La explosión sacudió los cimientos del edificio.
Las paredes se abrieron en enormes grietas y una nube de polvo cubrió por completo el sótano. Durante varios segundos, nadie pudo ver ni escuchar nada.
Mateo despertó con un zumbido agudo dentro de los oídos.
Intentó moverse, pero una pesada viga bloqueaba sus piernas.
—¡Lucas! —gritó con la garganta llena de polvo—. ¡Sofía!
Nadie respondió.
A su alrededor solo había piedras, cables rotos y pequeñas llamas consumiendo los restos de las mesas.
Mateo bajó la mirada hacia el detonador.
La pantalla estaba destruida.
Pero entonces recordó algo imposible.
La explosión había sido demasiado débil.
El dispositivo estaba conectado a cargas capaces de destruir todo el complejo subterráneo. Sin embargo, el techo seguía parcialmente en pie.
—No activé las bombas principales —murmuró.
Una tos surgió detrás de una montaña de escombros.
—Porque yo las desconecté.
Lucas apareció arrastrándose entre el humo. Tenía el rostro cubierto de polvo y una herida en el hombro, pero seguía vivo.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—Pensé que habías muerto.
—También yo.
Lucas se acercó y comenzó a retirar las piedras que aprisionaban las piernas de su amigo.
—¿Cuándo desconectaste las cargas?
—Antes de bajar al sótano.
Mateo dejó de ayudarlo.
—¿Por qué?
Lucas evitó mirarlo.
—Porque nunca creí que destruirlo todo fuera la única solución.
—La corporación iba a recuperar los servidores.
—No necesitábamos destruirlos.
Mateo comprendió de inmediato.
—Copiaste los archivos.
Lucas asintió.
Había enviado la información a decenas de periodistas, fiscales y organizaciones internacionales antes de que los soldados entraran.
La explosión solo había destruido el acceso principal y bloqueado temporalmente a los hombres armados.
—Entonces la verdad ya está afuera —dijo Mateo.
—Sí.
Un débil gemido llegó desde el fondo.
Ambos se giraron.
—Sofía.
Corrieron hacia el lugar de donde provenía el sonido.
La encontraron debajo de una mesa metálica volcada. Había protegido contra su pecho un pequeño disco duro dentro de una bolsa sellada.
—No podía dejarlo —susurró.
Lucas retiró la mesa mientras Mateo la ayudaba a incorporarse.
—Los datos ya fueron enviados —explicó él—. No necesitabas arriesgarte.
Sofía negó lentamente.
—Esos archivos no son una copia.
—¿Qué contienen?
Ella miró hacia la puerta destruida.
Los soldados comenzaban a moverse entre los escombros.
—La lista de las personas infiltradas dentro del gobierno.
Mateo tomó el disco.
—Entonces debemos salir de aquí.
Lucas señaló un conducto de ventilación abierto por la explosión.
—Es nuestra única salida.
Los tres avanzaron hacia el túnel mientras detrás de ellos se escuchaban órdenes y disparos.
Mateo entró primero.
Sofía lo siguió.
Cuando Lucas intentó subir, un soldado apareció entre el humo y le disparó.
Lucas cayó al suelo.
—¡Lucas! —gritó Mateo.
El joven miró la herida en su abdomen.
Después observó la puerta, donde cada vez aparecían más hombres armados.
—Continúen.
Mateo intentó regresar.
—No voy a dejarte.
Lucas recogió un rifle del suelo y disparó hacia los perseguidores.
—Si vuelves, todo esto habrá sido inútil.
—Dijimos que lo haríamos juntos.
—Y lo hicimos.
Lucas miró a Sofía.
—Lleva los archivos hasta la fiscal Robles. Solo confía en ella.
Sofía comenzó a llorar.
—Ven con nosotros.
Lucas sonrió con tristeza.
—Alguien debe cerrar el conducto.
Junto a la entrada había una palanca de emergencia. Al activarla, una compuerta de acero separaría el túnel del sótano.
Pero la palanca solo podía manejarse desde el exterior.
Mateo comprendió lo que su amigo estaba dispuesto a hacer.
—Encontraremos otra forma.
—Ya no hay tiempo.
Los soldados avanzaban rápidamente.
Lucas colocó la mano sobre la palanca.
—¿Recuerdas cuando éramos niños y juramos que ninguno sería abandonado?
Mateo asintió entre lágrimas.
—Sí.
