PARTE 2: LA VERDAD QUE SU MADRE ENTERRÓ DURANTE SIETE MESES

Alejandro permaneció de rodillas junto a la cama.

Sus manos temblaban mientras observaba cada moretón, cada quemadura y cada cicatriz sobre el cuerpo de Sofía.

No podía aceptar que todo aquello hubiera ocurrido dentro de su propia casa.

Dentro de la casa que él había dejado bajo el cuidado de la persona en quien más confiaba.

Su madre.

Doña Carmen sonrió con una serenidad inquietante.

—¿Ya terminaste de verla? Ahora deja de impresionarte por unas cuantas marcas. Las mujeres embarazadas hacen cualquier cosa para llamar la atención.

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

Nunca antes había mirado a su madre de aquella manera.

—¿Qué acabas de decir?

Ella entró en la habitación sin mostrar el menor nerviosismo.

—Lo mismo que llevo diciéndote desde hace meses. Esa muchacha está inestable. Se golpea sola, rompe cosas, llora todo el día y luego me culpa.

Sofía comenzó a llorar en silencio.

Ni siquiera se atrevía a levantar la voz.

Alejandro tomó con cuidado una de sus manos.

Estaba helada.

—Mírame, Sofía.

Ella tardó varios segundos en obedecer.

—¿Quién te hizo esto?

Antes de que pudiera responder, Doña Carmen volvió a intervenir.

—¿Ves? Ni siquiera sabe qué contestar. Ya te dije que necesita un psiquiatra.

Pero entonces Sofía hizo algo inesperado.

Con enorme esfuerzo levantó la manga del camisón.

Debajo del brazo había un pequeño aparato negro adherido con cinta médica.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Sofía respiró con dificultad.

—Un… grabador.

Metió la mano bajo la almohada y sacó una pequeña memoria USB.

—Llevo… cuatro meses guardando todo.

Doña Carmen perdió la sonrisa.

Por primera vez.

—¿Qué tonterías estás diciendo?

Sofía apenas podía sostener la memoria entre los dedos.

—Porque… sabía que nadie me iba a creer.

Alejandro tomó el dispositivo.

—¿Qué hay aquí?

—Todo.


Bajaron al despacho privado de Alejandro.

Él cerró la puerta con llave.

Conectó la memoria al ordenador.

Había decenas de carpetas organizadas por fecha.

La primera grabación comenzó a reproducirse.

La voz de Doña Carmen llenó la habitación.

—No vas a comer carne hoy. Una mujer gorda da vergüenza. Si pierdes al bebé, será culpa tuya.

Después se escuchó un golpe.

Y el llanto ahogado de Sofía.

Alejandro sintió un vacío en el estómago.

Abrió otro archivo.

—Si Alejandro pregunta por los moretones, diré que te caíste otra vez.

Otro.

—No olvides sonreír cuando él haga videollamada. Si hablas de más, te juro que jamás volverás a ver vivo a ese niño.

Otro.

—Las embarazadas como tú solo sirven para arruinarles la vida a los hombres.

Las grabaciones continuaban una tras otra.

Insultos.

Amenazas.

Golpes.

Humillaciones.

Todo registrado durante meses.

Alejandro dejó caer las manos sobre el escritorio.

El hombre acostumbrado a negociar empresas multimillonarias sentía que el pecho iba a estallarle.

Todo había ocurrido mientras él viajaba constantemente por trabajo.

Y nunca lo había visto.


Recordó entonces cada llamada con Sofía.

—¿Cómo estás, amor?

—Muy bien.

—¿Seguro?

—Sí.

Ahora entendía por qué siempre respondía lo mismo.

En una de las grabaciones aparecía la explicación.

—Cuando Alejandro llame, sonríe. Si le cuentas algo, haré que piense que estás loca.

Alejandro cerró los ojos.

La culpa comenzó a aplastarlo.

—Perdóname…

Sofía negó lentamente.

—Yo… intenté decírtelo.

Abrió un cajón del escritorio.

Dentro había cinco sobres devueltos.

Todos estaban dirigidos a él.

Nunca los había visto.

Doña Carmen los había interceptado antes de que llegaran a sus manos.


En ese instante sonó el teléfono de Alejandro.

Era el jefe de seguridad de la empresa.

—Señor, ¿ya llegó a casa?

—Sí.

—Necesito informarle algo extraño.

—Habla.

—Hace aproximadamente seis meses la señora Carmen nos ordenó retirar todas las cámaras interiores de la residencia.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Con qué autorización?

—Nos mostró un documento firmado por usted.

El corazón le dio un vuelco.

—Yo jamás firmé eso.

El guardia guardó silencio unos segundos.

—Eso imaginaba.


Alejandro salió del despacho como un huracán.

Encontró a su madre sentada tranquilamente en la sala tomando té.

Ella levantó la vista con absoluta calma.

—¿Ya terminó el espectáculo?

Alejandro dejó caer la memoria USB sobre la mesa.

—¿Quieres escucharla?

Doña Carmen miró el dispositivo.

No pareció sorprendida.

—Así que encontró sus grabacioncitas.

—¿Por qué?

Ella dejó lentamente la taza sobre el plato.

—Porque esa mujer no era suficiente para ti.

Alejandro sintió que las manos le temblaban.

—Es mi esposa.

—Es una oportunista.

—Está embarazada de mi hijo.

Doña Carmen sonrió con desprecio.

—Ese niño iba a quitarme al único hombre que realmente me pertenece.

El silencio fue absoluto.

Aquellas palabras helaron la sangre de Alejandro.

—¿Qué acabas de decir?

Ella se levantó lentamente.

—Desde que naciste solo existíamos tú y yo.

Después apareció esa muchacha.

Y luego ese bebé.

Todo cambió.

Su voz sonaba peligrosamente tranquila.

—Solo intentaba recuperar a mi hijo.

Alejandro dio un paso atrás.

Por primera vez en su vida sintió miedo de la mujer que lo había criado.


Tomó el teléfono.

Marcó al servicio de emergencias.

—Necesito una patrulla y una ambulancia en mi domicilio.

Doña Carmen soltó una carcajada.

—¿Vas a denunciar a tu propia madre?

—Voy a proteger a mi familia.

Ella dejó de reír.

—Ya es demasiado tarde.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Doña Carmen volvió la vista hacia el segundo piso.

—Pregúntale al médico que revisó a Sofía hace dos semanas.

Él fue quien me dijo cuánto tiempo podía resistir el bebé si seguíamos con el tratamiento.

El mundo dejó de girar.

—¿Qué tratamiento?

La sonrisa de Doña Carmen regresó lentamente.

—¿De verdad creíste que todo eran golpes?

En ese preciso instante, el teléfono de Alejandro vibró.

Era el hospital.

La voz de la ginecóloga sonaba desesperada.

Señor, necesitamos que traiga inmediatamente a su esposa. Acabamos de revisar unos análisis enviados hace dos semanas… y alguien ha estado administrándole una sustancia que puede provocar la muerte del bebé sin dejar sospechas evidentes.

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