Parte 2: EL HOMBRE AL QUE LLAMABA “SEÑOR MENDOZA”

Sofía llegó al Hotel Reforma veinte minutos antes de que iniciara la gala.

No entró por la puerta principal.

Un asistente la condujo directamente al salón privado del piso superior.

Cuando la puerta se abrió, Ernesto Mendoza se volvió inmediatamente hacia ella.

No llevaba la expresión del inversionista más poderoso del sector.

Llevaba el rostro de un padre.

—Ven acá.

La abrazó con fuerza.

—Hace demasiado tiempo que dejaste de pedirme ayuda.

Sofía sonrió con tristeza.

—Quería construir mi vida sola.

Ernesto acarició su cabello.

—Y lo hiciste.

Solo elegiste al hombre equivocado para compartirla.

Un estilista esperaba junto a la ventana.

Una asesora de imagen abrió cuidadosamente varias cajas.

—Señorita Mendoza.

Su padre sonrió.

—Nunca te gustaron estas cosas.

Ella negó con la cabeza.

—Siguen sin gustarme.

—Entonces no lo hagas por ellos.

Hazlo por ti.

Cuarenta minutos después, Sofía salió del salón privado.

Seguía llevando el mismo vestido verde esmeralda.

No cambiaron el vestido.

Solo el peinado.

El maquillaje.

Y un collar de esmeraldas que había pertenecido a su abuela.

Su padre la observó orgulloso.

—Ahora sí.

Vamos.


Mientras tanto, en el salón principal, Alejandro caminaba entre empresarios con una sonrisa perfectamente ensayada.

Paola permanecía a su lado.

La pulsera de diamantes brillaba bajo las luces.

—¿Ya confirmaron al señor Mendoza? —preguntó Alejandro.

—Dicen que llegó hace unos minutos.

Alejandro respiró profundamente.

Aquella inversión de doscientos millones salvaría MediCore.

Sin ella, el crecimiento prometido a los accionistas sería imposible.

El maestro de ceremonias tomó el micrófono.

—Damas y caballeros…

Es un honor recibir esta noche al fundador de Horizonte Capital…

El salón entero comenzó a aplaudir.

Las puertas se abrieron lentamente.

Ernesto Mendoza apareció primero.

Elegante.

Sereno.

Todos comenzaron a acercarse.

Alejandro dio un paso al frente.

—Señor Mendoza…

Pero Ernesto pasó junto a él sin detenerse.

Continuó caminando.

Entonces extendió el brazo hacia la mujer que avanzaba detrás.

—¿Me acompañas, hija?

El salón quedó completamente inmóvil.

Sofía tomó el brazo de su padre.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

—¿Hija?

—¿La hija de Ernesto Mendoza?

—¿Es la esposa de Barragán?

Paola sintió cómo desaparecía el color de su rostro.

Alejandro permanecía inmóvil.

—Eso…

No puede ser.

Sofía levantó la vista.

Durante diez años había ocultado deliberadamente su apellido.

Nunca quiso que Alejandro construyera una empresa apoyándose en la fortuna de su familia.

Quería saber si podía hacerlo por mérito propio.

Ahora ya conocía la respuesta.

El maestro de ceremonias continuó.

—El señor Mendoza ha solicitado que esta noche lo acompañe su hija, la licenciada Sofía Mendoza.

Los aplausos llenaron el salón.

Varios empresarios comenzaron a acercarse para saludarla.

Personas que jamás habían dirigido una palabra a la “esposa del ingeniero”.

Alejandro caminó rápidamente hacia ellos.

—Sofía…

Ella lo miró con absoluta tranquilidad.

—Buenas noches, ingeniero Barragán.

Aquellas palabras dolieron más que cualquier grito.

Él intentó sonreír.

—¿Por qué nunca me dijiste…?

Ernesto respondió antes.

—Porque mi hija quería casarse con un hombre.

No con alguien enamorado de un apellido.

El silencio fue absoluto.

Paola dio discretamente un paso atrás.

Ernesto tomó el micrófono.

—Durante los últimos seis meses analizamos la posible inversión en MediCore.

Alejandro recuperó algo de confianza.

Era el momento.

—Nuestra empresa está preparada para…

Ernesto levantó una mano.

—Todavía no termino.

Abrió una carpeta.

—Además del análisis financiero, realizamos una auditoría ética de la dirección.

El salón entero volvió a guardar silencio.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Auditoría ética?

—Sí.

Respondió Ernesto.

—Porque nunca invertimos doscientos millones únicamente en balances.

Invertimos en personas.

Sacó varias hojas.

—Durante esa auditoría descubrimos gastos personales cargados a cuentas corporativas.

Miró directamente la pulsera de Paola.

—Por ejemplo…

Joyería de lujo registrada como “obsequio institucional”.

Paola bajó instintivamente la muñeca.

Ernesto continuó.

—También encontramos múltiples viajes personales pagados como reuniones comerciales.

Y conflictos de interés no declarados.

Alejandro intentó intervenir.

—Puedo explicar cada uno de esos movimientos.

—Estoy seguro.

Respondió Ernesto con calma.

—Pero hay uno que me interesa especialmente.

Levantó otra hoja.

—El uso de fondos de una cuenta conyugal para beneficiar a una ejecutiva de la empresa sin autorización de la cotitular.

Todas las miradas fueron hacia la pulsera.

Paola comenzó a quitársela con nerviosismo.

Ernesto cerró lentamente la carpeta.

—Por todo ello…

Horizonte Capital retira formalmente la propuesta de inversión.

El silencio fue devastador.

Alejandro sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—No…

Eso destruirá la empresa.

Ernesto lo observó unos segundos.

—No.

La destruirán las decisiones que tomó mucho antes de esta noche.

Entonces Sofía dio un paso adelante.

Todos la miraban.

Incluso Alejandro.

Ella respiró profundamente.

—Durante años pensé que el éxito consistía en ayudar a alguien a crecer.

Lo miró directamente.

—Hoy entendí que también consiste en saber cuándo dejar de sostener a quien ya decidió empujarte hacia abajo.

Se quitó lentamente el anillo de matrimonio.

Lo dejó sobre una mesa.

—Te dije que el dinero nunca cambiaría quién era.

Sonrió con serenidad.

—Pero sí reveló quién eras tú.

Cuando Alejandro intentó acercarse, dos abogados de Horizonte Capital aparecieron junto a Ernesto.

Uno de ellos extendió una carpeta.

—Ingeniero Barragán.

Tenemos instrucciones de entregarle esta notificación.

Alejandro abrió el documento.

Era una demanda.

No solo de divorcio.

También de rendición de cuentas por el manejo de bienes comunes y posible uso indebido de recursos compartidos.

Levantó la vista desesperado.

—Sofía…

Por favor.

Ella permaneció en silencio.

Entonces Ernesto dijo una última frase que hizo que varios miembros del consejo de MediCore se levantaran inmediatamente de sus asientos.

—Hay algo más que aún no sabe, ingeniero.

Los consejeros se miraron entre sí.

Ernesto sonrió con absoluta calma.

—La decisión de retirar la inversión ya no es el mayor de sus problemas.

Hace treinta minutos…

El principal hospital privado que representa casi el cuarenta por ciento de sus ingresos llamó personalmente para cancelar todos sus contratos.

Y quien acaba de comprar esa red hospitalaria… es la nueva empresa que mi hija dirigirá a partir del lunes.

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