PARTE 2: EL PASAJERO QUE NUNCA EXISTIÓ

El estudiante recorrió el vagón con la mirada.

Las puertas seguían cerradas.

Las ventanas solo mostraban la oscuridad del túnel.

Era imposible que el anciano hubiera salido.

—¿Dónde está? —preguntó la joven con la voz temblorosa.

Los pasajeros comenzaron a mirar debajo de los asientos y entre las personas amontonadas. El hombre del traje elegante había desaparecido sin dejar siquiera su maletín.

—Nadie abra las puertas cuando lleguemos a la estación —ordenó el estudiante—. Puede estar escondido.

El trabajador de las herramientas se colocó junto a una de las salidas. La mujer de mediana edad llamó a emergencias y explicó lo ocurrido.

Entonces una niña señaló hacia el fondo.

—El señor entró allí.

Su dedo apuntaba a una estrecha puerta marcada con un símbolo de acceso restringido.

Era la cabina técnica situada al final del vagón.

El estudiante se acercó.

—¿Lo viste entrar?

La niña asintió.

—Cuando se apagaron las luces.

El joven golpeó la puerta.

—¡Salga inmediatamente!

No hubo respuesta.

El tren comenzó a aumentar la velocidad.

Las pantallas que anunciaban la siguiente estación se apagaron de repente. En su lugar apareció una sola frase:

SERVICIO FUERA DE CONTROL.

El pánico se extendió por el vagón.

—¿Qué significa eso? —preguntó un pasajero.

El estudiante intentó activar el intercomunicador, pero solo recibió un ruido metálico.

Desde detrás de la puerta técnica se escucharon varios golpes.

La joven víctima retrocedió.

—Está ahí dentro.

El trabajador utilizó una llave inglesa para forzar la cerradura. Después de varios intentos, la puerta cedió.

El compartimento estaba vacío.

Solo había cables cortados y un uniforme del personal ferroviario tirado en el suelo.

El estudiante tomó la chaqueta.

En uno de los bolsillos encontró una identificación.

La fotografía pertenecía al anciano.

Pero el nombre era otro.

Director de Seguridad Operativa: Esteban Robles.

La mujer que hablaba con emergencias palideció.

—Ese hombre controla las cámaras, los accesos y los sistemas del tren.

La joven miró alrededor.

—Entonces eligió este vagón porque sabía que podía escapar.

Un altavoz se encendió sobre sus cabezas.

La voz del anciano llenó el espacio.

—Debieron guardar silencio.

Los pasajeros quedaron inmóviles.

—Señor Robles, detenga el tren —gritó el estudiante.

Una risa fría respondió.

—No soy yo quien debe detenerse, muchacho.

Las luces volvieron a parpadear.

El tren avanzaba cada vez más rápido.

—¿Qué quiere? —preguntó la joven.

—Que eliminen el video.

Ella miró su teléfono.

Había grabado parte del enfrentamiento.

—Si lo borro, ¿nos dejará salir?

—Primero envíamelo para comprobarlo.

El estudiante negó con la cabeza.

—No lo hagas. Después podrá destruir la única prueba.

El altavoz volvió a sonar.

—Tienes treinta segundos.

Una cuenta regresiva apareció en todas las pantallas.

El trabajador abrió un panel de emergencia.

—Si no recuperamos el control, entraremos en la siguiente curva a demasiada velocidad.

Varios pasajeros comenzaron a llorar.

El estudiante tomó el teléfono de la joven.

—Envíalo a todos tus contactos.

—¿Qué?

—También a las redes sociales. Si miles de personas lo tienen, ya no podrá borrarlo.

Ella obedeció.

El video comenzó a difundirse.

La cifra de reproducciones subió rápidamente.

El altavoz emitió un grito de rabia.

—¡Acabas de condenarlos a todos!

El tren dio una sacudida brutal.

Los pasajeros cayeron unos sobre otros.

El estudiante abrió el panel técnico junto al trabajador. Había tres palancas y varios cables desconectados.

—¿Sabe cómo detenerlo?

—Puedo activar el freno manual, pero alguien debe mantener unidos estos cables.

El estudiante sujetó los extremos pelados con ambas manos.

—Hágalo.

—Recibirás una descarga.

—No tenemos otra opción.

El trabajador accionó la palanca.

Una corriente atravesó el cuerpo del joven. Sus músculos se tensaron, pero no soltó los cables.

El tren comenzó a perder velocidad.

La curva apareció delante de ellos.

Las ruedas chirriaron con un sonido ensordecedor.

Finalmente, el convoy se detuvo a pocos metros de una barrera de mantenimiento.

Los pasajeros estallaron en gritos de alivio.

La joven corrió hacia el estudiante.

—¿Estás bien?

Él abrió los ojos con dificultad.

—¿El video sigue publicado?

—Sí.

Las puertas se desbloquearon.

Agentes de policía y personal de emergencia entraron en el vagón.

La joven les mostró la identificación y relató lo ocurrido.

—Esteban Robles no trabaja aquí —respondió uno de los agentes.

—Su fotografía aparece en esta tarjeta.

El policía la observó.

—Ese hombre murió hace siete años.

El silencio volvió a apoderarse del vagón.

El estudiante se incorporó lentamente.

—Entonces ¿quién era?

Una inspectora revisó el uniforme hallado en el compartimento.

Dentro encontró varias fotografías de mujeres tomadas en diferentes estaciones.

En todas aparecía la misma joven del vagón.

—Esto no fue un encuentro casual —dijo la inspectora—. Ese hombre llevaba meses siguiéndote.

La víctima perdió el color del rostro.

—Nunca lo había visto.

La inspectora encontró otra fotografía.

Mostraba al estudiante saliendo de su escuela.

—También te vigilaba a ti.

El muchacho observó la imagen con desconcierto.

—¿Por qué?

La inspectora giró la fotografía.

En la parte posterior había una frase escrita a mano:

“Los dos hijos deben reunirse antes de revelarles quién fue su verdadero padre.”

La joven miró al estudiante.

Ambos tenían la misma pequeña marca de nacimiento junto a la muñeca.

Antes de que pudieran hablar, el teléfono de ella recibió un mensaje desconocido.

Era una fotografía tomada desde el túnel.

Mostraba a los dos rodeados por la policía dentro del vagón.

Debajo aparecía una advertencia:

“El anciano no huyó. Sigue dentro del tren.”

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