PARTE 2: EL EXPERIMENTO DEL ABUELO REVELÓ QUE LUCAS ERA REAL Y QUE YO NUNCA HABÍA SALIDO DEL CALLEJÓN

El líquido espeso avanzó por el tubo conectado a mi brazo.

Intenté moverme, pero unas correas sujetaban mis muñecas y mis piernas a la cama metálica.

—¿Qué experimento? —logré susurrar con enorme dificultad.

Mi abuelo ajustó una perilla de la máquina.

—El mismo que te permitió despertar después de diez años.

Un nuevo zumbido llenó la habitación.

Por un instante, vi nuevamente el callejón, la reja electrificada y el rostro aterrorizado de Lucas.

No parecía un recuerdo borroso.

Era demasiado real.

—Lucas existió —dije con firmeza.

La sonrisa de mi abuelo desapareció.

—Tu mente necesita inventar culpables para soportar el trauma.

—Él trató de salvarme.

El anciano acercó una lámpara a mis ojos.

—Lucas fue una personalidad creada por tu cerebro después del accidente.

Sin embargo, detrás de mi abuelo había una bandeja con objetos personales.

Entre ellos reconocí una pulsera de cuero que Lucas llevaba siempre.

—Entonces, ¿por qué tienes su pulsera?

El anciano se volvió rápidamente y cubrió la bandeja con una tela.

Aquel gesto confirmó mis sospechas.

—¿Dónde está?

—No vuelvas a pronunciar ese nombre.

Mi abuelo presionó otro botón.

La corriente recorrió la cama y mi cuerpo se tensó. No fue suficiente para hacerme perder el conocimiento, pero sí para dejarme sin fuerzas.

—Durante años intentamos borrar esa parte de tu memoria —explicó—. Cada vez que recuerdas a Lucas, el experimento falla.

—¿Quiénes somos “nosotros”?

La puerta se abrió.

Entraron dos médicos vestidos con uniformes grises. Ninguno llevaba identificación del hospital.

Uno de ellos revisó mis signos vitales.

—El sujeto conserva demasiados recuerdos —dijo.

—Aumenten la dosis —ordenó mi abuelo.

Comprendí entonces que aquello no era un hospital común.

Miré hacia la ventana.

El paisaje nocturno no se movía.

La lluvia caía siempre de la misma manera y los relámpagos se repetían a intervalos exactos.

Era una grabación proyectada sobre un cristal.

—¿Dónde estoy realmente? —pregunté.

Nadie respondió.

Cuando uno de los médicos se acercó para inyectarme, levanté ligeramente la mano.

Durante el accidente, la descarga no solo había detenido mi corazón.

Había dejado algo extraño dentro de mí.

Las luces parpadearon al ritmo de mi respiración.

La máquina comenzó a emitir alarmas.

—¡Aléjense de él! —gritó mi abuelo.

Cerré los ojos y concentré toda mi rabia en las correas metálicas.

Un chispazo recorrió la cama.

Los seguros se abrieron de golpe.

Me levanté con dificultad y empujé la bandeja contra los médicos. Después arranqué el tubo de mi brazo y corrí hacia la puerta.

Mi abuelo intentó detenerme.

—¡Si sales de esta habitación, podrías morir!

—Ya me robaste diez años. No permitiré que me robes el resto.

El pasillo estaba lleno de puertas idénticas.

Detrás de algunas se escuchaban voces, llantos y máquinas funcionando.

Había más personas encerradas.

En una pared encontré un mapa del edificio.

No estábamos en un hospital.

Estábamos dentro de una instalación subterránea construida bajo la antigua central eléctrica del pueblo.

Escuché pasos detrás de mí y entré en una sala de archivos.

Allí encontré decenas de expedientes.

Mi fotografía aparecía en una carpeta marcada como:

PROYECTO LÁZARO — SUJETO 07

El informe explicaba que la descarga del transformador había alterado mi sistema nervioso. Mi cuerpo podía absorber y liberar pequeñas cantidades de energía eléctrica.

Mi abuelo había mantenido mi estado inconsciente para estudiar aquella capacidad.

Pero la fecha del primer informe me dejó helado.

Había sido escrito tres meses antes del supuesto accidente.

La descarga no había sido una casualidad.

Todo había sido preparado.

Seguí revisando documentos hasta encontrar otra carpeta.

SUJETO 08: LUCAS MENDOZA

Lucas existía.

También había sobrevivido.

Una nota afirmaba que escapó de la instalación dos años atrás y que seguía buscándome.

De pronto, una alarma resonó en todo el edificio.

—Sujeto 07 fuera de contención —anunció una voz mecánica.

Tomé los expedientes y corrí hacia la salida indicada en el mapa.

Antes de llegar, mi abuelo apareció acompañado por varios guardias.