—Mentimos.
Lucas tiró de la palanca.
La compuerta comenzó a descender.
Mateo intentó detenerla, pero Sofía lo sujetó con fuerza.
—¡Lucas!
El joven levantó una mano a modo de despedida.
—No me están abandonando. Están llevando conmigo todo aquello por lo que luchamos.
La compuerta se cerró.
El último sonido que Mateo escuchó fue una ráfaga de disparos al otro lado del metal.
El túnel quedó en silencio.
Mateo golpeó la puerta hasta hacerse daño en las manos.
—¡Ábrela!
No hubo respuesta.
Sofía lo abrazó desde atrás.
—Tenemos que continuar.
—Él podría seguir vivo.
—Y si regresamos, su sacrificio no habrá servido de nada.
Mateo permaneció arrodillado durante unos segundos.
Después se levantó, tomó el disco duro y avanzó.
El conducto desembocaba junto a un río, varios kilómetros lejos del complejo.
Cuando salieron, el cielo comenzaba a aclararse.
Las noticias ya circulaban por todas partes.
Los archivos filtrados demostraban que la corporación había experimentado ilegalmente con medicamentos, comprado jueces y provocado la desaparición de numerosos investigadores.
Miles de personas comenzaron a protestar frente a sus oficinas.
La policía detuvo a varios directivos aquella misma mañana.
Mateo y Sofía llegaron a la fiscalía al amanecer.
La fiscal Robles los recibió personalmente.
—Pensé que los tres vendrían juntos —dijo.
Mateo dejó el disco sobre su escritorio.
—Lucas se quedó atrás para que nosotros pudiéramos salir.
La mujer bajó la mirada.
—Entonces debemos asegurarnos de que su sacrificio no sea olvidado.
Cuando conectaron el disco, apareció una carpeta protegida con una contraseña.
Sofía introdujo la fecha en la que los tres amigos se habían conocido.
Los documentos se abrieron.
Pero no mostraban únicamente los nombres de funcionarios corruptos.
También contenían grabaciones personales de Lucas.
En el primer video, él aparecía sentado en una habitación oscura.
—Mateo, Sofía, si están viendo esto, es porque probablemente ya conocen una parte de la verdad.
Mateo acercó el rostro a la pantalla.

Lucas continuó:
—Yo fui quien trabajó para la corporación al principio.
Sofía retrocedió.
—No puede ser.
—Me contrataron para acercarme a ustedes y descubrir cuánto sabían —decía la grabación—. Pero cuando comprendí lo que planeaban hacerles, decidí ayudarlos.
Mateo apretó los puños.
Toda su amistad parecía transformarse de golpe.
—Nunca encontré el valor para confesarlo. Cada paso que dieron, cada escondite que utilizaron, yo lo había informado antes.
Sofía comenzó a llorar.
—Nos traicionó.
La grabación prosiguió:
—El ataque contra sus familias ocurrió por la información que yo entregué. No puedo cambiarlo. Solo puedo intentar pagar esa deuda.
Mateo cerró los ojos.
Ahora entendía por qué Lucas había desconectado las bombas.
Por qué conocía los sistemas del edificio.
Y por qué había aceptado quedarse atrás.
La fiscal abrió otra carpeta.
—Hay una transmisión activa —dijo sorprendida.
En la pantalla apareció una imagen borrosa del sótano destruido.
Lucas estaba sentado contra una pared, rodeado por soldados.
Seguía vivo.
Frente a él se encontraba el director de la corporación.
—Tus amigos ya recibieron tu confesión —dijo el hombre—. Ahora creerán que moriste como un héroe.
Lucas levantó la mirada.
—Eso era lo único que necesitaba.
El director sonrió.
—No. Lo que necesitabas era llevarlos hasta la fiscal Robles.
La mujer junto a Mateo palideció.
Los guardias del edificio cerraron las puertas de la oficina.
La fiscal sacó lentamente un arma de su cajón.
—Lamento que hayan tenido que descubrirlo así —dijo.
Mateo miró el disco duro.
Habían escapado del sótano para entregar la única prueba a la persona que dirigía toda la conspiración.
En la pantalla, Lucas levantó la cabeza y gritó:
—¡Mateo, no confíes en ella!
La transmisión se cortó.
La fiscal apuntó al pecho de Sofía.
—Ahora entréguenme el disco y quizá uno de ustedes salga vivo de aquí.