
Ahora comprendía que intentaba salvarle la vida.
Mientras tanto, en la clínica privada, Alejandro caminaba de un lado a otro dentro de su despacho.
Sobre la pantalla aparecía una fotografía reciente de Carmen.
Una enfermera entró apresuradamente.
—Doctor… seguimos sin localizarla.
Él permaneció completamente tranquilo.
—¿Revisaron estaciones de autobuses?
—Sí.
—¿Aeropuerto?
—También.
Beatriz Navarro cerró la puerta detrás de ella.
—Esto empieza a salirse de control.
Alejandro giró lentamente hacia la anestesióloga.
—No.
Sonrió con una tranquilidad escalofriante.
—Todavía no.
Tomó su teléfono y marcó un número.
—Activen el protocolo dos.
Beatriz frunció el ceño.
—¿También contra Rodrigo?
Alejandro no respondió inmediatamente.
Simplemente observó la fotografía de Carmen.
—Contra cualquiera que recuerde demasiado.
A las tres de la madrugada, Rodrigo abrió una bóveda privada ubicada detrás de un viejo archivo metálico.
Extrajo una caja de seguridad.
Dentro había varias memorias USB.
Un disco duro.
Y una pequeña grabadora de voz.
—Todo esto lo dejó tu padre.
Carmen conectó el disco duro.
Aparecieron decenas de carpetas con fechas.
Informes financieros.
Auditorías.
Correos electrónicos.
Pero una carpeta llamó inmediatamente su atención.
“Proyecto Hércules”.
La abrió.
Había contratos con hospitales privados.
Laboratorios farmacéuticos.
Aseguradoras.
Y una lista de pacientes.
Todos millonarios.
Todos propietarios de empresas familiares.
Todos intervenidos quirúrgicamente por el mismo equipo médico.
El encabezado del documento le heló la sangre.
“Sucesiones estratégicas”.
Carmen comenzó a leer.
Cada nombre iba acompañado por tres columnas.
Estado de salud.
Beneficiario económico.
Resultado.
La primera línea terminaba con una palabra.
“Fallecido.”
La segunda.
“Coma permanente.”
La tercera.
“Incapacidad legal.”
Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—Rodrigo…
Él también estaba leyendo.
Su rostro perdió completamente el color.
—No puede ser…
Había más de veinte nombres.
Empresarios.

Accionistas.
Propietarios de grandes fortunas.
Todos habían terminado perdiendo el control de sus bienes después de pasar por un quirófano.
Y el nombre de Alejandro aparecía como cirujano principal en casi todos los expedientes.
—Esto no es un asesinato…
Susurró Carmen.
—Es una organización.
Rodrigo siguió revisando archivos.
Entonces encontró una carpeta protegida con contraseña.
Tardó varios minutos en abrirla.
Cuando finalmente lo consiguió, ambos quedaron completamente inmóviles.
No eran documentos médicos.
Eran fotografías.
Fotografías tomadas en funerales.
En inauguraciones.
En juntas de accionistas.
Siempre aparecían las mismas personas.
Alejandro.
Beatriz.
Dos notarios.
Un juez.
Y varios empresarios.
Todos sonriendo.
Como una sociedad privada.
En la última fotografía aparecía también don Ignacio.
La imagen estaba tomada pocas semanas antes de morir.
Él discutía con Alejandro en el estacionamiento de la empresa.
Al ampliar la fotografía, Carmen descubrió algo que nunca había visto.
Su padre sostenía un sobre exactamente igual al que ella acababa de abrir.
Detrás de ellos, escondido entre las sombras, alguien los observaba.
Un hombre de traje gris.
Sin rostro visible.
Pero con un distintivo metálico en la solapa.
Rodrigo acercó aún más la imagen.
—Espera…
Amplió otra vez.
El distintivo pertenecía a una dependencia federal.
No era un policía.
No era un médico.
Era un funcionario del gobierno.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué significa eso?
Rodrigo tragó saliva.
—Que Alejandro quizá nunca trabajó solo.
Antes de que pudieran seguir revisando los archivos, sonó una alarma dentro del edificio.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Las cámaras de seguridad acababan de activarse automáticamente.
En una de las pantallas apareció el acceso del estacionamiento.
Un convoy de camionetas negras acababa de detenerse frente a la entrada.
Seis hombres descendieron al mismo tiempo.
Vestían ropa táctica sin insignias.
No llevaban uniformes policiales.
Uno de ellos mostró una fotografía.
Era la de Carmen.
Otro levantó un radio.
—Objetivo confirmado.
Rodrigo apagó inmediatamente todas las luces de la oficina.
—Nos encontraron.
—¿Cómo?
Él observó la computadora.
Entonces comprendió.
—El disco duro…
Se acercó rápidamente.
En una esquina de la pantalla parpadeaba un pequeño icono rojo.
No pertenecía al sistema de la empresa.
Era un programa oculto.
Un rastreador.
Cada vez que alguien abría aquellos archivos, enviaba automáticamente la ubicación exacta.
Los pasos comenzaron a escucharse en las escaleras del edificio.
Carmen retrocedió lentamente.
Rodrigo abrió un compartimiento oculto detrás de la biblioteca.
Dentro había una puerta metálica que descendía hacia un antiguo túnel de servicio.
—Corre.
Ella dio un paso hacia la entrada secreta.
Pero antes de cruzarla volvió la mirada hacia uno de los monitores.
En la pantalla principal, el hombre que dirigía el operativo levantó lentamente la cabeza… y sonrió directamente hacia la cámara de seguridad, como si supiera perfectamente que Carmen lo estaba observando.
Entonces habló por el radio con absoluta calma.
—No la maten todavía. El doctor Serrano quiere verla despierta cuando firme la herencia.