—No conoces toda la verdad —dijo.

—Me utilizaste desde antes del accidente.

—Intentaba salvarte.

—¿Preparando una reja electrificada?

El anciano bajó la mirada.

—Tu padre padecía una enfermedad incurable. Creíamos que tu organismo podía producir la energía necesaria para mantenerlo vivo.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Mi padre murió cuando yo era niño.

—No murió. Está conectado al sistema central de esta instalación.

Mi abuelo señaló una puerta blindada.

—Todo lo que hemos hecho ha sido para mantenerlo con vida.

—¿Y Lucas?

—Su familia descubrió el proyecto. Él intentó liberarte y provocó la descarga antes de tiempo.

La verdad comenzó a encajar.

Lucas me había advertido que no tocara la reja porque sabía que formaba parte del experimento.

—¿Por qué dijiste que nunca existió?

—Porque era más fácil controlar tus recuerdos que admitir que él te abandonó aquí.

Una voz surgió desde los altavoces.

—Eso también es mentira.

Reconocí inmediatamente aquel tono.

—Lucas…

Las luces se apagaron.

En la oscuridad, alguien abrió una puerta lateral y me sujetó del brazo.

—Corre —susurró Lucas.

Su rostro era más adulto, pero sus ojos eran exactamente los mismos que recordaba.

Atravesamos un túnel mientras los guardias nos perseguían.

—Volví muchas veces por ti —explicó—. Tu abuelo cambiaba constantemente tu ubicación dentro de la instalación.

—Dijo que mi padre sigue vivo.

Lucas guardó silencio.

—Lo está, pero no como imaginas.

Llegamos a la sala central.

En medio había una enorme máquina conectada a cientos de cables.

Dentro de una cápsula transparente descansaba un hombre inmóvil.

Reconocí el rostro de mi padre.

Sin embargo, las pantallas mostraban algo imposible.

Su actividad cerebral controlaba las puertas, cámaras y sistemas de seguridad de toda la instalación.

—Tu abuelo no solo intentaba mantenerlo vivo —dijo Lucas—. Convirtió su mente en el centro de control del proyecto.

Mi padre abrió lentamente los ojos.

Los altavoces de la sala emitieron su voz.

—Hijo, desconéctame.

Mi abuelo entró detrás de nosotros.

—¡No lo escuches! Si apagas el sistema, todos los pacientes conectados morirán.

Miré las pantallas.

Había doce personas encerradas en diferentes habitaciones.

Lucas señaló un panel auxiliar.

—Existe una batería de emergencia. Podemos liberar a los demás y después apagar la máquina.

—Esa batería solo durará cinco minutos —advirtió mi abuelo—. No tendrán tiempo.

Mi padre volvió a hablar.

—Él miente. El sistema puede funcionar sin mí. Me mantiene conectado porque necesita controlar la energía de todos los sujetos.

El anciano apretó los puños.

—Construí este proyecto para vencer a la muerte.

—No —respondí—. Lo construiste porque no soportabas perder el control.

Coloqué las manos sobre el panel.

La electricidad recorrió mis brazos y activó la batería auxiliar.

Las puertas de las habitaciones comenzaron a abrirse.

Lucas ayudó a los demás pacientes a escapar mientras yo mantenía el sistema funcionando.

Mi abuelo intentó desconectarme, pero mi padre bloqueó electrónicamente las puertas de la sala.

—Déjalo terminar —ordenó desde los altavoces.

Cuando el último paciente salió, apagué la máquina principal.

La cápsula se abrió.

Mi padre respiró una última vez y me miró con una paz que nunca había visto.

—Ahora eres libre.

Las luces se extinguieron.

Mi abuelo cayó de rodillas frente a la cápsula.

—Destruiste todo mi trabajo.

—No. Terminé con el sufrimiento que llamabas trabajo.

La policía llegó poco después, guiada por las pruebas que Lucas había enviado desde el exterior.

Mi abuelo y los médicos fueron arrestados.

Los pacientes recibieron atención y sus familias conocieron finalmente la verdad.

Antes de abandonar la instalación, Lucas me entregó la antigua pulsera de cuero.

—La dejé junto a tu cama para que recordaras que yo era real.

—Mi abuelo la escondió.

—Porque sabía que nuestra amistad era lo único que no podía borrar.

Salimos juntos hacia el amanecer.

Yo había despertado creyendo que había perdido diez años en un accidente.

En realidad, me los habían robado en nombre de un experimento familiar.

Pero mientras miraba la central eléctrica por última vez, una de las pantallas apagadas volvió a encenderse.

Apareció un único mensaje:

PROYECTO LÁZARO — FASE DOS ACTIVADA

La voz de mi padre sonó débilmente desde el sistema.

—Hijo, todavía no me desconectaste por completo.

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